Jon Snow murió y la gente se volvió loca. Estamos tan habituados
(y condicionados) a que las historias deben tener finales felices que no
soportamos la idea de la muerte. Sin ir más lejos, no concebimos posible que en nuestra propia vida
todo salga mal, porque cuando todo sale mal, tenemos la falsa esperanza de que,
mágicamente,
los astros se alinearán, y, al despertar al día siguiente, todo estará resuelto, un nuevo comienzo se expandirá en el horizonte.
Por el bien de la
televisión
(y la educación),
espero que George R. R. Martin le sea fiel a su bandera y no sean ciertas todas
esas teorías
y conjeturas que los fanáticos han vaciado en Internet donde auguran una resurrección de Jon Snow. Si esto llega
a ocurrir, será el
principio del fin. El desmoronamiento de algo mágico, pues, lo maravilloso de Juego de Tronos
es la realidad apabullante de su argumento. Todos los personajes heroicos o que
albergan bondad en sus corazones, invariablemente caen despanzurrados; pero no
sólo
ellos, también
los malvados hasta las entrañas. En pocas palabras, estamos ante una historia que es el
espejo de la historia de la humanidad, narrada con una velocidad abrumadora.
Muchos no lo han notado, pero Martin esta reescribiendo las Sagradas Escrituras, La Iliada y
la Odisea, El Quijote.
La lección que está dejando Juego de Tronos
a la posteridad es que la supervivencia muchas veces va directamente
relacionada con las decisiones que tomamos. Cuando nuestra razón se inclina por la bondad el
desenlace es trágico, y cuando se rige bajo el egoísmo, el odio o la venganza,
también.
Para sobrevivir hay que tomar desiciones políticas, frías y calculadas.
Jon Snow de a
poco, se fue convirtiendo en el prototipo de héroe. Valiente, de buenos sentimientos, guapo. Todo iba
sobre ruedas, incluso cuando tuvo que usar mano dura no dudó en decapitar a la persona que
intentó sabotear
su nombramiento como líder absoluto, por muchas lágrimas y patéticos gimoteos que éste exclamara pidiendo perdón. Entonces cometió el mismo error que su “papá” y su “hermano”. Tomó una decisión basada en un imposible. Le salvó la vida a sus enemigos, a los
hombres que habían matado a los padres, madres, hermanos e hijos del
ejército que lideraba. Quiso creer el absurdo que sus hombres tendrían la misma tolerancia que él guarda en su cabeza y corazón. El resultado era más que obvio.

Y todos se
indignaron. Patalearon. Luego se calmaron y empezaron a fraguar teorías y conjeturas de resurrección. Acéptenlo, Jon Snow está muerto, y por el bien de la
historia, lo mejor es que no se levante en la sexta temporada y empiece a caminar sobre
el agua y a convertir el agua en vino.