Mostrando las entradas con la etiqueta DEJA TE CUENTO UN CUENTO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta DEJA TE CUENTO UN CUENTO. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de febrero de 2009

Re: Los que fueron martes


Hoy es día de pintadera en Campeche. Como parte del Carnaval, el martes de pintadera se tiene por costumbre un acto salvaje y horrible. Aún somos un pueblo, no, somos una tribu que se regocija con la carne de sus hijos. Bueno, en honor a este día, les dejo un cuento que hice el año pasado, a raíz de este gran día. Que lo disfruten.




Los Que fueron Martes




Hoy salí de mi casa con rumbo a la de mi tía, pues ahí quedamos toda la familia en reunirnos. Y yo, como todo un antisocial, fui el último en abandonar mi casa. Al cerrar la puerta supe que el día iba a ser calurosamente fatal. 36 grados era la temperatura; el ambiente de la sangre y los órganos dentro de un cuerpo humano.


Nada podía ser inhóspito como la calle. Estaba completamente vacía. Raro, vivía en el centro de la ciudad y no había un alma. Chequé mi reloj por si no me había equivocado, y no, eran las 3:10pm. No había vida en el centro, y eso que la calle 16 es una de las más transitadas del centro de esta ciudad. Pero ni un movimiento se asomaba. Ni siquiera el aire.


Caminé de lo más normal, sin dejar de observar a mi alrededor. Doblé en la esquina de la 53 y me dispuse a ir al mercado. No había un alma. A lo lejos noté que la calle estaba bloqueada con una pequeña reja. Todavía estaba presente la ridiculez de lo de Silent hill. Me acerqué y noté que el mercado también estaba vacío. “¿Dónde chingados está Campeche?” Me quedé en la esquina con el sol calentando a fondo. No había nada. Caminé hacia Uribe para ver si algo pasaba en el otro extremo. Casi al llegar a la entrada del pasillo, vi que se acercaban unos seres que parecían personas. Una persona pequeña que parecía un niño se detuvo frente a mí y se sorprendió por mi presencia. Estaba completamente manchado de colores, parecía como si el color de su pelo, el de su piel y el de todo su cuerpo hubieran sufrido un choque. Sólo le podía reconocer sus facciones, y sus ojos que se abrieron por mi presencia, como si fuera todo un Mesías al que estaba esperando.


El niño retrocedió y corrió gritando, “aquí hay uno”. Me pareció que todo estaba por complicarse. Así era, detrás de él salieron 7 personas, igual de coloridas que él, y se dirigían hacia mí. Supe que estaba en peligro, así que corrí hasta pasar la valla. Volteé y noté que ellos no podían cruzarla. Me detuve y pude ver sus caras revueltas de molestia y color.


—¿Por qué no vienes, Güerito?—decía uno mientras sostenía un pedazo de tela mojada con pintura morada.


Recordé que era martes de pintadera, toda una tradición en Campeche. Ese día, después del sábado de bando, en donde desfilan carros alegóricos; y del lunes de aguacero, en donde se moja a la gente sin piedad; seguía el martes de pintadera, en donde toda la ciudad se ve presa de los desquiciados monstruos que salen a pintar a todo aquel que se le interponga en el camino. No importando que sea el gobernador o el perro de cualquier vecino. Es tradición, y se tiene que respetar. Comprendí que las vallas eran los límites de los deformes multicolores, pues el gobierno no permite que se pintarrajeé el centro de la ciudad, pues es patrimonio cultural de la humanidad, y por las murallas. Así que dentro del centro estaba a salvo de la pintura. Pero el problema se agravó cuando noté que enfrente, en el mercado paraba el camión que me llevaría a la casa de mi tía, en donde estaba toda mi familia.


—Tendrás que salir, güerito y nosotros te vamos a esperar—dijo el mismo que me había hablado, mientras los otros babeaban de regocijo.


Maldije por segunda vez en mi vida, el no haber sacado un duplicado de llaves de mi casa. Eso complicaba las cosas, tenía que ir hacia donde estaba mi familia, o esperar a que llegaran, pero fuera de mi casa y con el calor infernal.


Pensé correr hasta la otra calle, pero ellos captaron mi idea, y cuando llegué estaban ahí, prestos a latiguearme con sus telas tiesas.


Me quedé esperando un momento. Ese momento se prolongo a 20 minutos. Dos más llegaron a aglutinar el grupo de sedientos. Caminaban como si tuvieran quebradas las piernas. Creo que mi olor los atrajo, y todo porque no me puse el desodorante antitranspirante. Los pintarrajeados se movían en círculo, lentamente, esperando a que sacara un brazo o una pierna para poder llenar de pintura. Unos se comunicaban con berridos, señal de que habían venido desde tan lejos para darse su banquete.


Podía ver sus ojos saltones, muestra de lo que pensaban hacerme una vez que estuviera a fuera.


—Serás uno de nosotros. Aunque no quieras, te vamos a pintar. Y no esperes a que sea pintura de caballito, es de aceite, cabrón—Exprimía su trapo para dejarme ver el color ocre con que me iba a manchar mi camisa del Real Madrid—Uyy, ahí vienen más víctimas—pude ver que venían una señora, una joven rechoncha y un muchacho hacia donde estaba.


Mientras se acercaban, los monstruos plásticos celebraban como tribu.


—Ay madre. Estos locos nos van a pintar—dijo la señora mientras visualizaba a todos— ¡Hey! Yo no quiero entrar a su jueguito, así que respeten a las damas y déjenme pasar.


—Lo siento señora, pero hoy no hay reglas. Así que reclámele a su señor que los haya abandonado este día— y cuando terminó de decir esto, sus compañeros celebraron al cielo su prudente amenaza.


—Esta juventud sí que no respeta nada. Claro que le diré a mi “Señor”, como tu le dices a Hurtado. Debería de haber una patrulla en cada esquina, y no hay ni siquiera un gendarme.


—Oye, chavo—dijo el joven que vino—no seas cabrón, deja pasar a la señora y a la muchacha. No ves que ellas van a misa.


—Cálmate, tu caballero. Te crees muy chingón por tu peinadito militar. ¿Por qué no mejor sales para que te unas? Te la vas a pasar a toda madre.


—No, gracias. Tendré que declinar esa invitación.


—Pues jódete, porque aquí nadie se va sin una mancha en su cuerpo.



Nos quedamos mudos sin decir nada, esperando a que llegara una patrulla. Nada pasó, ni siquiera una bicicleta. Un camión pasó solitario y se quedó esperando pasaje. Nuestra vista se centró en el camión. El más animado de los animales notó nuestra observación.


—¿Qué, por qué no cruzan? Si quieren agarrar el camión, pasen esta madre y párenlo.


Por un momento, pensé que podía correr tan rápido que no me alcanzarían, pero eso no era posible.


—¡Nos vamos a quedar aquí toda la tarde!¡No lo puedo soportar!—gritó la joven con una histeria que alarmó a todas las presas—¡Necesito llegar a mi casa!¡Necesito entrar al Chat a las 6.


La agarré y le di una cachetada. Otra de vuelta mientras le decía que se calmara. La tercera siguió. La cuarta, la quinta, y cuando cerré mi puño para darle un terrible puñetazo, el muchacho me sostuvo.


—¡Suficiente!La vas a noquear.


—Gracias. Lo necesitaba—dijo la choncha.


—La verdad que sí—le dije.


—Caray, Güerito, se ve que te pesa la mano. Creo que serías un buen compañero para pintar a los de la concha.

—¡No voy a entrar! ya te dije. Ni aunque me pintes.


—Eso dices ahora. Nadie se va pintado sin desquitarse con unos cuantos. Ve al Popochas. Estaba sentado en las bancas del parque de San martín y le caímos a mordidas, y velo ahora, todo un miembro del equipo.


—¿Por qué no se van?—dijo el joven, mientras cruzaba los brazos—es seguro que más adelante hay mucha gente que pintar.


—Te voy a ser sincero. Porque nosotros queremos que ustedes sean los siguientes.


—¡Maldito día del carajo! Cómo odio el carnaval—grité con tal desprecio, que la joven regordeta se preparaba para aplicarme el calmante—Estoy bien, estoy calmado.


El tiempo de espera se prolongó a una hora, y el cansancio, aunado con el inclemente sol, hacían estragos a la presas que esperábamos esperanzados, a que un policía nos rescatara. Los camiones tardaban más tiempo en llegar. Supe que pronto iban a dejar de pasar los camiones. Cuatro pintados desistieron de esperar y se fueron por más presas. Eso nos alivió un poco.


El muchacho nos llamó para una junta.


—Tengo un plan. Vengan—nos reunimos para escuchar—Esperar a un camión es tan irregular, como el ciclo menstrual de mi novia. Tenemos que hacer algo al respecto.


—Pero que podemos hacer, joven, los locos están esperando.


—Un taxi.


—En la madre, yo tengo celular—repuse orgulloso.


—¿Por qué chingados no nos lo dijiste antes?


—Es que no se me ocurrió—quedé como un idiota, pero el celular borraba toda falta.


—Bien, miren, vamos a llamar un taxi, y le decimos que venga aquí. Los locos se tendrán que mover para darle paso al taxi y así nos metemos todos, limpios y sin problemas.


—La verdad es que dudo que se muevan los locos—dije desesperanzado—además, no creo que el taxista quiera acercarse a los pintados.


—Cierto… ¡Lo tengo! Tendremos que decirle que nos espere enfrentito y nosotros corremos para meternos.

—Eso lo hubiéramos hecho con el camión.


—Sí pero con el taxi, lo podemos mover hasta más cerca. Además, la señora no creo que corra rápido.


—Buen punto. Que haremos con la señora.


—No se preocupen. No me importa que me pinten. No se detengan por mí.


—No. Espere. Usted se va hasta San Juan, antes de que llegue el taxi. Seguramente algunos locos irán por usted. Cuando nos subamos al taxi, pasamos por usted, salimos el muchacho y yo para que nos correteen, y así le dejamos el camino libre para que usted suba sin problemas. Nosotros llegamos después de darles una vuelta para subirnos al taxi e irnos a nuestro hogar. ¿Cómo te llamas?—me preguntó.


—Wilberth.


—¿Puedes correr como diablo, Wilberth?


—Claro.


—Excelente plan, Dios quiera que todo salga bien—dijo la señora.


—¿Haciendo planes?¿o sólo se ponen sabrosos para nosotros?


—¿celoso?—dijo la gordita.


—Para nada. De todas maneras serán míos en unos momentos.


Hablamos a Radiotaxi águila. Pedimos el carro. 340 era el taxi que nos esperaría enfrente. Dimos órdenes de que nos esperaran pasando el peatón. Nos dijo que no subiría a pintados al carro. Nosotros aceptamos. Al colgar, la señora fue con dirección a San Juan. Mis nervios subían como espuma.


—¿Qué intentan hacer? ¡Pito, loco y chumín, sigan a la señora y pinten a discreción!


—Sale—gritaron los nombrados y bordearon los límites, siguiendo con paso cojo a la señora.


—¿Creen que se irán sin una pinche remojada? Eso lo quiero ver.


—Pues estate atento—retó el joven, mismo que se me olvidó preguntar su nombre.


Los trastornados remojaron sus telas en la pintura. Aullaron de alegría al sentir que pronto tendrían carne.


—Déjenme al catrín—mencionó el líder, señalando al estratega—Ustedes chíngense a la gorda y al Güero.


El taxi esperó donde le dijimos, y abrió las puertas. Nosotros le hicimos la señal para que supiera que éramos los que llamamos.


—¡Ah, cabrones! Pidieron taxi. Pues…


No había terminado de hablar y emprendimos la carrera. Corrí como si mi vida dependiera de mis piernas. Mi tobillo izquierdo se dobló como una palmera en un ciclón, pero no dejé de acelerar. Oí las cimbradas a lo lejos.


Era seguro que a alguien habían atrapado. Un grito casi animal erizó mi piel. Era la gordita, que gritaba de tristeza al ser atrapada por un gañán. Llegué, sabe Dios cómo, al taxi.


—¡Rápido, Rápido, suba!—cerró la puerta mientras mi perseguidor veía perdida su oportunidad de pintarme.


Adentro del taxi, supe que era el único que abordó la unidad. Pude presenciar la carnicería plástica de mis compañeros: la gordita siendo presa de los cintarazos de color verde olivo de un loco; y al joven en el suelo, siendo revolcado, hasta con brocha, por el líder, mientras este se regocijaba con el azul negro de su trapo. Aparté con dolor mi vista sobre mis compañeros caídos.


—A dónde lo llevo, joven


Me acordé de la señora.


—Aquí a la vuelta, en Tubos y tubos, vamos por una señora. Dimos una larga vuelta para recoger a la señora. Y cuando pasamos por ahí, la vimos sentada en una banca de la iglesia. Pintada, llorando y con un zapato en la mano.


—Le recuerdo que no puedo llevar a pintados, joven.


Desistimos de llevarla y le dije que nos fuéramos de ese infierno.


—¿A dónde lo llevo?


—A colonial, por favor.


El camino se me hizo amargo, pero con una calma por haber salido limpio de esa afrenta.


—Qué malos se han vuelto los jóvenes hoy ¿No cree, joven?


—Sí.


—Pobre señora. Me acuerdo que en mis tiempos no hacíamos tales aberraciones. ¿era familiar suyo?


—No.


—Qué bueno. Porque sí le dieron su manita de gato a la pobre señora.


—Sí—dije desganado, como una señal de que no quería esa conversación.


Llegamos a la entrada de Kalá. En las primeras esquinas pude ver varios grupos pintados, danzando de alegría.


—¡Mire a esa pobre que están pintando!—me señaló a una desafortunada dama que era violada, estéticamente hablando, por dos jóvenes ennegrecidos.


Qué imagen más bizarra. Pero nada le gana a la escena que presencié en la cancha de colonial. Era una cabeza de un Barney de piñata en fuego. Alrededor había toda una tribu de desalmados venerando al fuego y a la pintura en aceite. Pude ver a uno con su camisa de Juan Camilo Mouriño totalmente pintada. Era mi primo.


—Qué escena más tétrica, ¿no?—insistió el taxista.


—Ya lo creo.


Estábamos cerca de la casa de mi tía. Todo parecía estar en caos. Hasta que llegamos a los umbrales del hogar.


Bajé del taxi, no sin antes pagar. Apreté mi camisa original del Real Madrid como señal de alegría, pues había salido sin un manchón de este día.


Llegué a la puerta y golpeé. Me sacudí el poco de sudor que escurría por mi frente y volví a tocar. Volteé a ambos lados para asegurarme de que no había moros con pinturas. Toqué de nueva cuenta, acompañado de un “Buenas”. Nada. Al voltear de nuevo, vi horrorizado a dos niños que caminaban hacia mí, con la vista fija en mi cuerpo, más bien, en mi camisa. Toqué con más fuerza y grité con un tono más alto, y al voltear, los niños se habían multiplicado a seis. Caminaban desde la esquina con tal lentitud como si gozaran la respuesta de su víctima. Aporreé la puerta, incluso la pateé. Nada se oía. Vi por la ventana. No había movimiento dentro de la casa. Los locos ya eran diez, estaban como a 20 metros de mí. Supe que no me abrirían la puerta. Talvez ya se habían regresado a mi casa. Los niños se acercaban más. Decidí correr, pero al ver la otra esquina, vi a unos tipos sentados, tomando unas cervezas. Volteé de nueva cuenta con los niños, y en su cara puerca, había una sonrisa malévola. Supe que no tenía opción. Era preferible ser presa de los latigazos sin fuerza de unos diez niños, que a los vigorosos trapazos de seis hombres borrachos. Me hinqué ante los niños, cerré mis ojos y dije:


—Por favor, no manchen el número y el nombre de Zidane.


Y me cundieron a trapos, sin piedad.



jueves, 22 de enero de 2009

El extraño resplandor de la inocencia IV

Reprise


Uno confía en sí mismo. Dudar de su existencia o de sus actos es una forma de compromiso con su existencia. No hay marcha atrás. La razón y la madurez son cómplices del entendimiento. Uno se llega a dar cuenta de que el tiempo es un mero estado de ánimo. De ahí no hay escapatoria. La vida es como una una maraña que vamos desenredando y a veces llegamos hasta el final y vemos todo con claridad, pero hay otras marañas por desenredar que no nos da tiempo de contemplar dicha claridad.


Nuestros amigos son pasajeros del mismo camión, uno no los elige, uno se sienta y viaja con ellos, y están ahí porque coincidieron en un mismo viaje, en un mismo destino, con la misma hora de salida, y al final, cuando llegan a su destino común, cada quien jala por un camino diferente. Pero aunque uno no elige los compañeros de viaje, uno sí puede elegir el compañero con quien va a pasar las horas de viaje. Uno puede hablar con su compañero o no dirigirle la palabra o la vista. Uno puede platicar de cosas vagas o de cosas personales, no importa, porque sabemos que todo se perderá cuando lleguen. Uno no sabe si esa será la última plática de su compañero de viaje, o de uno mismo, o de ambos. Se puede tener la confianza y hablar de cosas que jamás ha hablado con otra persona, pues el poder que ejerce el anonimato nos seduce y nos ofrece confianza.


Así son las relaciones humanas, tan azarosas, tan peculiares, que nunca llegamos a saber a ciencia cierta qué es lo que somos. Conforme más viejos somos, más escurridizo se nos hace el tiempo. Tal vez corre por nuestra odiosa ambición de cogerlo y en esa persecución se nos va nuestra vida.


Cuando somos niños no sabemos del tiempo, no nos provoca tenerlo, es más, a veces queremos que corra. Tal vez por esos anhelos de niño, por forzarlo a que pase rápido, de grandes, nuestro reloj avanza presuroso, como si algo lo hubiera desatascado y fluyera con rapidez. Por eso el tiempo es un estado más de ánimo.


Así era en la preparatoria. Era mi tercer viaje. Todos se perderían al final del camino. Todos mis compañeros se irían a otros viajes, así como se fueron los de la primaria y la secundaria. Sólo coincidimos algunos pocos en el mismo camión, y tal vez, en este viaje los perdería a todos, hasta a Gina, mi compañera de viaje. Así me sentí en preparatoria, pero no lo noté con tanta claridad como lo hago ahora. Por eso, ahora rememoro con algo de dolor, porque añoro eso, extraño aquellas clases que me eran tan odiosas y que me llenaron de tantas alegrías.


Un amigo, del que siempre tuve su admiración ya que pudo ver en mí ese carácter de fabulador (el primero y al que más estime), me preguntó qué era para mí el tiempo. Yo no supe contestarle, sólo divague unas frases para vanagloriarme de mi ego(como tal vez ahora lo hago). Manuel, que pudo notar mi ignorancia me preguntó qué era para mí la vida. Eso fue más misterioso. Con el tiempo podía divagar, pero con la vida me encontraba con un monstruo gigante salido del mar, en donde uno no puede identificar dónde empieza su cabeza y donde termina sus extremidades. Sólo titubeé y al final no supe qué decir. Manuel creía que yo era un prodigio, por eso me preguntaba tales cosas que sólo se le pregunta a un filósofo (tal vez eso explique la estima que le tengo). Dicha creencia vino porque supo de mis escuetas cualidades literarias por un hecho un poco excéntrico. Yo estaba afiebrado por la obra de Edgar Allan Poe. Me leí tantos libros de “Narraciones Extraordinarias” para leer todos los cuentos posibles de este autor. Un día le confesé a mi amigo, mi admiración por Poe y le pasé una copia de un cuento: El gato negro; tenía que ser ese por iniciación, si le gustaba, le facilitaría el resto de las copias. Lo leyó y para mi sorpresa, compartió dicha fascinación. Entonces le facilité el resto de copias, y entre ellas, escabullí uno de mis primeros cuentos. Los leyó todos. Yo le dije que todos los cuentos eran de Poe y que eran de los que más me gustaban, y el los tomó sin saber que dicha lista estaba adulterada.


A la otra semana, el lunes, llegué al salón con el arrebato de saber qué le había parecido aquellos cuentos, pero más, por el mío. Él llegó y me confesó que le había gustado mucho “El corazón delator”, “Los Anteojos”, pero que sus favoritos eran “El escarabajo de oro, “El pozo y el péndulo” y “A una persona inferior”, siendo el último, el de mi autoría. Sentí un nudo en mi garganta. Le pregunté si en verdad le había gustado el último, y me dijo que sí, que le había fascinado. A la hora de la salida no pude contenerme y le confesé la verdad. Le dije que “ A una persona inferior” era mío, que yo la había escrito. Nunca voy a olvidar esos ojos de sorpresa que noté en su cara. Esos ojos tan abiertos que demostraron, después, esa admiración volátil que da la juventud. Me inquirió con felicitaciones y con alientos dispares. En ese momento supe que mi vocación era la de escritor.


Hoy en día leo ese cuento y sólo encuentro la excentricidad de un barroquismo exasperado. Además del morbo que desataba las provocaciones de Poe. Existen la muerte y el inconciente anhelo del asesinato atroz. La monstruosidad y la bellaquería sin sentido. Es un cuento que me abochorna, pero que no me avergüenza, porque en su tiempo, me brindó la posibilidad de abrazar esta amante flamígera que es la literatura.


Uno pasa más tiempo con sus amigos, con sus problemas y sus risas, con sus necesidades y con sus virtudes, y por eso conserva dichas memorias tan nítidas en la cabeza. Les tiene un aprecio profundo a aquellos personajes que fuimos y aquellos que nos rodearon. Es triste saber que las cosas que se vivieron no podrán regresar, y sólo le queda la resignación de evocarlas en el recuerdo.


Por eso, con la experiencia y la serenidad que me da la edad, hoy le puedo contestar esas preguntas que mi amigo me hizo hace ya algunos años. Sobre el tiempo le podría decir lo mismo de aquella vez, sólo que con más prudencia y elocuencia, porque ya la transformamos en ciencia; pero sobre la vida, le diría que son un conjunto de excusas y momentos; de acciones y especulaciones; de recuerdos y suspiros; de saberse que el tiempo es un sutil carácter de la vida y que hay que saber vivir con esa actitud. Que en el camino, uno se subirá a infinidad de camiones, y que al final, uno no sabrá en qué estación se bajará.



5


Estaba contento. En el salón y contento. Ella a mi lado, a mi izquierda. Parecíamos una pareja. Ya estaba todo dicho y nadie lo sabía. Quizá eso fue lo que me alegraba tanto, esas declaraciones fugitivas, que nadie sabía más que yo y Gina. De vez en cuando nos veíamos y sonreíamos.


“Ale, ¿vas a jugar al rato, cuando salgamos?” me preguntó Cristian. “Pues a la salida” le contesté. “Somos nosotros contra los del A. El clásico, ya sabes. El que pierda paga los jugos”. “Puta, pero no tengo dinero.”le dije. “Yo tampoco.” me dijo y sonrió, porque había seguridad de ganarle a uno de los mejores equipos de la preparatoria. “Ah, claro. Tienes razón” le dije y sonreí. Después de que se fue, Gina me dio un jaloncito para decirme algo en secreto y en voz baja, misma reacción que contesté con un acercamiento de mi oído a sus labios “Alex, si no tienes dinero para la apuesta, yo te doy” y vi su cara con una marcada preocupación. Como aquella que nos brinda un amigo o familiar cuando nos quiere ayudar en un problema. Sonreí y lancé una risa corta pero sonora; “en serio, si no tienes, yo te presto” y la amé más. “No, Gina, no te preocupes, no vamos a perder. Además es broma, sí tenemos. No te preocupes, amor…” y sus ojos se sorprendieron, y después los míos. Había soltado esa expresión sin querer. A lado de nosotros había pájaros en el alambre. Había amigos parados frente a nosotros. Nos quedamos viéndonos el uno al otro, con ojos sorprendidos. No queríamos voltear a ver a nuestro alrededor. No queríamos ver la cara de sorpresa de los chismosos que nos pudieron escuchar. Tomé valor y volteé rápido, y noté que no había nadie. Gina me seguía viendo con esos ojos. Volví a dar un escaneo y noté que todos estaban hablando por su parte y no habían escuchado esa expresión que nos delataba. Me acerqué a su rostro y le dije “No nos escuchó nadie”. Ella parpadeó y volteó con sutileza a su izquierda. Vio que nadie la había escuchado y se soltó. Nos reímos. Y eso me dio tiempo en razonar en lo que había dicho. Nunca pensé en decirle “Amor” a Gina. “Jamás de los Jamases” diría mi hermanita. Me sorprendió mi reacción. Quizá su origen es por las ganas de tenerla para mí, de ser pareja de esa mujer que tanto me hacía sentir. Fue como “una reacción de amarre” diría mi Tío Carlos.


“No hay de qué preocuparse…Amorcito” me dijo y nos reímos. Nadie nos podía escuchar. “¿Quieres que te acompañe a la cancha?” me dijo con una sonrisa, yo le contesté “No creo que puedas, te vienen a buscar ¿no?” le dije, ya que su novio Xavier la iba a buscar para llevarla a su casa. Y ella cambió su risa en una pequeña seriedad. “A las gradas” me dijo y yo “¿hoy no te viene a buscar?” dije con una risa forzada. No podía entender el porqué de su cambio de expresión. “A las gradas…” y se agarró rápido su pecho izquierdo. No entendí, hasta que ella movía la cabeza de abajo hacia arriba, como cuando los papás les toman el dictado a sus hijos y quisieran sacarle la respuesta. “¡Ahhh!, ya entendí. Jaja, perdón” y ella sonrió con un poco de hastío. “¿Ya te olvidaste rápido?” me dijo un poco ofuscada, “¡no, no, no, no, no, no! ¿cómo crees? No, jamás. Es que soy un idiota que no agarra las bromas. Perdóname.” “Ok.” Me dijo, pero notaba que se sentía un poco ofendida. “Perdóname, Gina, en serio. No agarré la broma”. No sé porque, pero siempre he sentido que cuando uno dice “Lo siento”, en vez causar cierta lástima, las mujeres lo toman como una oportunidad para molestarse más. Estoy seguro que si no me hubiera disculpado de forma tan vehemente, no le hubiera causado su primera molestia. Que tampoco fue para tanto.


Después de haberle dicho que “Lo siento” ella miró hacia al frente. Sentí morirme. Era la primera vez que me mostraba ese monstruoso sentimiento que era la molestia. Era la primera vez que notaba su rostro volverse serio, fruncido. Era una cara dirigida a mi persona. Me sentí como un gato dentro de una caja enorme del cual no puede salir. “Perdóname, por favor”, era patético, pero no tenía conciencia sobre mis actos. Hoy me veo de lejos y me doy lástima. Pero en ese momento buscaba la forma para que eliminara todo rastro de molestia que me hiriera. No sabía qué hacer. Estaba desesperado y no lo podía demostrar tal cual, pues todos me verían y sospecharían. Era como el mismo gato, dentro de una caja y que sabe que afuera de la caja hay hombres que esperan a que salga para matarlo a palos.

Qué podía hacer, sentía que a cada momento, mi corazón se apachurraba. Sentía como si el amor que ella me tenía, como si aquel “Yo también, Alex” se desinflara cual globo. Me sentí en peligro de extinción. Suena absurdo, pero esas palabras son las que me describían. Así que agarré mi libreta, la abrí por detrás y le escribí “Lo siento, amor. Te amo y no quiero que se devalúe nuestro amor. Necesito que me veas y me sonrías, te necesito para estar centrado” fueron unas pequeñas palabras que no tenían ningún valor estético. Eran palabras sinceras. Pero al dárselas y leerlas, sus ojos se tornaron cariñosos. “¿En serio me necesitas?”, me preguntó, “Siempre” le contesté; “Yo también te necesito” me dijo en el mismo tono de susurro que las demás frases que nos habíamos dado, y agarró mi mano. Tiempo después, me dijo que fueron algunas palabras las que le habían conmovido “Devalúe”, “Nuestro amor” seguido, y “centrado”; al preguntarle el porqué de esas palabras tan antiestéticas me dijo “es que son peculiares. Diferentes a las que me han dicho. Y son honestas. Son iguales a ti”. Me sentí desprotegido cuando me lo confesó.


“Te voy a acompañar un rato” me dijo cuando acomodamos nuestras cosas para salir del salón. “¡Vamos a la cancha!” me dijo Manuel. “Ahorita te alcanzo” le dije y me vio y vio a Gina, y después, sonrió, “Ok. Ahí te veo.” Seguramente sospecha, pensé. Ya me preguntará luego, volví a pensar. “¿¡En serio!?” recordé lo que me había dicho Gina, “Claro, es temprano y Xavier pasa media hora después de que salimos. Así te echo porras. Y te doy un besito si necesitas fuerzas”. “Esta vez, me dejaré ganar para tener ese beso” le dije, “Síííííííií. Cómo no” me respondió con una expresión irónica exagerada.


Bajamos las escaleras mientras jugábamos con nuestras manos, pues yo quería bajar tomados de la mano, y ella se rehusaba. Era un juego y nos reíamos, pues sabíamos que no podíamos hacer esa osadía. Era una osadía para nosotros y nos burlábamos de ello.


Llegamos a la cancha y ya me estaban esperando “Coño, cómo tardas” me gritó Cristian apenas me vio doblar. “Es que se me atoró el bulto” y Gina y yo reímos por lo morboso que sonó esa expresión. “Ven ya, carajo, que sólo tú faltas”, me dijo y yo me quité el bulto y Gina lo tomó “yo lo llevo. Tú córrele…suerte” escuché a Gina decirme bajito mientras corría hacia la cancha. Volteé y le mandé un beso, sin que nadie me viera. Me sentí como en una película romántica.


Entré a la cancha y ya estaba Manuel en el centro, con el balón de futbol en posición de saque. Me lo pasó y yo se lo dí a Cristian. No pude meterme de lleno porque estaba viendo dónde se sentaba Gina.


El balón me llegó y yo quise dar un pase largo, pero salió muy fuerte y se fue de la cancha. Era una pequeña pifia y me sentí comprometido a demostrarle a mi amada de lo que estoy hecho. Desde ese momento, sentí una obligación. Sentí que estaba a prueba. Sonreí cuando recordé que algunos animales demuestran sus habilidades y su fiereza, para conseguir a su hembra. Era un animal dispuesto a llevarme a Gina como premio.


En un momento, sentí que podía hacer una jugada que sorprendiera a Gina, que en su vida había visto un partido de Futbol. Eso me facilitaba las cosas, porque cada jugada correcta sería una calificación sobrevalorada. Me llegó el balón por el lado derecho. Estaba a tres metros de media cancha; “El perro”, alumno del “A”, salió con la afrenta de quitarme el balón. Cristian me gritó un pase flotado, que aunque era mucho más chaparro que los demás, tenía un resorte impresionante. De verdad impresionante. Así que amagué un centro. Sabía que “Perro” no tenía una pierna izquierda tan fuerte, y descuidaba ese lado. Así que hice como si le pateara a la pelota para meter el centro, pero mi pierna siguió el trayecto de una patada, pero sin rozar el balón. “El perro” se movió a su derecha, pero luego notó que fue una finta y volvió a su postura original, pero era demasiado tarde. Al regresar mi pierna izquierda a su posición original, me puse de lado derecho, como si quisiera pasar por un pasillo estrecho, y rápido, con el talón de la misma pierna izquierda, golpee el balón y pasó por la parte izquierda de “Perro”. Yo arranqué a correr y me lo quité en un segundo. De pronto, Lalo, el más hábil del grupo “A”, salió y me enfrentó. El balón estaba un poco adelantado, cerca de él, y parecía que yo llegaría muy apretado, y por ende, Lalo, me taponaría el balón. Aceleré más, llegué al balón, y como saben que soy zurdísimo, hice la finta de “quebrar” a mi izquierda, pero fue un amague y me pasé el balón a la derecha, eso me dejó espacio para intentar un disparo a la portería. Pero mi derecha no tiene tanta fuerza como la zurda, así que le pegué con todo el rencor que pudiera tener, y salió un disparo violentísimo, que “Cejón”, el portero, no pudo detener. Fue uno de mis pocos goles que hice con la derecha. Fue un gol con causa, que era el de incrementar el amor que me tenía Gina. Vi hacia las gradas y noté que me aplaudía con una sonrisa bellísima que me cegó del partido. Era el 3-1 que nos daba una ventaja algo holgada.


Las reglas eran las siguientes. Eran dos retas, el primero que llegara a 5 goles, ganaba una reta. Pero la ventaja tenía que ser de dos goles, es por eso que si el partido llegaba a un empate de 4-4, el equipo tenía que meter dos más sin recibir ningún gol, y terminar 6-4, y si el otro metía el quinto gol (5-5) subía a 7. Se tenía que ganar con 2 goles de diferencia. Si ambos equipos ganaban una reta respectivamente, se tomaba la diferencia de goles, es decir, si mi grupo ganaba 5-1 y perdía la otra 5-3, mi equipo ganaba porque el total sería 8-6. Si se persistía el empate, incluso en la suma de goles, se hacía otra reta de desempate.


Íbamos ganando 3-1, y yo había metido un gol. El ver a Gina ahí observándome, me obligaba a ser mejor en la cancha. De pronto, tuve una oportunidad y metí un disparo de izquierda, fuerte, cruzado, y le dí la ventaja a mi equipo de 4-1 “Ya tenemos los refrescos. Vamos por las tapitas” dijo Manuel a todos, como burlándose del “A”. “Es chance” recriminó Lalo, “hay va lo bueno. ¿Con esa ventaja les da? Porque ahora va en serio” nos dijo en tono de broma, y reímos. Pero al sacar, se llevó a tres de nosotros, incluyéndome, y colocó el balón en el ángulo superior derecho de nuestra portería. Fue una jugada veloz, con un gol bonito, que me bajó de esa nube espesa en la que estaba. 4-2, y peligraba la apuesta.


Le dije a Cristian al oído “ahorita me pasas el balón y corres a la portería. Voy ha hacer como que espero a que me presionen, y cuando se acerquen, te tiro un centro largo ¿ok?”, me vio y rió “Sale”. Cristian era, por mucho, el mejor jugador que teníamos. Yo no era más que un simple jugador cumplidor, pero ese día estaba inspirado. Me dio el balón y corrió. El equipo contrario se quedó a la expectativa, pues el movimiento de Cristian, los alertaba. Yo retuve el balón. Sólo caminé un poco. Sergio me pedía la pelota a mi izquierda. Yo volteé pero no le di la pelota. “Paxush” me presionó, y se acercó para quitarme el balón. Yo no me moví. Cuando vi un espacio, le tiré un centro a Cristian. Era un poco alto, pero con buena dirección. Cristian pegó un salto y la cabeceó. “Cejón” ni se movió y el balón entró.


“¡Aguevo!” gritó Manuel. Era la primera reta. Faltaba la segunda y definitiva. Nos fuimos a las gradas a descansar un poco. Estaba completamente sudado. Subí hasta donde estaba Gina, que me aplaudía contenta. “Voy a buscar papel para secarme” dije a mis amigos para que no sospecharan de nosotros. “Bien jugado” me dijo Gina. “Gracias” le dije “¡Quieres agua!” me gritó Cristian. “Sí, tráeme una, please”, “¿no quieres algo?” le pregunté a Gina, “No. Estuviste muy bien. Sí que sabes jugar.” me dijo. “No, fue suerte” mostrando humildad ante mi limitada habilidad para el fútbol. “Oye, alex, ya me tengo que ir. Ya debe estar Xavier en la entrada.” Me dijo y yo asentí con un pequeño pesar. “Ok. Nos vemos mañana ¿sale?”, le dije. “Sí, pero ¿no me vas a dar un beso de despedida?” me dijo bajito. “Pero nos van a ver” le dije. “Pero aquí no, tonto. En las escaleras”. Y nos fuimos. “Ahorita vengo, voy al baño” les dije a mis amigos, que ni me escucharon. Llegamos a las escaleras y ya estaba algo oscuro. Eran las 8 pm y no había nadie en los salones. “Estoy sudado y apestoso” le dije “te voy a embarrar mi sudor y mi olor”. “Eso estaría muy rico” me dijo y me abrazó. Me sentí incomodo, porque sabía que ella podría sentir que apestaba. “Me gusta como hueles. Tu sudor con el perfume que te pones me vuelve loca. Me excita mucho.” Y su voz se tornó más sensual. Pude notar, con la poca claridad que me daba una barra de luz del baño, esa cara felina que adquiría cada vez que me hablaba de forma sensual. Me encantaba esa expresión. “Pero te puede oler Xavier”, le dije; “Me vale verga. Que se joda” me contestó. Esas palabras, que para cualquier mujer les parecerían sucias y groseras, era una expresión que le daba cierta sexualidad a la voz de Gina. La besé y la abracé. Ella se dejó abrazar. Estábamos en un rincón de la escalera. Ella estaba apoyada a la pared.


De pronto, sentí su pierna derecha abrazar mi pierna izquierda. Sentí su muslo caliente alrededor de mi cadera. Yo, que estaba agitado, me sentía sin aliento. Sentí que podía morir en ese beso si no tenía algo de aire. Qué mejor manera de morir, pensé. Era lo ideal. Podía oír mi corazón latir, por lo agitado del partido y lo agitado de ese momento. Pegué mi pecho al suyo. Sentí sus senos. Puse mi mano en su cintura. Ella clavó sus dedos en mi cabello. Sentí cómo tenía mojada esa parte de mi nuca. Sentí cómo sus dedos se mojaban de sudor, de mi sudor. Ella quiso besarme el cuello pero yo me alejé un poco, era suficiente. Estaba sudado, sucio, no podía dejar que ella se topara con esa parte, en ese momento. “¿No quieres que te bese?” Me preguntó en tono suave. “No, sí, pero estoy muy sudado y sucio”, “ Te quitaría todo el sudor con mi lengua” y oí cómo sonrió bajito. “No, yo no permitiría eso” le dije. Ella estaba en mi cuello, y yo en su cien. La tomé y la puse de frente a mí, en la penumbra y la besé. Me mordió los labios y yo la lamí. Ella me lamió y lanzó un gemido como un susurro. “Te amo mucho Gina”. “¿mmm?” no me había escuchado. “Te amo mucho” dije un poco más fuerte. “Yo también, Alex. Te amo mucho”.


“Ya es tarde” le dije después de que nos alejamos un poco. “Sí” me dijo “podríamos pasarnos toda la noche besándonos” volvió a decirme mientras se acomodaba la falda-pantalón. “Bueno, amorcito, nos vemos”, me dijo con una sonrisita, mientras bajábamos. “Nos vemos amor” le dije. “Hoy sí que hemos tenido mucho ¿no?” me dijo, y recordé cuán larga me pareció esa tarde. “Vaya que sí” le contesté. “Y pensar que así serán todas las tardes” me dijo contenta. “Sí” contesté contento. Volteó a los lados y me dio un beso fugaz, que no me dio tiempo de reaccionar “Nos vemos, futbolista” y se fue corriendo a la entrada de la preparatoria. Desapareció en un recorte hacia la derecha. No vi a Xavier y me alegré por eso. Era un día que no tenía que acabar mal.


Regresé a la cancha. Jugué bien, metí un gol y ganamos 6-4.


lunes, 19 de enero de 2009

El buen anfitrión.


Cómo te voy a olvidar. Sí, te veías divino aquel, el primer día que nos vimos. Llevabas una camisa negra de mangas largas, y unos jeans de color azul fuerte, y tu piel resaltaba, que aunque morena, resplandecía cual teflón cromado.


Fue aquella vez en el centro de cultura. No lo voy a olvidar jamás. Apenas habíamos llegado y no había más que una persona. Eran las 7 pm y no había nadie. Preparamos todo con la calma deseada y pudimos establecer nuestros asientos.


Faltaban 20 minutos, la gente empezó a llegar, y yo, con mucha pena, no podía levantar la cara para ver quienes habían llegado. Pero era seguro que ya estabas ahí; pude sentir tu mirada. No me puedo equivocar.


Eduardo y Rodrigo afinaron detalles; yo ya estaba listo desde que llegué. Y faltando dos minutos para que empezase la presentación, tú llegaste hasta nuestros lugares: “Hola qué tal. Yo soy el anónimo ¿sí me reconocen?” y nos quedamos en silencio. No sabíamos qué decir. Yo me adelanté y rompí ese momento “Qué tal”y te estreché la mano “No pesábamos que fueras de aquí” te dije. Me viste con cierta efusividad. Eras un niño. Calculé tu edad. Me dije que tendrías 17 o 18 años. “Espero que no me descuentes, después de los agravios que recibes de mi parte”, agravios me sonó sobrado, era una palabra que de seguro habías rebuscado desde hace tiempo. Se notó que no era habitual en tu vocabulario y me pareció tierno. “No, qué va. Qué bueno que viniste” te comenté y recordé aquellos comentarios insalubres. Aquellos comentarios venenosos y groseros que me dejabas bajo el nombre de Anónimo. Entonces saludaste a los demás. Rodrigo te dijo “Cuidado, porque te pueden saltar a madrazos” mientras me señalaba con su cabeza. Nos reímos los cuatro. He de admitir que si hubiera saltado sobre ti, no hubiera sido a madrazos. Me sonrojé por ese pensamiento lascivo y pícaro. Te retiraste, no sin antes decirnos “Suerte”, mientras me veías con cierta ironía. “Ese hijo de puta” pensé, seguramente nos va a chingar con una pregunta.


Empezó la presentación. No había nerviosismo aunque ya estaba lleno el pequeño salón. El primero fue Eduardo, leyó un estupendo escrito, acompañado de unas imágenes y estuvo formidable. Muchos rieron. Después fue Juan que leyó un fragmento de la novela de Rodrigo, y estuvo muy bien. Tú estabas oyendo con atención, pero me veías y me mandabas una sonrisa que no podías deformarla de tu rostro. Ahí fue cuando caí en cuenta, mi escrito era muy inflamado, lleno de improperios que iban dirigidos al público, y en el público había niños. Cuatro y un par de viejitos, pero contaban como niños. Así que empecé a titubear. No iba a tener la gallardía de leer mi escrito. Así que mejor decidí no hacerlo. Por suerte, Rodrigo leyó un enorme escrito, acompañado de unas imágenes, y prendió al público. Así que mi descenso no sería tan bochornoso. Yo comenté que mi escrito no era apropiado e improvisé una pobre cantinfleada. Terminamos y decidimos bajar cuanto antes. Un par de lectores se nos acercaron y nos saludaron. Tú, anónimo, permanecías inmóvil, sentado en tu lugar. Hasta que después te acercaste a mí, ya sea porque el resto del público (mujeres bellas y altas) se habían arremolinado a saludar a los talentosos escritores, y en mí viste la posibilidad de colarte al saludo.


“¿Qué pasó? ¿por qué no leíste tu escrito?”, me preguntaste con una sonrisa. Y te contesté con la verdad “no tuve el valor de decirlo delante de los niños”, y al mencionarlo, reíste medio forzado, mientras me decías “¿tú, con moral? tengo que leer lo que escribiste”. Fue en ese momento en que te iba a contestar cuando Rodrigo nos dijo “Vamos a la Tasca”. “¿Va haber chupe gratis?” preguntaste con efusividad, “no” contestó Rodrigo “pero ahí nos vamos a reunir para pasar el rato ¿vas?” te dijo y tú contestaste que por su puesto, pero con cierta desilusión.


“Te voy a ser sincero. Yo bateo y pitcheo” te dije al calor de unas cervezas. Te me quedaste viendo con cierta sorpresa. Arriesgaba todo. A esas alturas ya sabía que bajo ese “Anónimo” se escondía el nombre de Genaro, y que tenías 18 años. Te me parecías atractivo, guapo. No sé si por las cervezas o por un momento de debilidad, pero me apetecían tus brazos y aquel cuello prolongado que se veía coronado por esa manzana de Adán. Te quería en mi cama, pues la hamaca no se me da, soy un campechano errático. Te quería en mi lecho. Estaba sobre fuego. “¿Eres gay o te gusta las dos cosas?” Esa pregunta te salió tan atrabancada que pensé que todo se había ido a la mierda. Estábamos los dos conversando muy aislados de los demás. “Soy lo que quieras que sea” te dije y me sentí muy puta. Tú sonreíste y volviste a tomar tu cerveza en ese vaso de plástico que se doblaba por la presión que ejercías. “Me gustan tanto hombres como mujeres” te dije para recomponer la respuesta. “Es lo más normal. Hoy hay más bi que homo” me contestaste con cierta simpatía. Me miraste de soslayo y me dijiste “pues qué bien” y sentí cómo temblabas. Querías decir algo pero no te atrevías a soltarlo. Yo, pensando en un exabrupto o algún rechazo, me adelanté a una pregunta para evadir dicha respuesta de tus labios “¿Y dónde estudias?”. Sentí cierto alivio y me respondiste pero no recuerdo la respuesta, pues estaba aliviándome mientras me contestabas. “A mi también me gustas” me dijiste de sorpresa y casi te escupo la cerveza encima. Y fuiste más atrevido, pues al soltarme esa respuesta me agarraste la mano. Comprendí esa actitud frenética de la edad. Aplaudí la valentía y me sentí feliz. Nadie imaginaría lo que estábamos platicando, el alcohol ya estaba despistando toda razón y cordura que quedaba.


“Te juro, Anónimo, que no pensé que fueras de aquí, pensé que eras de algún otro lugar, del D.F.” te dije mientras comía cacahuates“Genaro, dime Genaro Please” me contestaste, y adoré la pronunciación que le diste. Me provocaron tus labios, quería lanzarme y besarte delante de todos, sentí un impulso traidor y quise que me tocaras el miembro que estaba firme al imaginar las calenturas que me venían. “Siempre me pongo así cuando tomo” pensé, y juré dejar de beber, como casi siempre lo hago. Pero mi impulso tenía que languidecer, era por nuestro bien Genaro, tienes que entenderlo. Yo sé que hubieras deseado que nos besáramos enfrente, y que te bajara el pantalón. Sé que deseas que hagamos eso delante de todos. Te excita pensar en hacerlo delante de todos. Eres más puta que yo. “¿Y eres bisexual? ¿Desde cuándo?” me preguntaste y te contesté “Pues he de confesarte que mi bisexualidad se la debo a Jaime Bayly, ya que nunca me había quedado claro si era homosexual o no. Y fueron sus novelas las que me abrieron (sin albur) los ojos. Le dieron claridad a mis preferencias. Me gustan tanto las mujeres como los hombres. Me apetecen los dos sexos. Soy un hedonista” te contesté y me sentí feliz. Siempre soy feliz cuando menciono esta parte, tal vez por el alivio que siento al desahogarme o tal vez porque es lo mejor y más coherente que he podido decir. “¿Pero ya has estado con un hombre?” y te cambié la pregunta “¿Que si he cogido con un hombre?” y sonreíste; “Sí, por su puesto”te dije, “¿y con una mujer?” “por supuesto” recalqué. Le diste un trago a tu vaso y me dijiste “¿por Jaime Bayly supiste que eras así?” “Sí” te contesté “pues hay que suprimirlo por convertir en maricones a muchos ¿no?” y reímos. “Sí, creo que sí”. Creo que pensaste que era más mi fanatismo hacia Jaime Bayly, que mi bisexualidad. Imaginaste, y después me lo confesaste en ese momento, “no será que quieres ser como Bayly lo que te lleva a ser bisexual?”, sentí calor en la garganta y pensé que la cerveza lo mitigaría. Me dolió que pensaras que no fuera bisexual, sino que era más un ansia por ser como Bayly y que estaba siendo errático en mis apetitos. La verdad es que me gusta cómo escribe Jaime Bayly, pero no para tanto. No soy un fanático como esos que hay. He de admitir que si se me presenta la oportunidad de coger con Jaime, lo haría sin miramientos, pero eso no me hace un fanático. Y si lo soy, es más por su literatura, por admiración y por cierta atracción física e intelectual, pero hasta ahí.


Sentí esa duda, y me irrito un poco. Me era injusto que después de pasar por tanto en mi vida, me cuestionaran de tal forma. “Me voy, Genaro, me tengo que dormir temprano” dije con cierta molestia que no alcancé a disimular. “no, pero porqué. ¿Dije algo que te molestó?”, “No, no es eso, sino que ya me tengo que ir” me levanté y me fui a despedir de todos. Tú te quedaste parado, esperando a no sé qué. Me despedí de todos y me acerqué y te dije “Genaro, un placer conocerte”, “el placer fue mío” me dijiste algo contrariado.


Me fui caminando hasta mi casa. Algo tambaleante, pero caminando al fin. Me sentí ofendido. Sentí que no merecía esa cachetada que me habías propinado. Ya en la serenidad de mi conciencia he de admitir que fui muy dramático, que no era para tanto. Pero estaba medio borracho, y las cosas se agudizan. Yo sentía unas ganas enfermizas de pasar la noche contigo, Genaro. De que nos desvistiéramos y que nos diéramos pasión. De que nos abrazáramos y nos besáramos todo el cuerpo. Quería que me besaras la cadera y que me hicieras suspirar. Que nos acariciáramos el pito. Que pasáramos una noche rica. Pero todo se había venido a bajo.


Iba directo a mi casa, cuando oí un claxon. Repetidamente escuché el mismo Claxon “¿A dónde vas?” me preguntaste. Sabía que eras tú. “A mi casa, a dónde más.”Súbete, te llevo. “No, prefiero caminar” te contesté, “anda, súbete please” y ese please que antes me había encantado, me parecía nefasto, falso y mal pronunciado. Reí y seguí caminando. No volví a escuchar el claxon, en cambio había escuchado un portazo. Oí tus pasos rápidos. Te pusiste frente a mí, me tomaste y me besaste. Fue un beso de 4 segundos. Los conté. Ese sabor amargo de la cerveza, se acentuaba más en tu boca, recordé que era la michelada que te habías preparado al sentir el sabor a chamoy.

“Perdona, pero pensé que te gustaba. Me gustas y quiero estar contigo”me dijiste. Qué podía hacer, estaba desarmado porque yo también quería estar contigo, y adoré lo tierno que me sonaba esa declaración. Nos besamos sin que nos importara quién nos veía en el parque de San Martín. “¡Par de putos!” nos gritó un carro que pasó a cierta velocidad. Nos separamos, nos vimos a los ojos y reímos por el sutil comentario. “Qué valientes son esos” te dije, “nos dicen putos y ellos pasan rápido para quedar anónimos.” Complementaste, y nos reímos, no por lo rebuscado que sonó, sino porque tú mismo te escondías bajo “Anónimo” para decir las tremendas cosas que dices en el blog.


Nos fuimos a un hotel que no reconocí, pero que tú recomendaste por la discreción. Al llegar, el recepcionista te saludó “Qué tal Genarito. Cómo va la chamba” “Pues ahí va, Don Jorgito, ahí va” contestaste mientras llenabas el formulario habitual. Yo no sabía donde esconder la mirada. Terminaste y con un “Con permiso” nos dirigimos al 208.

Ya en el cuarto, sentí cómo te desinhibiste. Eran más sueltos tus movimientos. Eras un pícaro. Me besaste y yo respondí. Todavía estaba maravillado del cuarto, era limpio y amplio.


Nos besamos y nos quitamos la ropa. En un movimiento rápido, me desvestí, lo mismo que tú. Quedamos en ropa interior. Me viste a los ojos y me dijiste “Te quiero sentir, y más esto” y me agarraste el paquete que ya estaba erguido. Me bajaste la truza y me diste una mamada que sentí exquisita. Me acomodé en la cama porque estaba parado. Mientras me la mamabas, me agarrabas los testículos. Te amé por esa maestría con que me hacías cariños. Después regresaste a mi rostro y me besaste. Sentí el olor de mi parte en tu boca. Eres un joven intrépido, pensé. Saltabas de arriba a abajo con tal rapidez que no me dabas tregua. Quise devolverte el favor, pero me dijiste que en ese momento te dejara actuar. Me besaste el pecho. Estaba inmóvil recibiendo tus caricias. Me provocó acariciarme, pero tú me lo impedías y lo hacías por mí. Después de un rato, subiste con tal efusividad y me preguntaste “Te gusta meterla o que te la metan” Y te dije que cualquiera de las dos formas me daba igual. Y me dijiste, “ok, pues métemela” y agradecí que no me obligaras a recibir primero porque en realidad a mí me gusta más dar, pero estaba dispuesto a sacrificar mi gusto y mi dolor por el afán de que gozaras tú también. Te pusiste y yo introduje mi miembro, pero antes, te volteaste y lo lamiste bien para lubricarlo correctamente. Te pusiste, y me dejé ir. “más duro, más fuerte” me decías, y sentí un placer, seguido de una admiración, porque te gustaba fuerte. En tu lugar yo hubiera pedido despacio y suave, soy muy propenso al dolor.


Mientras más fuerte te daba, pensé que la juventud de hoy era cabrona. Era una juventud adoradora del hardcore. Terminé y me vine en tu nalga derecha. Esperaste a que terminara de venirme y te volteaste y me diste un beso en el glande.


Yo te ví mientras volvía del síncope de placer “¿quieres metérmela?” te dije “¿Tú quieres que te la meta?¿te gustaría?”, y en ese momento fui sincero. “La verdad no. La verdad es que sólo soy activo. Digamos que soy un mal anfitrión”, y me viste con una sonrisa, “Pues seré sincero. Digamos que sólo soy un anfitrión. Un anfitrión goloso” Y nos reímos de la coincidencia, de esa bella coincidencia. Nos besamos. Dormimos abrazados y al levantarnos, notamos que eran las 5 de la mañana. Nos metimos a bañar, juntos. Jugueteamos, nos tocamos y nos enjabonamos “Así que eres un putito” te dije “Sí” me contestaste “Soy tú putito. Soy tu ano-nimo” y nos reímos. Terminamos el baño. Nos vestimos. Al verte, noté que todo dejo de putería se había esfumado en ti. Te vestías serio. Te acomodabas la camisa con esa seriedad con que te ví en la presentación. Con la ropa ya te habías puesto esa botarga de masculinidad. No nos dijimos nada, más que las preguntas obligadas de si “¿Ya?” refiriéndonos a si ya estábamos listos, y el “¿no se nos olvida nada?”, pero con una seriedad que parecía caricatura de aquella noche tan efusiva donde fuiste un amante voraz.


Llegamos a la estancia y me vi en la presteza de pagar “no, wil, esta vez yo pago. La próxima vas tú ¿ok?” Y sonreí porque eso nos obligaba a otro encuentro. Nos despedimos de nuestro cómplice, don Jorgito, y nos subimos al auto. Nos dirigimos a mi casa. Te expliqué por dónde era y nos quedamos por un momento en silencio. “Ahora no sé cómo me voy a dirigir a ti en el blog” me dijiste con cierta ternura, y esa botarga de masculinidad se vio fragmentada. “Pues normal, como siempre, con tus insultos e improperios” te dije. “Ok. Pero te escribiré con mayúsculas para que sepas que soy yo ¿Sale?. Nada más escribiré en cada post tuyo. Porque me encanta cómo escribes.”, “Gracias, me parece divino” te dije y me dispuse a bajar del carro, pues ya habíamos llegado a mi casa, y a falta de beso, te dije “Me cuidas ese culito que sólo yo te lo puedo romper, Genaro” y nos dimos la mano. “Claro, es tuyo. Este culito anónimo es tuyo” y me bajé y te dije adiós.


Desde ese entonces, Genaro, tú y yo nos encontramos una vez por semana. Salimos, paseamos como dos amigos y nos amamos en el mismo hotel, donde Don Jorgito, nuestro cómplice, nos atiende de maravilla. Y nos reímos de las pavadas e insultos inflamados que nos dejamos en el blog, y nos la pasamos genial. Adoro este momento, y más cuando, por celos, les contestas a las mujeres que me dejan comentarios. Eres un celoso empedernido.



viernes, 9 de enero de 2009

El extraño resplandor de la inocencia II

2

El tiempo era alegre. La tarde era calurosa. Ese lunes no me convertiría en un escurrido. Después de todo, quería ver a aquella mujer que me hacía transpirar sin apestar.


Estaba bañadito y en camino para la escuela. El perfume de “Animal” estaba impregnado en mi camisa de preparatoria. Estaba feliz. Feliz y escuchando música en mi mp3.

Poco me importaba la tarea, yo sólo quería ir a mi salón, sentarme junto a Gina, y verla, seducirla con mi mirada inocente.


Una duda me asaltó a la mitad del camino. Cómo nos íbamos a saludar, de beso en la mejilla o de beso en la boca. Prefería que fuera en la boca, pero sabía que era imposible. Ella tenía novio y no podía dejarse notar ante todo el salón. Eso sería un grave error.


Cuanto imaginé llegar y besarnos como cualquier pareja, y darnos un abrazo leve. Aunque fueran cursilerías, no podía tener ese lujo. Quería las cursilerías y me estaba vedado. La quería completa, no por partes. No por momentos. Pero comprendí que no ella tenía novio. Y yo quería ser su novio. De repente, me asaltó un ejemplo: yo no quisiera que me hicieran lo que yo estoy haciendo.


Hoy voy a hablar con ella. Le pediré que deje a su novio. Le pediré que seamos algo más que una amistad íntima. Nos habíamos besado y eso era suficiente para sabernos enamorados.


¿Pero si la verdad es que ella quiere a su novio y yo soy sólo un pasatiempo? No podía creerlo, parecía que la mujer era yo. Cuántas veces el argumento de las telenovelas no son eso, una amante que le pide a su hombre que deje a su esposa para escaparse con ella, y la amante tiene dudas. Reí por la semejanza. Tal vez reí porque no quise creer tal acción.


Hoy se despejarían tales dudas. Hoy, en el receso, hablaría claramente con ella y dejaría ese acto horrendo de divagar tormentos.


Llegué al salón como si nada. Actuar como siempre soy, era lo mejor. Saludé a mis amigos que estaban en la puerta del salón. Dos que tres insultos de siempre. Pero me cuadré cuando la vi sentada. La vi, me lanzó esa sonrisa pícara de la playa. Un flash. Un recuerdo que pasó como auto a toda velocidad. “Hola” me dijo mientras alzaba la mano derecha. La distancia entre ella y yo era de casi 6 metros. Temí porque alguien nos viera y sospechara, pero nadie nos prestaba atención.


Por un momento sentí celos de mi mismo, al verla tan hermosa, tan bella, tan buenota, con sus piernas cruzadas, dejando ver sus pantorrillas bien proporcionadas, y aquellas rodillas redondas. Su falda era del uniforme, así que era como una falda pero en realidad era un short. Aún así, podía ver sus nalgas bien delineadas. Sus hombros bien plantados, sus pechos notablemente inflamados. Era una belleza y me saludaba a mí. Me ericé al recordar que el día anterior nos habíamos besado. Pero al momento me recriminé al no “propasarme” un poco y tocar sus pechos.


“Hola, Alex” y levantó sus labios pidiendo un beso, pero puso su cara de lado, ofreciéndome su mejilla derecha. La besé con cierto alivio, pues no iba a tener el valor de besarla en la boca delante de todo el salón.


“Ven, siéntate” me dijo mientras quitó su bultito rosa de una silla, para que yo la ocupara. Me estaba guardando un lugar. Me dijo que me sentara, y yo obedecí. Obedecí como un perro. Era inevitable, ella tenía control total sobre mí. Era su perro. Era una diosa y yo su lacayo.


Sentía que me veían. Todos me veían y podía jurar que me compadecían. Pero yo me sentía feliz. Era feliz en esos momentos porque podía tener a una mujer como Gina, como mi amor. Oculto pero a final de cuentas, amor.


El maestro pasó por la ventana, todos entraron. Y en el ajetreo, me dijo sin verme “Te quiero”. Sentí que mi corazón iba a estallar, y con el sonido llamaría la atención de mis amigos. “Yo también. Te quiero” le dije. Ella me agarró la pierna y me sonrió. Era feliz. Era un hombre, y era el más feliz.


Sudaba como cerdo. Estábamos sentados hasta atrás, como corresponde a los desmadrazos, y por esa razón, el abanico no llegaba a brindarnos su trabajo. Me sequé el sudor de la frente con cuidado, para que Gina no se diera cuenta. Quise sacar un pedazo de papel higiénico de mi bolsa derecha y el asunto se complicó. Tuve que brindarle más cuidado al hecho, hasta que logré mi cometido. Cuando volteé a mi izquierda, noté que Gina me veía con humor. Estaba riéndose por la forma tan cuidadosa con que ejecutaba tal operación tan pueril. “Me encantas. Eres tierno. Me encantas” me dijo mientras sonreía y me brindaba la dicha de admirar sus hermosos dientes y sus bellas encías. Me puse rojo, me di cuenta porque ella hizo aquella expresión de ternura, con las cejas arqueadas (la misma de la playa) y me dijo “Ayyy, te apené, bonito”. Me lo decía quedito, para que nadie la escuchara. Me dijo “bonito”. Nunca antes me habían dicho eso. Era la primera vez que me decían ese apodo. “Bonito”. Mi mano izquierda fue tomada por su mano derecha. Yo a su derecha, ella a mi izquierda. Abrí mis dedos para que metiera los suyos. Por un momento nos quedamos así. Hasta que un movimiento de Lucía, una amiga que sentaba frente a nosotros, nos espantó y nos obligó a separarnos. “Lucía hija de la verga”

jueves, 8 de enero de 2009

El extraño resplandor de la inocencia I

“¿Quieres ver mi queso?” me dijo mientras intentaba evadir su cuerpo tratando de ver el mar que estaba frente a nosotros. Esa poderosa oración, esa potente propuesta hizo que mi cara cayera hasta el último grado de la incertidumbre. La vi a los ojos y sus rasgos eran pícaros. Con esa pequeña sonrisa que tiende a ser diabólica pero a la vez tierna.

Sus manos estaban en su cintura, las vi de reojo. El rango que podía notar mientras la veía a la cara. Estábamos acostados, yo frente al mar y ella de espaldas, pero cuando me preguntó, había quedado de frente a mí.


“C-c-cómo” tartamudeé. “No te hagas que bien que lo escuchaste. No me hagas repetirlo.” Ahora sus dedos estaban jugando con su pequeño bañador. Tenía que responder rápido, no podía hacerle perder el tiempo, tenía que contestarle rápido con algo inteligente, que dejara ver que estoy interesado pero que no soy un pervertido “Sí lo escuché. Pero me gustaría que lo repitieras. Me gusta cómo lo dijiste” le dije mientras sentía que me había tragado una piedra y había anchado mi garganta, pues podía ser todo en nuestra amistad. No habría regreso.

Georgina era bella. La más bella de la preparatoria. Tenía un cuerpo bellamente desarrollado y una cara hermosa. Me gustaba. No, estaba enamorado de ella. Ella sabía que la quería. Se lo había dicho y a ella le gustaba que se lo dijera. Creo que la excitaba. Pero era la primera vez que me decía algo así. Nunca había dicho cosas guarras. Lo más cercano había sido “¡me lleva la puta madre!” y fue cuando, por accidente había tirado su jugo de uva sobre su libreta de Biología.

“Que si quieres ver mi queso” se había acercado y me lo había dicho al oído. Con sus labios rozando mi oreja derecha. O bueno, eso sentí cuando su aliento lamió esa parte.

La vi de frente. Sentí el impulso de besarla. Quería besarla. Sentía que era el momento. Vi sus labios formando esa risa que se tatuó en mi mente. Quería ese aliento en mis labios, en mi naríz, en mi barbilla. Pensé aventarme de repente, en un beso desenfrenado. Preparé mi brazo derecho para abrazarla. Pero de repente, mi cerebro reaccionó como si estuviera en arenas movedizas, luchando por su vida, y diciéndome “momento, esto es sólo un juego pícaro. No te ha pedido matrimonio”. “Sí” me dije, y “Sí” le dije.

Se mordió el labio inferior y su risa se volvió en una seriedad picosa. Ahora, sus ojos bailaban lentamente de arriba abajo, como inspeccionándome, y que yo supiera que me está viendo y que le gusto. Su mano izquierda acompañó a la derecha hasta sus caderas. Se posaron en su ropa de baño, en el bikini de color morado. Bajé la mirada para ver y la noté reír por verme bajar la mirada a sus caderas. Jugaba con sus manos y jugaba con mi mente. Sus uñas cortas, limadas y pintadas de un rosa bajo, me eran sutilmente sexys. Discretas, y era esa discreción lo que me volvía loco, porque le daba un aire elegante, sencillo y coqueto, les daba un aire muy femenino.

“¡La playa!” me dije, y volteé a ver si había alguien alrededor y la soledad me sonrió. Al igual que Georgina, ya que entendió el porqué dejé de mirarla. “Estamos solos, tontito”, me dijo y ese “tontito” me contagió de esa sensualidad y ternura, como si fuéramos algo más que amigos, como si fuéramos pareja. “Sólo tienes que verme a mí” me dijo, y el existencialismo me pareció lo mejor que le podía pasar a la humanidad. Sartre era un amargado, pues la soledad es lo mejor que puede tener un hombre, y más si está con una mujer.

“¿Quieres ver?” me preguntó “Claro que sí” alcancé a contestar, y alcanzó a acariciar sus caderas con su mano derecha “¿ujum?” me dijo, preguntándome de nuevo. Yo sentía inconveniente redundar en el “Sí”. Tenía que decir algo más, algo diferente “me gustas mucho, Gina”, alcancé a decir y sentí que me costó mucho aliento. Después de un segundo caí en cuenta de lo patético que fui al decir eso. Era evidente que parecía un niño delante de una mujer. Era como un moribundo que se aferra a su ejecutor, y que mientras se arrastra, se sujeta a sus piernas y le pide que no lo mate. Era un patético, sucio y mal logrado amante. Eso al parecer, le sonó tierno. Sonrió y sus cejas se arquearon con una expresión de “Sooo cute!”. Y se lanzó a mis labios. Me besó como nadie me había besado. Y es que nadie me había besado antes. Sentí sus manos en mi nuca, entrelazarse entre mis cabellos. Sentí su aliento cálido en mi garganta. Su olor. Y una falta de modales porque yo no había cerrado los ojos y ella sí. La verdad es que gocé mucho admirar sus ojos cerrados cerca de mí. Sabía que los tenía cerrados por mí. Porque yo la hice sentir así. Sentía algo porque yo le provoqué ese sentimiento. Me quería. No sé si me amaba, pero sí le provocaba. Su nariz chocando con la mía. Me oprimía con sus manos hacia su rostro. Y de pronto sentí su lengua abriéndose paso entre mi boca. Como si entrara a mi cuarto en una noche cualquiera. Sentí su lengua buscando la mía. Y al sentirla, cerré mis ojos. No podía creer lo que estaba viviendo. Tal vez era mi primer gran amor. Quizá yo significaba más para ella de lo que pensaba. Y la abracé. Quise decirle que la quería, pero no encontraba la manera de decírselo. Me parecía de mal gusto interrumpir el beso por un segundo para decirlo. No habíamos tomado aire hasta entonces.

De pronto, ella no pudo contener más el aliento y se separó una milésima de segundos, y abrió los ojos mientras yo también los abría. Esos párpados bellos, con pestañas largas y delgadas; y unas bellas y delineadas cejas que hacían un marco perfecto; no pude contenerme más y le dije “Te quiero”. Ella sonrió despacio. Y ahora yo fui el que la besó. La besé con pasión. Ella se montó sobre mí para besarme mejor. Me sostuvo la cara con sus hermosas manos, y me imaginé viéndonos. Vi sus manos, con sus hermosas uñas posadas en mis mejillas.

De pronto caí en cuenta. Mi miembro estaba rígido. Ella lo podría sentir. Me apené. Quise cambiar de posición para poder evitar que ella sintiera mi rigidez. Pero ella, como si intuyera mi pensamiento, tomó mis brazos y los puso en su espalda. Quería que la abrazara. No le importaba sentirlo. Le gustaba sentirlo. Y quedamos boca a boca por un tiempo que se me hizo eterno.


De pronto, mientras nos besábamos y jugábamos con nuestras lenguas, pues la mía era suya y la suya era mía, me provocó agarrarle los senos. Esa provocación que estuvo contenida desde hace meses. Me decía a mí mismo que era el momento. Que no había nada de malo hacerlo. De todas maneras ella me había propuesto ver su “Queso”. Era normal que como pareja pudiera tocarle los senos furtivamente. Pero sentí que sería mal de mi parte hacerlo. Además, no me había quedado claro qué éramos en esos momentos. Qué era yo para ella. Tocarle los pechos podría ser una falta de respeto. Y no lo hice. Pero fue una tarde mágica que nunca olvidaré.