miércoles, 14 de septiembre de 2011

El perro y la aguja




Fiera tiene un radar para despertarme en mitad de mis siestas.
-¿Bueno?
-Algo le pasa a Taquito.
-¿Qué le pasa?
-Se ve raro.
-¿Cómo qué se ve raro?
-No ladra, no corre, no muerde.
-Vaya, ya era hora que dejara de comportarse como un psicópata.
-Está rarísimo. ¿Qué hago?
-Pues nada, déjalo así.
-¿No me estás escuchando? Te digo que algo malo tiene. Tengo miedo. Te juro que si algo le pasa mato a mi mamá.
-¿Y qué culpa tiene tu mamá en esto?
-¡Toda!
-…
-La idiota anda dejando agujas tiradas por el piso.
-¿Y?
-Seguro Taquito se comió una aguja.
-No conozco a ningún perro que se haya comido una aguja del piso.
-Es que estaba cocinando y... y… y le di un pedazo de carne a Taquito. Te juro que no tenía hueso, lo chequé. Se lo tiré al piso y seguro se le pegó una aguja.
-¿Sabes cuales son las probabilidades de que haya una aguja justo en el lugar donde tiraste el pedazo de carne?
-Lo sé, solo era un pedacito. Chiquititito.
-¿Entonces?
-Taco se empezó a ahogar. Pegó un grito. Me asustó. Bajé la mirada y vi el pedacito de carne en el suelo. Lo escupió.
-¿No estaría muy caliente la carne?
-¡¿Crees que soy idiota?! Toqué la carne antes de dársela. Estaba tibia.
-Igual y se quemó.
-¡Te digo que no! Se tragó una puta aguja. ¿Qué hago?
-Llama al veterinario.
-Está tosiendo. No sé qué hacer.
-Yo tampoco, no soy veterinario.

* * *

Entro al salón de belleza. Fiera tiene una cara de 3 kilómetros de largo. No me dirige la palabra. Taquito sale disparado a saludarme. Mueve la cola. Brinca. Me he ganado su cariño y respeto a base de periodicazos.
-¿No lo ves raro? –me pregunta Rina, la empleada de Fiera.
-No, lo veo igualito.
-¿Cómo no lo vas a ver raro? Míralo bien –brama Fiera.
-Lo veo igual que siempre.
Subimos al volcho. Taquito asoma la cabeza por la ventana como todos los días. Intenta ladrarle a los vendedores ambulantes cual psicópata que es. Fracasa. Tiene una arcada. Y luego otra.
-¿Ves? Te lo dije.
-No vomitó nada.
-Por eso, está intentando vomitar la aguja. Tiene algo. ¿No lo notas?
-No lo sé. No soy veterinario.

* * *

Fiera no me dirige la palabra en toda la noche. Ni siquiera tiene la educación de disimular su odio hacia mi persona.
-¿Qué te pasa Fierecita? –pregunta mamá-. ¿Estás molesta?
-Sí. Taco tiene algo. Seguro se tragó una aguja.
-¿Una aguja?
Fiera explica con lujo de detalles su teoría.
-Si estás tan convencida de que se tragó una aguja, vamos a llevarlo al veterinario –opino.
-Pero tú dime, ¿cómo ves a Taco? ¿Lo ves raro?
-Te digo que lo veo igual que siempre.
-¿Y los vómitos?
-¿Qué vómitos? No vomitó nada.
-Por eso, está raro, algo tiene. No quiere jugar con Mía y Blacky. ¿Qué crees que sea?
-Te repito, no soy veterinario.
Mamá sabiamente escapa de la cocina.
-¡Contigo no sé puede contar para emergencias!
-¿Tengo cara de veterinario? Si tan mal lo ves, te digo que lo llevemos al veterinario.
-¡Va a salir carísimo! ¿Sabes cuánto cuestan los rayos X?
-Entonces no lo llevamos. Fin del problema.

* * *

Taquito amanece tan radiante como todos los días. Salvo que no hemos tenido el placer de ser despertados por sus ladridos infernales.
-¿Lo ves raro?
-Lo veo igual que siempre.
-Míralo, ya está empezando con los vómitos.
-Intentos de vómitos, dirás.
-Te digo que se tragó una aguja.
Solo una persona puede poner fin al odio que crece en el interior de Fiera: el veterinario.
-Vamos a echarle un ojo –el veterinario le abre la boca a su paciente. Taquito forcejea. Escapa de las manos de Fiera.
-Agárralo, tú tienes más fuerza –me ordena Fiera.
-No se trata de fuerza –interviene el veterinario-. Yo me encargo.
El veterinario manipula a Taquito. Le palpa la barriga. Le abre la boca. Le ausculta con una lamparita la garganta.
-¿De casualidad ven el programa Qué comió mi perro? –pregunta.
-Sí, por eso creo que se comió una aguja.
El veterinario ríe. Menea la cabeza.
-Ese programa es una basura, pero me está haciendo rico. No tienes ideas de cuantas llamadas recibo al día de señoras que creen que su perro se está muriendo.

* * *

Entramos al salón de belleza. Aguardo el tiempo prudente para regodearme.
-¿Y qué tenía? –pregunta Rina, la peluquera.
-Absolutamente nada, el perro está sano –es tiempo del regodeo.
-Eso es lo que dice el veterinario. Pero lo dudo –Fiera llena de besos a Taquito-. Ni siquiera lo revisó bien. Pinche consultorio todo jodido. Ni máquina de rayos X tenía. Estoy segura que Taquito se tragó algo.
-Sí, el pedazo de carne que tú le diste.
-¡¿Y tú de cuándo a aquí eres veterinario?!

2 comentarios:

F dijo...

JAJAJAJA EXCELENTE...CUANDO "DIOS" DICE A DAR!

JM. Garcíamagaña dijo...

Una de las mejores narraciones que te he leído... En serio. Jajajaja.