miércoles, 28 de enero de 2009

DON PERRO LA CAMPAÑA # 5


HECHOS NO LADRIDOS

martes, 27 de enero de 2009

La señora del Buen decir

Seguimos con la política. Aquí esta señora. Una dama en toda la extensión de la palabra. Es mi abuelita. Gócenla.



Videos tu.tv

http://www.tu.tv/videos/que-senora-tan-grosera

Gatos por liebres


No pues, este fin de semana me la pasé de a Madrazo.


¿Por qué?


Fíjate que me fui al bar con unos Chentes. Y después de un rato, que le echo ojitos a una vieja. Estaba bien buena. Que me la ligo y empiezo la plática, y no más abre la boca y no, no, no, no. Estaba bien Sarah Palin. Y que me la quería llevar, pero su amiga no la dejaba.


¿Y su amiga estaba bien?


No, que madre, estaba bien Elba Esther. Daba ñáñaras. Pero al final de cuentas, para no hacértela de Obrador, me llevé al hotel a la que estaba Palin. Entramos, y empezamos las diputaciones. He de admitir que tenía buen curul. Y que ya entrados en la enpelotadera, me pregunta que cuántos años tengo. “27” le digo, y que me dice, “uuuy, estás bien Peña Nieto, y que le digo, estaré Peñanieto pero no Ortega, y que la agarro, la beso. Ahí empezó la campaña. Ella ya estaba bien Nordhausen,a punto de turrón, y en un momento inesperado, que me agarra el PRD. Para ese entonces, eso ya estaba bien Barack Obama. Ella me vio con desconcierto, vio mi PRD, lo agarró y me dio un Sarkozy. Después le eché el ojo a su Kirchner, estaba rasuradito, y le metí los dos primeras diputaciones, ella gimió de gusto. Me encantaba cómo me hacía el Sarkozy. Y que me dice “Dame de una vez.” Y que se la dejo caer de a Salomón. Ella deliraba. Me movía como un Hurtado con sal. Ella me agarró las Bernés, mientras que yo se la Méndez Lanz con enjundia. Pero lo mejor vino después.


Qué pasó.


Pues que en el momento en que yo estaba bien prendido, que me separa, me agarra el PRD, que estaba bien Barack y me dice “Dame por McCain.” ¡Y que le doy por McCain”. ¡No gritó ni se quejó! ¡Le di por McCain!

¡No mames!¿Así te lo pidió? No te creo.


Te lo juro así me dijo.


Y luego que más pasó.



Pues nada, seguimos toda la noche. Nos echamos Tres Alitos y un Panchito Brown.




Me Chocaron: El regreso



No se pierda esta cinta de acción, romance, amor, suspenso y odio. La película que lo tiene todo.

Dulce Sarai Garza Villarreal (¿le tocara de algo a Héctor?) vuelve más ruda, más salvaje y sedienta de sangre que Uma Thurman en Kill Bill.

lunes, 26 de enero de 2009

Si usted no es una reina. Capítulo 4



Ni dormida ni despiertase

me va de la cabeza
pienso en él, ¿por qué será?

En la calle y en la escuela
peor que un dolor de muelas
siempre está, no me deja en paz.

Con las yemas de los dedos
pongo su nombre en el viento y después
me siento bien.

Nadie sabe mi secreto
todo me lo quedo dentro aunque sé
que así no es.

Como se le comen los sentidos
a los chicos ya no se que hacer

Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor
esta obsesión, que me quita el sue-e-ño
es la señal de que estoy ya
enferma de amor

Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor


En el capítulo anterior la Yenifer se quedó con la responsabilidad de tomar la decisión más importante de su vida. El Maese Paulo Culeyo, generoso como sólo él, abrió para ella un abanico de posibilidades, abrió para ella un abanico de posibilidades para que transforme positivamente su vida. Es decir, de conseguir marido, con el cual pueda cumplir todas sus metas y lograr todos sus sueños…

—Bueno, Master, pos voy por su billete

—Órales. Nomás que de salida ponte en la rocola unas rolas del Emmanuel.

—¿Eh? ¿De quién?

—Oh, ch… del papá del Alexander Acha.

—Ah, sí. Un ruco que todavía está bien papacito y como pa suegro.

—Sira, ponte la de Todo se derrumbó, Si ese tiempo pudiera volver, El día que puedas y otras tres o cuatro.

—Chale. Esas canciones han de ser bien rucas, ¿verdad?

—Oh, ch… Tú ponlas y ya, mija. Bien que andan de rocabilis y de escatas varias viejas de tu edad que se sienten de mucha onda.

—Sí, master. Disculpe. Usted siempre tan lúcido.

—Pos órale, como vas.

Entonces la Yenifer puso esas rolas y se fue al cajero fue por el billete de los emolumentos.

Mientras escuchaba las primeras notas de las rolas requeridas, el Maese Culeyo degustó prolongados tragos de su exquisita cerveza [señor dueño de grupo cervecero o publicista anúnciese aquí]. Y cuando estaba esa rola que dice: “mira mis lágrimas como no cesan por ti..” se puso de pie y se aproximó por la retaguardia a Doña Mari, a punto de arrimamiento. Ella estaba (h)echando tortilla (de maíz) en esa modalidad de “a mano”, o sea, hecha con las manos, pero también con una maquinita, sobre el comal. Para su labor artesanal, Doña Mari reclinaba su tronco continuamente con movimientos interesantes de su pelvis. Aun cuando percibió aproximarse al Maese Culeyeo, elle no volteó a verlo, sino que, muy profesional, siguió ocupada en su trabajo culinario. Entonces el Maese Culeyo, con caballerosidad se dirigió así a la dama:

—¿Qué, doña? ¿Sabe qué?

—¿Qué quiere?

—¿Sabe qué es el boliche?

—Pos creo sí.

—¿Y alguna vez ha jugado?

—Pos creo no.

—Ah, pos entonces le voy a explicar, para que cuando tenga que jugar sepa cómo.


CORTE COMERCIAL










Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor
esta obsesión, que me quita el su-e--eño
es la señal de que estoy ya
enferma de amor

Hábilmente el Maese Culeyo tomó con la mano izquierda el borde inferior de la falda de Doña Mari y lo levantó hasta la altura de la cintura. Doña Mari, por alguna razón no explicada para esta telenovela, no traía calzón, de modo que, sin bien ella no es una reina, podía contemplarse que es poseedora (o se que tiene) un muy buen culo (o sea que para ser una reina hace falta más que tener buen culo). No obstante, Doña Mari siguió echando tortilla. Con delicadeza, pero también con firmeza el Maese Culeyo procedió a explicarle las artes del boliche y para ello le introdujo los de dulce de la mano derecha como un campeón hace con su bolo de la suerte.

—Sire, Doña. Ahí en el boliche hay unas madres redondas de color negro. Para agarrar una se le hace así… y para cargarla le hace así… y se la trae cargando así para que no se le rompan los dedos… y luego se tiene que aventar p or el piso… pero para eso tiene que agarrar vuelo y le hace así… pero el chiste es que vaya con efecto y se le hace así… si quiere que vaya para un lado, le hace el efecto para este lado así… y si quiere que vaya para el otro, le hace así…

Mientras tanto se oía esa rola de

aaaahhhh, si tu cuerpo, si tu risa, si ese tiempo pudiera volver, si tu cuerpo, si tu risa, los pudiera tener otra vez

Y como buen maestro don Paulo continuaba explicando la lección con los recursos didácticos digitales más avanzados. Y Doña Mari echaba y echaba tortilla.

—Sire, doña. Nomás que las bolas de boliche tienen tres hoyos, pero para que me entienda le voy a explicar nomás en este cómo es la onda de los efectos. Haga de cuenta que esto en un solo hoyo, se hace en la bola de boliche en los tres…

—¿Ah, sí? —fue lo único que respondió Doña Mari.

No te puedes ir, no debes volar, no dejes caeeer en mí, a la soledad…

El Maese siguió atendiendo a su vocación pedagógica cuando en plena l ección pasó por ahí Un Güey que Iba Pasando por Ahí, quien se detuvo a ver la acción. Ese güey, de inmediato se mordió el labio inferior, y con la sabiduría propia de un intelectual exclamó como si en ello se le fuese la vida:

—¡Mmmmmmhhhhhh!

Y luego ese Güey que Iba Pasando por Ahí se fue a hacer güey a otro lado con la ubicuidad que le caracteriza.


CORTE COMERCIAL






Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor
esta obsesión, que me quita el sue-e-eño
es la señal de que estoy ya
enferma de amor
Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor


En camino al cajero, la Yenifer llegó a un crucero donde ningún coche le cedía el paso para atravesar, posiblemente por no ser una reina y posiblemente por estar debajo de un puente peatonal.

Frente a ella pasó velozmente un camión materialista cargado de ñeros.

—¡Te bajo la regla a chupetoneeees! —le gritó un ñero.

—¡Te lo mamoooo! —le gritó otro ñero.

—¡Te meto mi pitoteeeee! —le gritó un ñero más.

De inemdiato, la Yenifer respondió a los ñeros:

—¡Síííííí! ¡No se vayaaaaan, putoooooos!

Y luego puso la boca trompuda como si las mandara beso a esos ñeros.

La Yenifer cruzó como china en Beijing y siguió su camino hasta llegar al cajero. De cinco pinches cajeros, nada más servía uno y había un chingo de cola (de fila). Tal como aprendió en su clase de Administración del Tiempo Libre, aprovechó para mandar mensajitos con su celu y a jugar pendejaditas. Cuando llegó su turno solicitó “$4,000.00”, pero el cajero no se los concedio. Ella exclamó: “¡Chale!”. Intentó entonces con “$3,500.00” y… el resultado fue positivo. La pantalla le mostró un saldo de “$164.00”, por lo que exlcamó: “puta madre”, mientras los encabronados en la fila la veían con cara de “ya vete a chingar a tu madre”.

De regreso, la Yenifer iba en el camino muy pinche sacada de onda y encabronada. Al llegar a la cuadra de la fonda de Doña Mari, encontró que la calle estaba cerrada. Una pinche patrulla cerraba el paso a los coches y unos pinches polis impedían el paso de los peatones. Los automovilistas, sumamente encabronados, repetían incesantemente cinco tonos de mentada de madre con el adminículo sonoro de sus respectivos vehículos.

Entonces un poli, o sea El Poli, o sea, el galán de esta telenovela, le dijo a la Yenifer:

—No puede pasar, señorita…

Hasta entre los pliegues de la almohada
cada noche me viene a buscar

Esta obsesión, que no compre-e-endo
Me pone mal
estoy simplemente enferma de amor
esta obsesión, que me quita el sue-e-eño
es la señal de que estoy ya
enferma de amor

Esta obsesión, que no compre-e-endo
me pone mal
estoy simplemente enferma de amor
esta obsesión, que me quita el sue-e-eño
es la señal de que estoy ya
enferma de amor











The lovely bones



No sólo en el cine los traductores hacen de las suyas. The lovely bones es una novela que debes leer y puedes encontrar en algunas librerías (no en Campeche, desde luego) bajo el título Desde mi cielo.




Alice Sebold es la responsable de esta pequeña joya. Fue su primera novela. La publicó en el 2002 y fue un éxito inmediato.




The lovely bones es la historia de una chica de 14 años llamada Susie Salmon. Una adolescente con una vida americana normal. Padres jóvenes. Dos hermanos menores. Un perro. Una abuela. Un chico que estaba enamorado de ella. Un vecindario apacible para vivir y crecer. En fin, una vida como cualquier otra de no ser porque un día de invierno, regresando a casa del colegio, su vecino, George Harvey, decide acompañarla en su caminata para luego violarla, asesinarla, descuartizarla y enterrar sus restos en un terreno baldío frente a su colegio.

Tranquilos, que no cunda el pánico. Todo esto ocurre en las primeras páginas. No les he arruinado nada. La historia es increíble, llena de personajes entrañables. Una novela de amor verdadero pese al horror que leyeron líneas arriba.

Susie se va al Cielo (lugar muy merecido pues fue una buena chica) desde donde observa cómo su familia sobrelleva su horrible asesinato. Los traumas y obsesión de su padre por encontrar al asesino; la dudas que asaltan a su mamá en cuanto su matrimonio por haber dejado todos esos sueños de juventud para convertirse en una madre modelo; el despertar a la adolescencia de su guapa hermana Lindsay; el sexto sentido que despierta en su pequeño hermanito Buckley; la mirada triste de su perro Holiday; la vida que llevan Ray Singh y Clarissa, únicos amigos de la escuela que se resisten a olvidarla; los avances y retrocesos del detective Len Fenerman en el caso de su homicidio; la vida de Lyn, su adorable abuela alcohólica; y finalmente la vida que lleva su asesino, George Harvey, el apacible vecino de los Salmon.

Una novela que al terminar de leerla sentirás que se te marca en el alma como un tatuaje. Imagino que el tatuaje del genial Peter Jackson (el gordo que dirigió la saga de El Señor de los Anillos) fue enorme porque en este 2009 estrena la película basada en The lovely bones protagonizada por Mark Wahlberg, Rachel Weisz y Susan Sarandon.





Aquí puedes ver parte del rodaje de la película, es decir, a todos los pueblerinos de Royersford, Pennsylvania, dando su opinión de la película.


Contra las cuerdas


La opinión generalizada que he leído sobre The Wrestler es que la interpretación de Mickey Rourke no sólo representa una de las actuaciones mayores del año pasado sino que termina siendo la película. Un guión en apariencia plano, apenas un par de frases memorables, la historia de una hija que no termina de encajar del todo. Con esas deficiencias, parecía que Rourke salva el filme del mismo modo que el personaje de “El Carnero” Robison ha salvado a Rourke (lo ha puesto bajo los reflectores de un modo que no hizo ni siquiera Sin City).


Pero yo no voy a hablar de Mickey Rourke. Es decir, no voy a destacar ninguna virtud de los actores de la cinta. Nada de elogiar la mirada de Rourke, la mirada de Tomei, de cómo dan perfecta sustancia a personajes que tienen prohibido envejecer, llámese luchador, llámese striper. De sus certeros puñetazos al abdomen del espectador y de cómo la sangre de Rourke hace algo más que salpicarnos. Dejemos eso para otra función, posiblemente para otros comentaristas.


Quiero hablar del Darren Aronofsky.


Este señor ha hecho algo eso que pocos directores talentosos están dispuestos a hacer: pasar inadvertidos. ¿Que la película es simple? La vida lo es (lean sus propios diarios personales y si no tienen, consideren eso una confirmación en sí). El auténtico milagro de The Wrestler está en los detalles, en el minucioso marcaje personal al que está sometido “El Carnero” Robison. ¿Por qué detenerse más en el cuerpo del luchador que en el de su contraparte, la striper cuarentona Pam-Cassidy? ¿Qué dibuja mejor el fracaso de Randy ante el mundo: su cuerpo agotado tras el combate o las dificultades que tiene para quitarse el pantalón antes de broncearse?


The Wrestler es un meticuloso seguimiento de una vida marcada por las deudas, la soledad, la memoria (¿cuándo en la pizarra de corcho de nuestra vida ocuparon más espacio los recortes que los post its, cuando hubo más nostalgia que planes?). “Un luchador en el ocaso de su carrera” resulta quizás la frase más simple para describir esta película. The Wrestler es un retrato a detalle de un cuerpo, entendido como el mapa pormenorizado de lo que hemos sido. Sobre cómo sobrevivir a él y cómo demolerlo a base de ilusiones.


Aronofsky sabe que un close up sobre la nalga desnuda del luchador -en el preciso instante en que una aguja la penetra- dice tanto como la frase final. Sabe que nada pinta con mayor precisión el desamparo que un guerrero intentando bañarse con una gasa en el pecho. ¿Por qué? Porque no hay épica en eso. Porque no hay heroísmo en luchar contra el propio cuerpo, ni victoria suficiente en seguir las instrucciones del médico.


La verdadera tragedia de “El Carnero” no está en si puede seguir luchando o no, sino en la incapacidad de huir por completo de la cotidianidad, del tránsito sin sobresaltos de los años, se diría que de la vida sin adrenalina. En el fondo duele más verlo atender un supermercado que recibiendo patadas arriba de un ring. Y aunque no pueda ya, “El Carnero” insiste en luchar, porque para el éxtasis de vivir –no confundir con la vida, por favor- no existe rehabilitación posible.


¿Una cinta con demasiados minutos en los vestidores? De eso está hecha nuestra biografía. De pasillos, corredores, de un tránsito que no acaba. De arenas pequeñas y un público que enardecería lo mismo por nosotros que por cualquiera. De gente que nos reconforta, de muñecos en el tablero del carro, de cogidas eventuales, decepciones eventuales, la terquedad de buscar el amor ya sea en una bailarina o en nuestros hijos. De abrazos que son llaves, de palmadas que pueden ser lo mismo de agresión, de trámite o de aliento.


El dolor de “El Carnero” es el mismo que el de todos nosotros: no proviene de los golpes, proviene de un mundo que ha dejado de corear tu nombre.




DON PERRO LA CAMPAÑA # 4

VOTA CANINO

domingo, 25 de enero de 2009

sábado, 24 de enero de 2009

DON PERRO LA CAMPAÑA # 3


HECHOS NO LADRIDOS

viernes, 23 de enero de 2009

Nacidos para perder 5




1. Madurar es adquirir conciencia de los riesgos. Ser joven es no tenerla.

2. Madurar es tener miedo. Ser joven es no tenerlo.

3. Madurar es aprender a cuidarse. Ser joven es no hacerlo.

4. Llegar a viejo es haber sobrevivido a los riesgos de la jueventud y haberse vuelto un miedoso, alguien que aprendió a cuidarse y lo hizo bien.

5. Cuidarse es tener miedo permanentemente. No tomar riesgos.

6. Ser joven es no preocuparse por nadie o preocuparse por todo el mundo. Ser maduro es preocuparse sólo por uno mismo y por los propios: por los padres y por los hijos.

7. Ser joven es menospreciar el paso del tiempo. Madurar es darse cuenta de que le queda a uno menos a cada instante y pasa cada momento más rápido.

8. Madurar es ponerse solemne a escribir pendejadas como estas. (¡Qué asco!)

Duda



Se que no debo escribir sobre una película minutos después de haberla visto. Por lo general dejó que trascurran varias horas (mismas que aprovecho para dormir), o incluso días.

Haciendo una excepción el día de hoy, me arrojo al teclado para escribir lo siguiente:




Philip Seymour Hoffman es mi actor preferido. Un gordo muy parecido a mi padrino (cuando era joven), que cada que lo veo en pantalla me alucina, me hace feliz y me hace saber con una certeza absoluta que el cine es el arte que más me gusta; incluso cuando Philip interpretó al villano en Misión Imposible III y/o al doctor rival de Patch Adams en esa pésima película llamada Patch Adams.




Meryl Streep por unanimidad es la mejor actriz viva. Es una buenaza. Incluso cuando sale cantando y/o comportándose como una vieja ridícula meneando las caderas so pena de romperse la pelvis en Mamma Mia!




Amy Adams es una actriz formidable. Maravillosa. Una princesa de cuentos de hadas. La madre de mis hijos, si pudiera convencerla de que no soy un patético perdedor y un bueno para nada que finge ganarse la vida escribiendo.




Viola Davis es una negra que aparecía de extra y en papeluchos para series la televisión y cine hasta que empezó a actuar en una obra de teatro llamada Doubt: A Parable donde sospecho actúa como la mejor actriz del universo tal cual lo hizo en la película Dobut (adaptación de la obra de teatro).




John Patrick Shanley es un señor que escribió en el 2004 una obra de teatro llamada Doubt: A Parable. Misma que en el 2005 ganó todos los premios. Y cuando uno dice TODOS los premios, quiere decir que en efecto, los ganó todos, o sea, el Pulitzer, el Tony, el Lucille Loret, el Drama Critic Circle, el Obie y el Drama Desk.




Doubt (puede que aún siga bajo los influjos de esta obra maestra) es la mejor película del 2008. Y la Academia igual lo cree, aunque a medias, porque no la nominó a Mejor película del Año, pero sí nominó a todas las personalidades que aparecen arriba de estas líneas.

Dobut cuenta la historia dentro de una escuela católica a mediados de los años sesentas. En ella habita el sacerdote Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman), un tipo bonachón, amigo de los niños y un maestro de los sermones en misa.

Todo parece estar en su sitio, hasta que ocurre lo que siempre ocurre en las escuelas católicas, es decir, un día las cosas se tuercen cuando la encantadora e ingenua hermana James (Amy Adams) sospecha que uno de sus alumnos (un negrito, el hijo de Mrs Millers -Viola Davis-) posiblemente fue abusado sexualmente por el padre Flynn.




La hermana James le revela sus sospechas a la madre superiora Aloysius Beauvier (Meryl Streep), quien de inmediato confronta al sacerdote amigo de todos los niños y le exige una explicación del porqué demonios se encerró en su despacho con un alumno que al regresar a su salón tenía aliento alcohólico.

¿Será que el adorable padre Flynn es un sucio pederasta como los miles de sucios pederastas que pululan en la iglesia católica?




Leamos con atención uno de sus sermones dominicales:


Una mujer estaba chismorreando con una amiga sobre un hombre que apenas conocía. Sé que ninguna de las presentes ha hecho esto. En la noche ella tuvo un sueño. Una gran mano apareció sobre ella y la señaló. Inmediatamente se sintió invadida por una abrumada sensación de culpa. Al día siguiente fue a confesarse. Fue con el viejo párroco, Padre O´Rourke. Le contó toda la historia. “Es el chisme un pecado”, le preguntó al anciano. “¿Esa era la mano del Señor Todopoderoso la que me señalaba?”. “¿Debería pedirle mi absolución Padre?”. “Dígame, ¿hice algo malo?”. “¡Sí!”, le respondió el Padre O´Rourke. “¡Sí! ¡Ignorante y malcriada mujer!”. “¡Has levantado falso testimonio contra tus vecinos¡”. “Has jugado livianamente con su reputación y deberías estar profundamente avergonzada”. Entonces, la mujer dijo que lo sentía, y pidió perdón. “¡No tan rápido!”, dijo O´Rourke. “Quiero que vaya a su casa, pongas una almohada sobre su techo, cortes la almohada con un cuchillo y regresa a verme”. Así que la mujer volvió a su casa, agarró una almohada de su cama, tomó un cuchillo de su cocina, subió al techo con una escalera y apuñaló la almohada. Y volvió a la parroquia como el sacerdote le había instruido. “¿Destripó la almohada con un cuchillo?”, dijo él. “Sí, Padre”. “¿Y cuál fue el resultado?”. “¿Plumas?”, dijo ella. “Plumas”, él repitió. “Plumas por todos lados, Padre”. “Ahora quiero que vuelva y recoja hasta la última pluma que voló con el viento”. “Bueno…”, dijo ella, “Eso es imposible, no sé adonde fueron, el viento las desparramó”. “¡Y eso…!”, dijo el Padre O´Rourke, “¡Es el chisme!”.



No se queden con la duda, vean la película. Una maravilla.



Si tienes curiosidad de ver la obra de teatro, da clic aquí.


DON PERRO LA CAMPAÑA # 2

jueves, 22 de enero de 2009

El extraño resplandor de la inocencia IV

Reprise


Uno confía en sí mismo. Dudar de su existencia o de sus actos es una forma de compromiso con su existencia. No hay marcha atrás. La razón y la madurez son cómplices del entendimiento. Uno se llega a dar cuenta de que el tiempo es un mero estado de ánimo. De ahí no hay escapatoria. La vida es como una una maraña que vamos desenredando y a veces llegamos hasta el final y vemos todo con claridad, pero hay otras marañas por desenredar que no nos da tiempo de contemplar dicha claridad.


Nuestros amigos son pasajeros del mismo camión, uno no los elige, uno se sienta y viaja con ellos, y están ahí porque coincidieron en un mismo viaje, en un mismo destino, con la misma hora de salida, y al final, cuando llegan a su destino común, cada quien jala por un camino diferente. Pero aunque uno no elige los compañeros de viaje, uno sí puede elegir el compañero con quien va a pasar las horas de viaje. Uno puede hablar con su compañero o no dirigirle la palabra o la vista. Uno puede platicar de cosas vagas o de cosas personales, no importa, porque sabemos que todo se perderá cuando lleguen. Uno no sabe si esa será la última plática de su compañero de viaje, o de uno mismo, o de ambos. Se puede tener la confianza y hablar de cosas que jamás ha hablado con otra persona, pues el poder que ejerce el anonimato nos seduce y nos ofrece confianza.


Así son las relaciones humanas, tan azarosas, tan peculiares, que nunca llegamos a saber a ciencia cierta qué es lo que somos. Conforme más viejos somos, más escurridizo se nos hace el tiempo. Tal vez corre por nuestra odiosa ambición de cogerlo y en esa persecución se nos va nuestra vida.


Cuando somos niños no sabemos del tiempo, no nos provoca tenerlo, es más, a veces queremos que corra. Tal vez por esos anhelos de niño, por forzarlo a que pase rápido, de grandes, nuestro reloj avanza presuroso, como si algo lo hubiera desatascado y fluyera con rapidez. Por eso el tiempo es un estado más de ánimo.


Así era en la preparatoria. Era mi tercer viaje. Todos se perderían al final del camino. Todos mis compañeros se irían a otros viajes, así como se fueron los de la primaria y la secundaria. Sólo coincidimos algunos pocos en el mismo camión, y tal vez, en este viaje los perdería a todos, hasta a Gina, mi compañera de viaje. Así me sentí en preparatoria, pero no lo noté con tanta claridad como lo hago ahora. Por eso, ahora rememoro con algo de dolor, porque añoro eso, extraño aquellas clases que me eran tan odiosas y que me llenaron de tantas alegrías.


Un amigo, del que siempre tuve su admiración ya que pudo ver en mí ese carácter de fabulador (el primero y al que más estime), me preguntó qué era para mí el tiempo. Yo no supe contestarle, sólo divague unas frases para vanagloriarme de mi ego(como tal vez ahora lo hago). Manuel, que pudo notar mi ignorancia me preguntó qué era para mí la vida. Eso fue más misterioso. Con el tiempo podía divagar, pero con la vida me encontraba con un monstruo gigante salido del mar, en donde uno no puede identificar dónde empieza su cabeza y donde termina sus extremidades. Sólo titubeé y al final no supe qué decir. Manuel creía que yo era un prodigio, por eso me preguntaba tales cosas que sólo se le pregunta a un filósofo (tal vez eso explique la estima que le tengo). Dicha creencia vino porque supo de mis escuetas cualidades literarias por un hecho un poco excéntrico. Yo estaba afiebrado por la obra de Edgar Allan Poe. Me leí tantos libros de “Narraciones Extraordinarias” para leer todos los cuentos posibles de este autor. Un día le confesé a mi amigo, mi admiración por Poe y le pasé una copia de un cuento: El gato negro; tenía que ser ese por iniciación, si le gustaba, le facilitaría el resto de las copias. Lo leyó y para mi sorpresa, compartió dicha fascinación. Entonces le facilité el resto de copias, y entre ellas, escabullí uno de mis primeros cuentos. Los leyó todos. Yo le dije que todos los cuentos eran de Poe y que eran de los que más me gustaban, y el los tomó sin saber que dicha lista estaba adulterada.


A la otra semana, el lunes, llegué al salón con el arrebato de saber qué le había parecido aquellos cuentos, pero más, por el mío. Él llegó y me confesó que le había gustado mucho “El corazón delator”, “Los Anteojos”, pero que sus favoritos eran “El escarabajo de oro, “El pozo y el péndulo” y “A una persona inferior”, siendo el último, el de mi autoría. Sentí un nudo en mi garganta. Le pregunté si en verdad le había gustado el último, y me dijo que sí, que le había fascinado. A la hora de la salida no pude contenerme y le confesé la verdad. Le dije que “ A una persona inferior” era mío, que yo la había escrito. Nunca voy a olvidar esos ojos de sorpresa que noté en su cara. Esos ojos tan abiertos que demostraron, después, esa admiración volátil que da la juventud. Me inquirió con felicitaciones y con alientos dispares. En ese momento supe que mi vocación era la de escritor.


Hoy en día leo ese cuento y sólo encuentro la excentricidad de un barroquismo exasperado. Además del morbo que desataba las provocaciones de Poe. Existen la muerte y el inconciente anhelo del asesinato atroz. La monstruosidad y la bellaquería sin sentido. Es un cuento que me abochorna, pero que no me avergüenza, porque en su tiempo, me brindó la posibilidad de abrazar esta amante flamígera que es la literatura.


Uno pasa más tiempo con sus amigos, con sus problemas y sus risas, con sus necesidades y con sus virtudes, y por eso conserva dichas memorias tan nítidas en la cabeza. Les tiene un aprecio profundo a aquellos personajes que fuimos y aquellos que nos rodearon. Es triste saber que las cosas que se vivieron no podrán regresar, y sólo le queda la resignación de evocarlas en el recuerdo.


Por eso, con la experiencia y la serenidad que me da la edad, hoy le puedo contestar esas preguntas que mi amigo me hizo hace ya algunos años. Sobre el tiempo le podría decir lo mismo de aquella vez, sólo que con más prudencia y elocuencia, porque ya la transformamos en ciencia; pero sobre la vida, le diría que son un conjunto de excusas y momentos; de acciones y especulaciones; de recuerdos y suspiros; de saberse que el tiempo es un sutil carácter de la vida y que hay que saber vivir con esa actitud. Que en el camino, uno se subirá a infinidad de camiones, y que al final, uno no sabrá en qué estación se bajará.



5


Estaba contento. En el salón y contento. Ella a mi lado, a mi izquierda. Parecíamos una pareja. Ya estaba todo dicho y nadie lo sabía. Quizá eso fue lo que me alegraba tanto, esas declaraciones fugitivas, que nadie sabía más que yo y Gina. De vez en cuando nos veíamos y sonreíamos.


“Ale, ¿vas a jugar al rato, cuando salgamos?” me preguntó Cristian. “Pues a la salida” le contesté. “Somos nosotros contra los del A. El clásico, ya sabes. El que pierda paga los jugos”. “Puta, pero no tengo dinero.”le dije. “Yo tampoco.” me dijo y sonrió, porque había seguridad de ganarle a uno de los mejores equipos de la preparatoria. “Ah, claro. Tienes razón” le dije y sonreí. Después de que se fue, Gina me dio un jaloncito para decirme algo en secreto y en voz baja, misma reacción que contesté con un acercamiento de mi oído a sus labios “Alex, si no tienes dinero para la apuesta, yo te doy” y vi su cara con una marcada preocupación. Como aquella que nos brinda un amigo o familiar cuando nos quiere ayudar en un problema. Sonreí y lancé una risa corta pero sonora; “en serio, si no tienes, yo te presto” y la amé más. “No, Gina, no te preocupes, no vamos a perder. Además es broma, sí tenemos. No te preocupes, amor…” y sus ojos se sorprendieron, y después los míos. Había soltado esa expresión sin querer. A lado de nosotros había pájaros en el alambre. Había amigos parados frente a nosotros. Nos quedamos viéndonos el uno al otro, con ojos sorprendidos. No queríamos voltear a ver a nuestro alrededor. No queríamos ver la cara de sorpresa de los chismosos que nos pudieron escuchar. Tomé valor y volteé rápido, y noté que no había nadie. Gina me seguía viendo con esos ojos. Volví a dar un escaneo y noté que todos estaban hablando por su parte y no habían escuchado esa expresión que nos delataba. Me acerqué a su rostro y le dije “No nos escuchó nadie”. Ella parpadeó y volteó con sutileza a su izquierda. Vio que nadie la había escuchado y se soltó. Nos reímos. Y eso me dio tiempo en razonar en lo que había dicho. Nunca pensé en decirle “Amor” a Gina. “Jamás de los Jamases” diría mi hermanita. Me sorprendió mi reacción. Quizá su origen es por las ganas de tenerla para mí, de ser pareja de esa mujer que tanto me hacía sentir. Fue como “una reacción de amarre” diría mi Tío Carlos.


“No hay de qué preocuparse…Amorcito” me dijo y nos reímos. Nadie nos podía escuchar. “¿Quieres que te acompañe a la cancha?” me dijo con una sonrisa, yo le contesté “No creo que puedas, te vienen a buscar ¿no?” le dije, ya que su novio Xavier la iba a buscar para llevarla a su casa. Y ella cambió su risa en una pequeña seriedad. “A las gradas” me dijo y yo “¿hoy no te viene a buscar?” dije con una risa forzada. No podía entender el porqué de su cambio de expresión. “A las gradas…” y se agarró rápido su pecho izquierdo. No entendí, hasta que ella movía la cabeza de abajo hacia arriba, como cuando los papás les toman el dictado a sus hijos y quisieran sacarle la respuesta. “¡Ahhh!, ya entendí. Jaja, perdón” y ella sonrió con un poco de hastío. “¿Ya te olvidaste rápido?” me dijo un poco ofuscada, “¡no, no, no, no, no, no! ¿cómo crees? No, jamás. Es que soy un idiota que no agarra las bromas. Perdóname.” “Ok.” Me dijo, pero notaba que se sentía un poco ofendida. “Perdóname, Gina, en serio. No agarré la broma”. No sé porque, pero siempre he sentido que cuando uno dice “Lo siento”, en vez causar cierta lástima, las mujeres lo toman como una oportunidad para molestarse más. Estoy seguro que si no me hubiera disculpado de forma tan vehemente, no le hubiera causado su primera molestia. Que tampoco fue para tanto.


Después de haberle dicho que “Lo siento” ella miró hacia al frente. Sentí morirme. Era la primera vez que me mostraba ese monstruoso sentimiento que era la molestia. Era la primera vez que notaba su rostro volverse serio, fruncido. Era una cara dirigida a mi persona. Me sentí como un gato dentro de una caja enorme del cual no puede salir. “Perdóname, por favor”, era patético, pero no tenía conciencia sobre mis actos. Hoy me veo de lejos y me doy lástima. Pero en ese momento buscaba la forma para que eliminara todo rastro de molestia que me hiriera. No sabía qué hacer. Estaba desesperado y no lo podía demostrar tal cual, pues todos me verían y sospecharían. Era como el mismo gato, dentro de una caja y que sabe que afuera de la caja hay hombres que esperan a que salga para matarlo a palos.

Qué podía hacer, sentía que a cada momento, mi corazón se apachurraba. Sentía como si el amor que ella me tenía, como si aquel “Yo también, Alex” se desinflara cual globo. Me sentí en peligro de extinción. Suena absurdo, pero esas palabras son las que me describían. Así que agarré mi libreta, la abrí por detrás y le escribí “Lo siento, amor. Te amo y no quiero que se devalúe nuestro amor. Necesito que me veas y me sonrías, te necesito para estar centrado” fueron unas pequeñas palabras que no tenían ningún valor estético. Eran palabras sinceras. Pero al dárselas y leerlas, sus ojos se tornaron cariñosos. “¿En serio me necesitas?”, me preguntó, “Siempre” le contesté; “Yo también te necesito” me dijo en el mismo tono de susurro que las demás frases que nos habíamos dado, y agarró mi mano. Tiempo después, me dijo que fueron algunas palabras las que le habían conmovido “Devalúe”, “Nuestro amor” seguido, y “centrado”; al preguntarle el porqué de esas palabras tan antiestéticas me dijo “es que son peculiares. Diferentes a las que me han dicho. Y son honestas. Son iguales a ti”. Me sentí desprotegido cuando me lo confesó.


“Te voy a acompañar un rato” me dijo cuando acomodamos nuestras cosas para salir del salón. “¡Vamos a la cancha!” me dijo Manuel. “Ahorita te alcanzo” le dije y me vio y vio a Gina, y después, sonrió, “Ok. Ahí te veo.” Seguramente sospecha, pensé. Ya me preguntará luego, volví a pensar. “¿¡En serio!?” recordé lo que me había dicho Gina, “Claro, es temprano y Xavier pasa media hora después de que salimos. Así te echo porras. Y te doy un besito si necesitas fuerzas”. “Esta vez, me dejaré ganar para tener ese beso” le dije, “Síííííííií. Cómo no” me respondió con una expresión irónica exagerada.


Bajamos las escaleras mientras jugábamos con nuestras manos, pues yo quería bajar tomados de la mano, y ella se rehusaba. Era un juego y nos reíamos, pues sabíamos que no podíamos hacer esa osadía. Era una osadía para nosotros y nos burlábamos de ello.


Llegamos a la cancha y ya me estaban esperando “Coño, cómo tardas” me gritó Cristian apenas me vio doblar. “Es que se me atoró el bulto” y Gina y yo reímos por lo morboso que sonó esa expresión. “Ven ya, carajo, que sólo tú faltas”, me dijo y yo me quité el bulto y Gina lo tomó “yo lo llevo. Tú córrele…suerte” escuché a Gina decirme bajito mientras corría hacia la cancha. Volteé y le mandé un beso, sin que nadie me viera. Me sentí como en una película romántica.


Entré a la cancha y ya estaba Manuel en el centro, con el balón de futbol en posición de saque. Me lo pasó y yo se lo dí a Cristian. No pude meterme de lleno porque estaba viendo dónde se sentaba Gina.


El balón me llegó y yo quise dar un pase largo, pero salió muy fuerte y se fue de la cancha. Era una pequeña pifia y me sentí comprometido a demostrarle a mi amada de lo que estoy hecho. Desde ese momento, sentí una obligación. Sentí que estaba a prueba. Sonreí cuando recordé que algunos animales demuestran sus habilidades y su fiereza, para conseguir a su hembra. Era un animal dispuesto a llevarme a Gina como premio.


En un momento, sentí que podía hacer una jugada que sorprendiera a Gina, que en su vida había visto un partido de Futbol. Eso me facilitaba las cosas, porque cada jugada correcta sería una calificación sobrevalorada. Me llegó el balón por el lado derecho. Estaba a tres metros de media cancha; “El perro”, alumno del “A”, salió con la afrenta de quitarme el balón. Cristian me gritó un pase flotado, que aunque era mucho más chaparro que los demás, tenía un resorte impresionante. De verdad impresionante. Así que amagué un centro. Sabía que “Perro” no tenía una pierna izquierda tan fuerte, y descuidaba ese lado. Así que hice como si le pateara a la pelota para meter el centro, pero mi pierna siguió el trayecto de una patada, pero sin rozar el balón. “El perro” se movió a su derecha, pero luego notó que fue una finta y volvió a su postura original, pero era demasiado tarde. Al regresar mi pierna izquierda a su posición original, me puse de lado derecho, como si quisiera pasar por un pasillo estrecho, y rápido, con el talón de la misma pierna izquierda, golpee el balón y pasó por la parte izquierda de “Perro”. Yo arranqué a correr y me lo quité en un segundo. De pronto, Lalo, el más hábil del grupo “A”, salió y me enfrentó. El balón estaba un poco adelantado, cerca de él, y parecía que yo llegaría muy apretado, y por ende, Lalo, me taponaría el balón. Aceleré más, llegué al balón, y como saben que soy zurdísimo, hice la finta de “quebrar” a mi izquierda, pero fue un amague y me pasé el balón a la derecha, eso me dejó espacio para intentar un disparo a la portería. Pero mi derecha no tiene tanta fuerza como la zurda, así que le pegué con todo el rencor que pudiera tener, y salió un disparo violentísimo, que “Cejón”, el portero, no pudo detener. Fue uno de mis pocos goles que hice con la derecha. Fue un gol con causa, que era el de incrementar el amor que me tenía Gina. Vi hacia las gradas y noté que me aplaudía con una sonrisa bellísima que me cegó del partido. Era el 3-1 que nos daba una ventaja algo holgada.


Las reglas eran las siguientes. Eran dos retas, el primero que llegara a 5 goles, ganaba una reta. Pero la ventaja tenía que ser de dos goles, es por eso que si el partido llegaba a un empate de 4-4, el equipo tenía que meter dos más sin recibir ningún gol, y terminar 6-4, y si el otro metía el quinto gol (5-5) subía a 7. Se tenía que ganar con 2 goles de diferencia. Si ambos equipos ganaban una reta respectivamente, se tomaba la diferencia de goles, es decir, si mi grupo ganaba 5-1 y perdía la otra 5-3, mi equipo ganaba porque el total sería 8-6. Si se persistía el empate, incluso en la suma de goles, se hacía otra reta de desempate.


Íbamos ganando 3-1, y yo había metido un gol. El ver a Gina ahí observándome, me obligaba a ser mejor en la cancha. De pronto, tuve una oportunidad y metí un disparo de izquierda, fuerte, cruzado, y le dí la ventaja a mi equipo de 4-1 “Ya tenemos los refrescos. Vamos por las tapitas” dijo Manuel a todos, como burlándose del “A”. “Es chance” recriminó Lalo, “hay va lo bueno. ¿Con esa ventaja les da? Porque ahora va en serio” nos dijo en tono de broma, y reímos. Pero al sacar, se llevó a tres de nosotros, incluyéndome, y colocó el balón en el ángulo superior derecho de nuestra portería. Fue una jugada veloz, con un gol bonito, que me bajó de esa nube espesa en la que estaba. 4-2, y peligraba la apuesta.


Le dije a Cristian al oído “ahorita me pasas el balón y corres a la portería. Voy ha hacer como que espero a que me presionen, y cuando se acerquen, te tiro un centro largo ¿ok?”, me vio y rió “Sale”. Cristian era, por mucho, el mejor jugador que teníamos. Yo no era más que un simple jugador cumplidor, pero ese día estaba inspirado. Me dio el balón y corrió. El equipo contrario se quedó a la expectativa, pues el movimiento de Cristian, los alertaba. Yo retuve el balón. Sólo caminé un poco. Sergio me pedía la pelota a mi izquierda. Yo volteé pero no le di la pelota. “Paxush” me presionó, y se acercó para quitarme el balón. Yo no me moví. Cuando vi un espacio, le tiré un centro a Cristian. Era un poco alto, pero con buena dirección. Cristian pegó un salto y la cabeceó. “Cejón” ni se movió y el balón entró.


“¡Aguevo!” gritó Manuel. Era la primera reta. Faltaba la segunda y definitiva. Nos fuimos a las gradas a descansar un poco. Estaba completamente sudado. Subí hasta donde estaba Gina, que me aplaudía contenta. “Voy a buscar papel para secarme” dije a mis amigos para que no sospecharan de nosotros. “Bien jugado” me dijo Gina. “Gracias” le dije “¡Quieres agua!” me gritó Cristian. “Sí, tráeme una, please”, “¿no quieres algo?” le pregunté a Gina, “No. Estuviste muy bien. Sí que sabes jugar.” me dijo. “No, fue suerte” mostrando humildad ante mi limitada habilidad para el fútbol. “Oye, alex, ya me tengo que ir. Ya debe estar Xavier en la entrada.” Me dijo y yo asentí con un pequeño pesar. “Ok. Nos vemos mañana ¿sale?”, le dije. “Sí, pero ¿no me vas a dar un beso de despedida?” me dijo bajito. “Pero nos van a ver” le dije. “Pero aquí no, tonto. En las escaleras”. Y nos fuimos. “Ahorita vengo, voy al baño” les dije a mis amigos, que ni me escucharon. Llegamos a las escaleras y ya estaba algo oscuro. Eran las 8 pm y no había nadie en los salones. “Estoy sudado y apestoso” le dije “te voy a embarrar mi sudor y mi olor”. “Eso estaría muy rico” me dijo y me abrazó. Me sentí incomodo, porque sabía que ella podría sentir que apestaba. “Me gusta como hueles. Tu sudor con el perfume que te pones me vuelve loca. Me excita mucho.” Y su voz se tornó más sensual. Pude notar, con la poca claridad que me daba una barra de luz del baño, esa cara felina que adquiría cada vez que me hablaba de forma sensual. Me encantaba esa expresión. “Pero te puede oler Xavier”, le dije; “Me vale verga. Que se joda” me contestó. Esas palabras, que para cualquier mujer les parecerían sucias y groseras, era una expresión que le daba cierta sexualidad a la voz de Gina. La besé y la abracé. Ella se dejó abrazar. Estábamos en un rincón de la escalera. Ella estaba apoyada a la pared.


De pronto, sentí su pierna derecha abrazar mi pierna izquierda. Sentí su muslo caliente alrededor de mi cadera. Yo, que estaba agitado, me sentía sin aliento. Sentí que podía morir en ese beso si no tenía algo de aire. Qué mejor manera de morir, pensé. Era lo ideal. Podía oír mi corazón latir, por lo agitado del partido y lo agitado de ese momento. Pegué mi pecho al suyo. Sentí sus senos. Puse mi mano en su cintura. Ella clavó sus dedos en mi cabello. Sentí cómo tenía mojada esa parte de mi nuca. Sentí cómo sus dedos se mojaban de sudor, de mi sudor. Ella quiso besarme el cuello pero yo me alejé un poco, era suficiente. Estaba sudado, sucio, no podía dejar que ella se topara con esa parte, en ese momento. “¿No quieres que te bese?” Me preguntó en tono suave. “No, sí, pero estoy muy sudado y sucio”, “ Te quitaría todo el sudor con mi lengua” y oí cómo sonrió bajito. “No, yo no permitiría eso” le dije. Ella estaba en mi cuello, y yo en su cien. La tomé y la puse de frente a mí, en la penumbra y la besé. Me mordió los labios y yo la lamí. Ella me lamió y lanzó un gemido como un susurro. “Te amo mucho Gina”. “¿mmm?” no me había escuchado. “Te amo mucho” dije un poco más fuerte. “Yo también, Alex. Te amo mucho”.


“Ya es tarde” le dije después de que nos alejamos un poco. “Sí” me dijo “podríamos pasarnos toda la noche besándonos” volvió a decirme mientras se acomodaba la falda-pantalón. “Bueno, amorcito, nos vemos”, me dijo con una sonrisita, mientras bajábamos. “Nos vemos amor” le dije. “Hoy sí que hemos tenido mucho ¿no?” me dijo, y recordé cuán larga me pareció esa tarde. “Vaya que sí” le contesté. “Y pensar que así serán todas las tardes” me dijo contenta. “Sí” contesté contento. Volteó a los lados y me dio un beso fugaz, que no me dio tiempo de reaccionar “Nos vemos, futbolista” y se fue corriendo a la entrada de la preparatoria. Desapareció en un recorte hacia la derecha. No vi a Xavier y me alegré por eso. Era un día que no tenía que acabar mal.


Regresé a la cancha. Jugué bien, metí un gol y ganamos 6-4.