
2. El anónimo espía a quien le gusta para masturbarse en secreto. Su única virtud es saber que por su pequeñez, por su miseria humana, no tiene oportunidad alguna de ser correspondido afectiva o sexualmente. Nunca se atreverá siquiera a decirle “me gustas”.
3. El anónimo por su pequeña voluntad, se ha cortado su inútil penecito tal como renuncia a su nombre de perdedor. Su placer es el de atreverse a una hazaña pequeña, muy pequeña, que nunca se atrevería a hacer con su nombre de perdedor o su rostro de enano. Le causa tanto placer como meterse los dedos en el culo.
4. El anónimo por su pequeña voluntad fantasea que tiene algo que perder. Tiene miedo de que su mamá lo sorprenda atreviéndose a ser o a hacer algo que no le permite. Tiene miedo de que su abuelita se decepcione de él. Tiene miedo de conocer un día a su padre o de que los clientes de su madre lo reconozcan.
5. Si incluso las mascotas tienen nombre, el anonimato es la condición más baja de lo humano. Es ser un esclavo eunuco. Delante de sus pares, se alimenta con sus mocos, sus orines y su mierda, pero no está seguro si es más por hambre que por falta de dignidad.
6. Quien renuncia a su nombre voluntariamente, no ha sido capaz de inventarse un alias ni un pseudónimo o, menos, una identidad. Es pequeño tanto por su falta de valor como por su falta de ingenio. Y por su pereza.
7. El anónimo fantasea con que tiene la coartada perfecta para fanfarronear que es lo que no es, que tiene lo que no tiene y hace lo que no hace. Pero nadie le cree. También por eso es pequeño: porque no convence a nadie. Nació para perder.
8. Anónimo es el nombre de dios. No tiene nombre.








