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viernes, 9 de marzo de 2012

El horror de quedarse calvo


Las mujeres viven quejándose de que los hombres solo las miramos de los hombros para abajo.




Cierto, pero los hombres también sufrimos (solo que en silencio) porque las mujeres (y los hombres) nos miran de las cejas para arriba.




Así es, no existe mayor horror en un hombre que empezar a quedarse calvo. No tener pelo es sinónimo de derrota. Es peor que la amputación de una extremidad. Es andar rengo por la vida. Y lo peor, es que no ocurre de la noche a la mañana como lo es perder una pierna en un accidente automovilístico.
Triste consuelo de los hombres es la “moda” de raparse. Nunca seremos Bruce Willis o Vin Diesel o David Beckham (cuando se rapa).
Sé de lo que les hablo. Antes era un hombre de frondosa cabellera.




Ahora todas las mañanas miro más y más pelos sobre la almohada. Los hombres dejamos de vernos a los ojos. Nos miramos las cabezas. Es un ritual (ignoro si moderno). Y lo peor, es que existen diferentes tipos de calvicie, una más penosa que la otra. Por mi parte, mi chica me ha sometido a la humillación de usar toda suerte de tratamientos contra la calvicie.




Y por si la humillación fuera poca, vivimos en el terror incluso por culpa de los medios de comunicación que no logran ponerse de acuerdo respecto a nuestra dolorosa enfermedad.





Por lo pronto, no me ha quedado más remedio que seguir el consejo de Fiera.




Este domingo el suplemento dominical de El Universal se ha compadecido nuevamente de mí y me invitaron a contarles una historia sobre el horror que es quedarse calvo.
Si no pueden esperarse hasta el domingo, acabo de colgar en Pildorita LADO B el backstage de mi primera publicación en Domingo.




viernes, 7 de octubre de 2011

Solo cuando mueres tus palabras tienen sentido


La gente (gente que quiero) dice a mis espaldas (y de frente) que abandone mi carrera de escritor. Que ninguna editorial publicará mi novela. Me dan lástima. Si supieran lo que es tener vocación se callarían de una buena vez la puta boca.


http://youtu.be/6zlHAiddNUY

martes, 15 de marzo de 2011

La horrible Perú




Siendo una persona pobre y poco avezada en materia tecnológica (apenas acabo de descubrir el Google Maps), este nuevo hallazgo me da (o pensé me daría) la posibilidad de llegar a rincones y lugares donde mi exiguo salario me lo impide.

Siempre he soñado que cuando sea un escritor best-seller el primer lugar al que me gustaría ir es a Argentina y luego a Perú. Nada de Europa y lugares donde me hablen en idiomas inentendibles y cuyo acento y entonación pareciera que me están cagoteando (y tal vez me estén cagoteando por ser un indio mexicano) y me orillen a sentarme en la banca de un bonito y lujoso parque a
llorar como un niño perdido.

Me conozco de sobra. Se que no soy un intelectual afrancesado. Un dandy inglés. O un sujeto en busca de sus raíces hispanas. Lo que yo siempre he soñado (en mis sueños siempre soy millonario) es pasear por las calles argentinas, y no porque Borges haya escrito algo sobre las calles de su país (en realidad no sé si escribió sobre las calles argentinas porque no he leído nada de Borges y además está probado que el viejo ciego quiso que lo enterraran a miles de kilómetros de esa gente que se siente parida por Dios). Quiero pasear por las calles argentinas por dos simples razones y en una época en especial. La época tiene que ser en el año 2014 o 2018 o 2022 o 2026 (o sea, en cualquier año mundialista). Las razones son las siguientes: Razón uno: ver si los argentinos en verdad son gente tan apasionada al fútbol como todo mundo dice, y abrazarlos para consolar sus lágrimas cuando los echen en cuartos de final o ponerme la camiseta albiceleste con el número diez y hacerme pasar por uno de ellos cuando levanten la Copa del Mundo porque mi selección, alias, los ratoncitos verdes, ni volviendo a nacer cien veces podré verlos ganar una copa de verdad, o sea, algo que no sea la copa de la Concacaf, alias, la copa de los países subdesarrollados y antillanos que no saben jugar fútbol. Razón dos: verle el culo a las argentinas. Nota: no es lo mismo verle el culo a las argentinas aquí en México (la mayoría trabaja como meseras y/o putas, o sea, paran el culo por que es su trabajo) que en Argentina (allí la redondez y firmeza es algo natural –según me cuentan-, una competencia leal, sana, en libertad de movimiento, culos erguidos y orgullosos que se pavonean para no verse menos contra otros cientos de miles de culos erguidos y orgullosos).





Si no es Argentina es Perú. O si es Argentina luego es Perú. Y lo más seguro es que no vaya a Machu Picchu para horror de todos los que me creen un intelectual interesado en la historia. Si no he visitado algunas ruinas arqueológicas que me quedan a media hora de casa, menos voy a ir a una que me quede en el culo del mundo. Igual y recorto mi cara sonriente en Photoshop y se la pega a un turista parado junto a un llama y la subo al Facebook para que no me critiquen y me llamen ignorante.

Quiero ir a Perú porque tengo una relación cósmica y literaria con ese país. La primera vez que me publicaron en el extranjero fue en un periódico llamado Expreso. La primera vez que tuve un blog fuera de mi país fue en Perú.com. La primera vez que un hombre se enamoró de mí
fue un peruano que me escribía poemas horrendos como su cara, (tal vez) porque le juré por mi santa madre en el latinchat que era yo una argentina aspirante a modelo radicada en México. Y cuando me interesó de verdad la literatura fue gracias a un par de escritores peruanos, traducción: logré terminar un libro en menos de una semana y sin tener que batallar con el sueño.






Una de mis escritores favoritos es el peruano Jaime Bayly, cosa que llevará a la conclusión a algunos intelectuales a decir que precisamente esa es la causa de que yo nunca llegaré a ser un intelectual como ellos. No importa. No soy un hombre rencoroso. Mis lecturas en la juventud de Paulo Coelho me enseñaron a ser un caballero iluminado. Un ser bondadoso.

Jaime Bayly desde su primer libro No se lo digas a nadie despertó en mí la llama viajera por conocer su horrendo país. Y ahora que he terminado de leer su última novela Morirás mañana 1. El escritor sale a matar no pude más que venir corriendo a la computadora para poder ver con los mismos ojos del asesino serial las calles limeñas que lo conducen al hospital para saber cuánto tiempo le queda de vida:


“Son las cinco y media de la tarde y ya comienza a oscurecer y una capa de niebla de lánguidos matices rosados desciende sobre la ciudad, una ciudad que a esta hora, la hora del crepúsculo, parece una fantasmagoría, un gigantesco cementerio de muertos vivientes. Cuatro calles, diez minutos andando, separan mi casa de la clínica Americana. Mi casa está en la esquina de la calle Maúrtua con la calle Vanderghen. Camino por Vanderghen (ya casi es de noche pero no han prendido el alumbrado público) y cruzo Tudela y Varela y avanzo una cuadra, y cuando llego a la esquina de Chochrane (yo estudié en le colegio Markham…), subo una cuadra en dirección a la calle Salazar, y allí se erige esa clínica, la Americana, la Anglo Americana como se llama formalmente, donde siempre me han atendido mis problemas de salud…”.


Pienso: Finalmente conoceré la Lima de los ojos de Bayly, sin embargo, oh, sorpresa, Lima es una ciudad incluso más
subdesarrollada que Campeche. Sus calles y malecón seguirán siendo un misterio para mis ojos.




Ver mapa más grande


Mi teoría (en realidad Lima tiene edificios más altos que el edificio más alto de Campeche) es que en efecto, los peruanos son tan espeluznantes como los describe Bayly, entonces, los de Google Maps (en contubernio con la secretaría de turismo peruana) decidieron no mostrarnos el rostro de su ciudad para que incautos como yo, ahorremos nuestros pocos pesos y tomemos el primer avión a Perú, y así, finalmente nos topemos cara a cara con nuestra fealdad.






lunes, 28 de febrero de 2011

Una confusión carnestolesca


El sábado
Bicho vino de visita a casa de mamá. El motivo: fue invitada por el ayuntamiento de Progreso para conducir el evento de coronación de los reyes del Carnaval.

Para los que no sepan dónde está Progreso, solo les daré una pista: ciudad pesquera de “gente bien”.





Mientras me emborrachaba en el parque (lugar donde se llevó acabo el evento de coronación) en compañía de mi chica y algunos familiares para hacer soportable el infierno de mezclarnos entre un hervidero de gente sudada, mi hermano levantó la mano y señaló un cártel pegado en un quiosco de periódicos.

-Uy, miren que buenas salieron las perroncias –dijo.


miércoles, 10 de septiembre de 2008

Richard Cohen: una repasadita de este gran estudioso.

Pues, retomando el tema de Richard Cohen, que fue toda una revelación el post anterior, y gracias al Anónimo que nos brindó la oportunidad de ver el video cómico de este terapeuta, les propongo los siguientes videos.

Un agradecimiento al anónimo por presentarnos el video (ya ven, por qué no dejan su nombre para que sean venerados por sus fans). El primer video que les pondré es sobre una entrevista que tuvo este terapeuta, que llegará a Mérida, para sanar a los putos del sureste. El programa es Jimmy Kimmel show, y tenía como invitado a George Foreman, y no es que el ex boxeador fuera un puto, no, sino que coincidió en que el programa tuviera a este célebre boxeador y al gurú de la sexualidad.

El video está en inglés, por eso tendré que poner una pequeña explicación, en donde traduzco literalmente, parte de la entrevista, y todo para aquellos ignorantes que no saben ni papa de inglés. Yo, que soy un caballero inglés, les seré su traductor.


http://mx.youtube.com/watch?v=FOTYFXZb_rE


Pues lo que dice es lo siguiente: Dice primero, que él era gay antes, y que se pudo curar. Además dice quela gente no nace gay. La gente es gay por varias razones por ejemplo, los muchachos no están de lado del padre y las muchachas no están de lado de la madre; y en segundo término porque tienen una cercanía muy grande con los padres de su sexo opuesto. Es decir, Camilo Sesto es puto porque creció con su madre, y es más puto porque estaba rodeado de sus hermanas y tías.

Jimmy Kimmel le pregunta “Qué te dice tu familia, ¿no te preguntan si estás enojado con los gays?” una parte muy graciosa. Contesta que para nada.

Kimmel le pregunta cómo toca estos temas con sus hijos y con los estudiantes en las universidades, dice que siempre se ríe y lo hace con humor. “ Te ví en la tv, golpeando una almohada con una raqueta, por qué lo hacías, qué razón tenía”, Richard le pregunta al entrevistador “¿tienes hijos verdad?”y después deja en el aire esa pregunta.

Menciona que estudió el caso de Rosie O'Donnell, y dice que es el típico caso donde uno desata sus deseos homosexuales, como que su vida es tan típica para ser un gay y desate sus puterías. Y el primer punto de por qué Rosie O'Donnell fue gay fue porque no tenía a su madre el tiempo debido porque murió, otra, porque fue abusada sexualmente por un joven (dudamos de este punto), sin experimentar la intimidad y tercero porque ella odia su cuerpo, odia su feminidad y no permite que otros la vean y noten su belleza, porque ella es una mujer bella y Kimmel dice “hay que estar locos para decir eso”.

Después le dice el por qué le preguntó si tenía hijos, porque le pregunta que qué hace cuando sus hijos lloran, y él le responde, “pues les pongo un vestido, como todos lo hacen ¿no?”.
Luego explica lo de la raqueta, y la almohada. Dice que los niños tienen heridas sentimentales, y que el golpear la almohada es una forma de expresar la molestia. Menciona que el músculo del
antebrazo cómo todos los músculos del cuerpo, actúan en el cuerpo como catalizadores de la memoria y que al aplicar enfado o molestia, estos ayudan a que el cuerpo esclarezca los sentimientos.Con esto nos dice que las heridas sentimentales nos confunden a la persona, no dejándoles en claro qué son. Y dice que el tratamiento de la ira es para dejar la ira en su lugar, y que era el momento de confortar y le pide a George, lo deje abrazarlo.

Esto, a grandes razgos es lo que trata su teoría. Perdonen si tengo algún error en la traducción, es que tengo parte de la sangre campechana y eso apendeja el resto de la inglesa.
Pero aquí les traigo el video cómico sobre el mismo tema. Es del canal Comedy Central, canal famoso que nos dio a conocer a South Park y otros grandes shows. El video, no tengo qué traducrilo, porque me da gueva. El video, desgraciadamente tiene un error en el audio, y no está sincronizado. Pero el sketch está de guevos.

http://mx.youtube.com/watch?v=qOXTrU5MMZk


Al final, podemos hacer un último resumen. El guey era puto, y dudo que lo haya dejado. Y los yucatecos son tan pendejos como para traerlo y tratarlo como rey. Pues se nota que en los E.U.no tiene un gran respeto. Me recuerda mucho al escritor Dan Brown, por su entusiasmo de mierda blanca.
Aunque sus teorías están locas, llegan a traumar de la risa. Se nota que no se necesita un cerebro brillante para ser famoso y decirse un estudioso. Tan sólo con tener un poco de viveza, y armar cierto escándalo, tendrás comiendo de tu mano, a un manojo de pendejos, y hasta te invitan a un curso, donde te pagarán una gran suma de billetes de colores, que se transformaran en cientos de billetitos verdes. Punk!

lunes, 23 de junio de 2008

No sabes quién fue



“POR SEVERO QUE SEA UN PADRE JUZGANDO A SU HIJO, NUNCA ES TAN SEVERO COMO UN HIJO JUZGANDO A SU PADRE.”

- Enrique Jardiel Poncela


Uno que es nostálgico de corazón, como era de esperarse, termina por sucumbir a la nostalgia. Ni manera. Es lo que hay. Incluso cayendo (mi memoria impidió que cayera) en la ridiculez de escribir de papá precisamente el Día del Padre, ese día que inventaron los fenicios modernos (al igual que el Día de la Sonrisa, el Día del Borrego Cimarrón, el Día del Fantasma Bubulín, etcétera) para que corramos a sus tiendas a comprar baratija y media para que no se nos ofendan los imbéciles que tienden a ofenderse si no les regalas algo en su día, pues no hay que olvidar que en este mundo tan moderno, el tamaño o costo del presente que uno entrega es sinónimo del cariño y/o afecto que se siente por el festejado.

El punto es que este escrito lo tenía reservado para publicarlo el Día del Padre, pero, ¡oh, sorpresa!, el domingo pasado cuando mi tío (que también es mi padrino, y ha fungido más de la cuenta con la definición de esa hermosa palabra) se me quedó observando raro cuando lo saludé sin el mayor aspaviento para seguir jugando con mi primo Pepe a ver quien era el primero en encontrarle parecido a la mayor cantidad de jugadores de la selección de Turquía de fútbol con amigos y/o conocidos de la infancia y la actualidad, descubrí con horror que el Día del Padre no se celebraba el último domingo del mes como yo pensaba: “Doctor, le llama su sobrino Lalo de Mérida para felicitarlo por el Día del Padre”, le informaron.

En otras circunstancias me hubiera avergonzado de mi falta de memoria y/o consideración. Sin embargo, en esta sociedad tan políticamente correcta, a uno le pasan por alto este tipo de deslices, al menos si eres huérfano de padre como yo. Uy, pobrecito, su papá se murió, el pobre infeliz, para no sufrir al tener que regalar pañuelos, calcetines y rastrillos para rasurar, se autobloquea olvidando que el Día del Padre se celebra el tercer domingo del mes de junio (como todo el mundo sabe) y no el último domingo del mes, siempre y cuando, ojo al dato, sea año bisiesto y una noche antes haya habido luna en cuarto menguante con la osa mayor apuntando con la cola al suroeste.

En lo personal, me cuadra perfecto que se compadezcan de mí, sobre todo la gente que apenas conozco, que pone cara de confusión cuando me preguntan a qué oficio se dedica mi papá y yo les respondo que a picar piedras en el Infierno porque mi papá se murió hace años, y luego disfruto como cerdo con mazorca verlos poner su mejor cara de tristeza al estilo Fernando Colunga en telenovela de Televisa cuando me dicen que lo sienten mucho, aunque en realidad no sea así porque nunca conocieron a mi papá ni tampoco qué tipo de persona fue en vida.

A decir verdad, ni siquiera yo sé quién fue mi papá. “Tú no sabes quién fue papá”, me dice mi hermano con un dejo de resentimiento en la voz. “Tú no sabes quién fue tu papá”, me dice mamá con los ojos tristes. “Me hubiera gustado conocer más a papá”, me dice con ternura mi hermana menor. “Muchacho, no sabes que clase de persona fue tu papá”, me dijo un hombre que en mi vida había visto, de aspecto rudo y manos callosas de mecánico, al estrechar mi mano a la salida del funeral de mi papá. Supongo que papá fue muchos hombres en la vida, como todos. Alguien que le heredó una empresa en números rojos a su hijo mayor. Alguien que nunca se dio por enterado de que se sacó la lotería al casarse con una mujer con dentadura de caballo. Alguien que le rompió el corazón a una niña que estaba enamorada de él. Alguien quien le salvó el pellejo a un hombre que viajó sabrá Dios cuantos kilómetros para decirme en persona que no sé quien fue mi papá.

lunes, 16 de junio de 2008

Llamadas de larga distancia



“LAS MADRES PERDONAN SIEMPRE: HAN VENIDO
AL MUNDO PARA ESO.”

- Alejandro Dumas


Cuando mi teléfono celular suena y veo en la pantalla que es mamá quien llama, no puedo evitar ponerme tenso. Tengo pocos segundos para decidir si contesto o no antes de que se corte la llamada. “¿Por qué nunca contestas cuando te llamo?”, me reprocha mamá con voz entremezclada con tristeza y alegría cuando finalmente contesto a su tercera llamada del día. Le explico que mi nuevo celular es una baratija, que cuando me llaman en vez de tocar un vertiginoso reggaetón como todos los teléfonos celulares del mundo que se dan a respetar, el mío vibra ligeramente y luego de medio minuto se digna a emitir una musiquilla (aun no logro descifrar el género al que pertenece) casi imperceptible para el oído humano.

Mamá de inmediato pregunta por el celular tan bonito que me regaló para mi cumpleaños. Le respondo que lo perdí. “¿Dónde?”, pregunta ella. Me arrepiento de haber contestado su llamada. Evado la pregunta preguntándole cómo va mi hermana en la universidad, porque de confesarle cómo y dónde perdí el celular que me regaló hace cinco años (un milagro de la tecnología moderna que funcionase hasta antes de perderlo) conllevaría a un interrogatorio con un desenlace turbio y vergonzoso que prefiero evitarle. “Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos”, dice mamá orgullosa como si ella hubiese bajado los tres kilos. Luego me reclama que por qué publiqué en el periódico ese escrito tan feo acerca de las modelos. “¿Cuál, en el que le aconsejo a las adolescentes invertir su tiempo en los libros en vez de glorificar su cuerpo?”, le pregunto. “Sí”, responde mamá y me confiesa que tuvo que esconder el periódico para que mi hermana no leyera esas cosas horripilantes que escribí. Le digo a mamá que no debería tomarse esas molestias, que mi hermana, a diferencia de algunos de sus compañeros de escuela, es lo suficientemente inteligente para llenar las horas de su día en actividades más productivas que leer mi columna en el periódico y/o entrar a mi página de Internet a leer todos esos escritos indignos para los ojos de una estudiante de ciencias de la comunicación. También le agradecí su diligente esfuerzo por impedir a toda costa (en la medida de sus posibilidades) que su querido hermano la mal aconsejara con sus ideas disipadas, al punto de casi convencerla de que querer ser la futura reina de belleza de México es la meta más superficial y vacía a la que puede aspirar una mujer.

“Rodrigo, ahora sí me has metido en un buen lío”, me dice mamá cambiando diametralmente de tema con una frialdad que logra helarme la sangre. Su voz es tan seria que se le quiebra al hablar. Me contagia su seriedad y el corazón se me estruja y hago un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma, o al menos para aparentarla. “¿Ahora qué hice?”, le pregunto con resignación, porque cada vez es más rutinaria esta pregunta. Mamá me explica que sus amigas (muy consternadas) le han contado que en Internet anda circulando un escrito mío donde pongo cosas terribles de un sacerdote muy amigo suyo. “No sé de qué escrito me hablas”, le digo. “Uno que dice cosas muy feas”, dice mamá. Le explico que todos mis escritos son muy feos, al menos para el recatado y católico paladar de sus amigas. Ella de inmediato se molesta porque no le gusta que hable mal de sus amigas, y me pide por favor que borre ese mail de Internet porque puedo meterla en muchos problemas. Respiro profundo e intento explicarle que es imposible borrar algo que se haya subido a Internet. “¿Qué es eso de subir?”, pregunta mamá totalmente confundida. Recuerdo que mamá en su vida ha tocado una computadora, así que la salida más coherente es decirle que la próxima vez que una de sus amigas o el obispo o el sacerdote que tanto la frecuenta le hable de uno de mis escritos, por favor les diga que su segundo hijo falleció hace algunos años. Que murió en la carretera el día que abandonó su casa para irse a vivir a otra ciudad, y que quien escribe esos pecaminosos y traviesos escritos es un escritor con el mismo nombre y apellido que el de su fallecido hijo. Coincidencias de la vida.

“No mi vida, no digas esas cosas horribles”, me dice mamá con ternura. Luego, como por arte de magia su voz se vuelve dulce y alegre y me pide que le cuente los detalles de la vida que llevo en esa ciudad tan bonita donde vivo y donde ella vivió en su infancia. Le platico que mi vida es muy aburrida porque todo el día me la paso escribiendo. Ella me felicita y me dice que mis esfuerzos pronto rendirán sus frutos cuando los jueces me den alguno de los premios que cada año se ganan mis famosos amigos escritores. Le digo que tengo que colgar porque le va a salir en un ojo de la cara la llamada. Ella me dice que no me preocupe, que sus ojos se quedan en su sitio, pues gracias al maravilloso plan telefónico que contrató le salen gratis las llamadas a mi número. Ambos nos quedamos en silencio. Los segundos se vuelven interminables. “Te quiero mucho, bebé”, rompe el silencio mamá. “Yo también”, le digo. “Adiós”, dice ella. “Adiós”, digo yo y cuelgo.

domingo, 15 de junio de 2008

Mi caballo Diesel (o Los Mandamientos del terror de mamá)


“EL MIEDO CRECE EN LA OSCURIDAD; SI PIENSAS QUE EL COCO TE ESTÁ ESPERANDO, ENCIENDA LA LUZ.”


- Dorothy Thompson


Mamá por naturaleza tiene la capacidad sobrenatural de transferirme sus más terribles miedos. Ella nunca fue una de esas mamás católicas recalcitrantes que te hacían memorizar los evangelios y los diez mandamientos; no, ella prefirió hacerme aprender, al grado de heredármelos, sus siete mayores miedos, mismos que como monaguillo aventajado adopté sin mayor empacho como propios.




1. No te subirás a juegos mecánicos. Una vez en la feria ganadera de Xmatkuil mi hermano, el hombre del buen gusto, llegó con los ojos inyectados de emoción: “¡Finalmente sucedió, fue increíble!”. Todos en la mesa le preguntamos qué ocurría, a lo que él respondió sin borrar de su rostro la fascinación: “Ahí estuve, casi casi me cae encima el tipo”. Las noticias del periódico luego explicaron, con menos excitación y, aunque sea difícil de creer, con más objetividad, lo acontecido aquella noche en la feria: uno de los juegos mecánicos, en el que unos avioncitos daban vuelas en círculo subiendo y bajando a una velocidad más allá de lo permitido por la gravedad y la física, salió disparado por los aires. Para colmo de males el piloto, al parecer, no cargaba con paracaídas, y murió al instante al impactarse contra el suelo.

Al no existir en aquellos días periódicos como La i o De a Peso, mi hermano se encargó de colocar un encabezado digno del acontecimiento: “Kamikaze revienta su cabeza como sandía al impactarse en el pavimento”.




2. No viajarás en avión. “Hagamos una excepción”, dijo mamá, dándonos a mi hermano y a mí la bendición antes de abordar el avión que nos conduciría a Disneylandia en compañía de mis tíos y primos. “En cualquier momento esta cosa se convierte en una bola de fuego”, me decía por lo bajo mi hermano durante todo el trayecto de Mérida a Miami, avivando todas las historias que mamá me contaba por las noches antes de dormir acerca de los accidentes aéreos que había visto en los noticieros. Años después papá me confesó que mamá viajó totalmente ebria a su luna de miel en España, pues esa fue la única manera de someter a una joven histérica que gritaba sin que el avión hubiese despegado: “¡Nos vamos a hacer mierda contra el Atlánticooooooo!”

Superado el segundo miedo de mamá, el primero vino a suplantarlo en automático, atormentándome durante toda mi estancia en Disney. Mientras mi hermano y mis primos se divertían en las montañas rusas, yo en cambio me la pasé arriesgando el pellejo en un carrusel con las figuras de los personajes más famosos de Walt Disney, con los brazos aferrados con toda la fuerza que podía caber en un infante a las orejotas de Dumbo. Mi preferencia por el paquidermo no fue casual, y un gringuito sufrió las consecuencias de mi histeria: un certero gancho a la zona hepática a la Julio César Chávez le hizo retroceder para agenciarme el elefante, pues ni en broma pensaba subirme al lomo de Bambi; uno nunca sabe, en caso de que el juego mecánico saliera disparado por los aires, qué Pato Donald ni la pata que lo parió, el trompudo barrigón con seguridad me salvaría.


3. No conducirás antes de los dieciocho, y de preferencia nunca. Tomé por costumbre maldecir a mamá cada que mi volcho se apagaba gracias a mi destreza al sacar el embrague sin cambiar de velocidad justo en la única entrada de la universidad, que casualmente tenía la mayor afluencia de vehículos de la ciudad, ocasionando un embotellamiento digno del periférico del D.F.

Mi poca pericia y nervios despedazados cuando estoy al volante lo debo al haber acompañado a mamá a sus clases de manejo cuando era pequeño, en especial al elegir los días en que se le ocurría colisionar con otros automóviles. Como aquel día en que terminé impactado en el parabrisas trasero del auto, cual Garfield de peluche pegado en un taxi.


4. No tendrás sexo sino hasta el matrimonio. De este horror no puedo culpar del todo a mi progenitora: mis probabilidades de perder la virginidad eran bajísimas gracias al costal de huesos que me cargaba por cuerpo; por desgracia, en mi juventud, parecer top model anoréxica definitivamente no era nada atractivo como hoy día, cuando mientras mayor sea tu parecido con una criatura bulímica andrógina, mayor será tu éxito con las chicas. “El sexo es algo que debe aguardar hasta el matrimonio; pues es algo mágico y maravilloso…”, me dice mamá aun hasta la fecha viéndome con ojos llenos de esperanza, para luego rematar: “Rodri, ¿tú aun eres virgen, verdad?”.



5. No te emborracharás antes de la mayoría de edad. Omitiendo el vergonzoso espectáculo cometido en el avión, que bien puede pasarse por alto gracias a que mamá tenía la mayoría de edad, ella siempre recomendó prudencia en cuanto al consumo de cervezas o cualquier otro tipo de bebida alcohólica, asegurándose de privarme de tales placeres mediante un efectivísimo método: “Eres libre de tomar todo lo que quieras y puedas”.

Brillante. Nada como ofrecerme licencia para cometer actos ilícitos, a diferencia de los padres de mis amigos, que les negaban todo cuanto podían. De ahí que no me naciera compartir el mismo placer clandestino de mis adolescentes amigos al comprar de contrabando Ron Comodín a quince pesos la garrafa. Sin embargo, fue hasta que los vi (con mis cuatro ojos sobrios) vomitando el intestino grueso en la piscina del Club de Playa Cococoteros y derribando el pastel de quince años de la festejada (la niña más ñoña del salón) y corriendo en zigzag a toda velocidad para salvar sus vidas de un seguro linchamiento, cuando me percaté de todos los momentos mágicos de los que me estaba perdiendo.

6. No fumarás marihuana, ni siquiera un churro. Creerle a mamá (de joven se lo creí) que no tocó, como ella asegura hasta fecha, ni un churro, es pretender creer que Santa Claus baja por la chimenea de todas las casas del mundo en navidad.

Mamá vivió su desenfrenada juventud en los años setentas. Sus mejores amigas (influencia total en ella) fueron jovencitas mayores y rebeldes que tuvieron la fortuna de experimentar las mieles de los sesentas. Sus ídolos fueron Jimmy Hendrix, Janis Joplin, The Who, Led Zeppelin y los Beatles; de ahí que mamá tuviera que hacer un esfuerzo inhumano por contener la risa al observarme intentando amedrentarla cuando me vestía de adolescente rudo, o sea, cuando salía disfrazado con pulseras metálicas, camisa negra de los Guns n´ Roses y cargando una guitarra que jamás aprendí a tocar.


7. No montarás a caballo, nunca en tu santa vida, por lo que más quieras. Cuando en todos los noticieros anunciaron que el actor Christopher Reeve (mejor conocido como Superman) quedó cuadriplégico al caer de un caballo, mamá meció la cabeza y dijo: “Esos animales no nacieron para ser domados”.

Años atrás, cuando vivía, papá, que era un hombre de grandes ideas, decidió que había llegado el momento de hacerse de un caballo, pues por aquellos remotos tiempos le sobraba plata. Sin embargo, esta no era tanta como para comprarse un rancho, así que se conformó solo con el caballo. “Desgraciada cantina donde se lo habrá ofrecido alguno de sus amigotes borrachos”, decía mamá con amargura cada que podía; argumento que al instante refutaba papá con una infalible justificación: “El caballo es para mis hijos”.

El equino resultó ser un bello ejemplar albino de crines dorados como el trigo. “Anda, acarícialo”, me dijo papá con una sonrisa cómplice, “no le tengas miedo, que pueden olerlo”. Demasiado tarde, yo le tenía terror a esa bestia del infierno, y cómo no, cada que me acercaba, el cuadrúpedo de cascos amenazantes me miraba con ojos enloquecidos, producto de mi miedo o tal vez por que sus compañeros de estancia eran maquinas, motores y bombas de diesel.

Mamá a menudo me contaba que la única vez que estuvo segura de que iba a morir fue gracias a un caballo que se desbocó, y de no ser por que era una jovencita robusta con fuerza de hombre hubiera salido disparada contra las rocas del rancho de su tío. “Ese caballo, que sabrá Dios de dónde y a que precio lo obtuvo tu papá, me lo recuerda mucho”, decía mamá.

Por fortuna papá jamás me obligó a montar el misterioso caballo blanco, o tal vez fuera que no le dio tiempo de volver de una vez por todas hombrecito a su retoño gracias a que a las dos semanas de su nueva adquisición amaneció tan tiesa como una barra de acero. Al parecer su dieta consistió en tuercas y una buena dosis de diesel que los mecánicos vertían en su bebedero para darle más caballos de fuerza al infeliz animal.

lunes, 9 de junio de 2008

Una deliciosa mentira



“TODA MENTIRA DE IMPORTANCIA NECESITA UN
DETALLE CIRCUNSTANCIAL PARA SER CREÍDA.”


- Prosper Mérimée


Esta semana continuaremos con las mentiras deliciosas. Y no vaya usted a creer que esta columna se ha convertido en una glorificación de la mentira, no señor, es solo que hay días en los que vale la pena ir al baúl de los recuerdos, abrirlo y sacar una de ellas, desempolvarla y luego admirarla con cariño y orgullo como quien mira, luego de salvar el pellejo hace muchos años, una medalla ganada en la guerra, con coraje, justicia y honor.

Era el último día de clase en mi primer semestre en la universidad. Y cuando digo último me refiero literalmente a mi último día en la universidad porque tenía claro que me echarían de la escuela si no aprobaba el examen que tenía sobre mi pupitre. Faltaban tres cuartos de hora para que el maestro de matemáticas recogiera el examen y el mío estaba en blanco. Cuando era niño y esto me ocurría, llenaba con los primeros números que me venían a la cabeza los resultados de las operaciones; con este método ingenuamente creía que la maestra se apiadaría de mí, pues al menos no había dejado en blanco la hoja.

Miré mi reloj y supe que tenía que actuar. Ignoraba la situación de mis demás compañeros, pero la mía era gravísima. Al estudiar en una universidad pública solo tenía derecho a reprobar dos materias el primer semestre (cuota que ya tenía cubierta sin contar la materia de matemáticas). De reprobar más de la cantidad estipulada sería expulsado de la institución.

El maestro de matemáticas era un sujeto sin cuello, barrigón, moreno y feo como una cucaracha. Durante todo el semestre su mayor placer era contarnos historias de él y de su familia, en especial una en la que su hijo mayor anhelaba con todas sus fuerzas entrar al corporativo de una empresa transnacional. Pocas veces nos enseñaba algo de matemáticas, hecho que nos daba gran placer a la mayoría de los alumnos pues odiábamos las matemáticas. Otros maestros y alumnos de semestres avanzados decían que el maestro de matemáticas era un corrupto. Sin embargo, el maestro era tan feo e intimidaba tanto con su voz ronca que ni uno de nosotros se atrevió nunca si quiera a sugerirle una oferta monetaria para aprobar sus exámenes. Quizás por ello el maestro cada día parecía estar de peor humor y complicaba más y más sus exámenes. Un día el examen fue tan complicado que la mayoría hubiera reprobado de no ser porque un amigo de otro salón me dio las respuestas del examen, y yo que era un perfecto imbécil me apiadé de mis compañeros y les pasé un papelito con ellas.

Al día siguiente el maestro nos miró furioso (era evidente que todo el salón, sin excepción, habíamos sacado 10) y escribió en la pizarra los problemas del examen que habíamos presentado. Con mirada virulenta señaló al azar a un par de alumnos para que los resolvieran pero estos, temblando de miedo, ni siquiera se atrevieron a salir de sus asientos. “Están fritos”, dijo relamiéndose el labio superior e hizo una anotación en una carpeta donde guardaba la lista de asistencia con nuestros nombres. Luego señaló con el dedo a una amiga para que pasara al frente, y para mi sorpresa (y para la de todos, porque mi amiga no sabía sumar dos más dos) con mucho garbo y tiento pasó al frente, tomó la tiza y cuando estaba apunto de escribir sabrá Dios que barbaridad en la pizarra el profesor la detuvo. “¡¿Cómo?!”, exclamó mi amiga. “Lo que oíste, tienes 10”, dijo el maestro. No pude reprimir una corrosiva envidia por mi amiga, aunque en su lugar, yo me hubiera quedado en mi asiento, muerto de miedo como los otros dos pobres diablos recién sentenciados.

“Tú”, dijo el profesor. Y sin dar crédito me convertí en el protagonista de una terrible pesadilla al ver que el dedo del maestro me señalaba. “¿Yo?”, atiné a decir congelado del terror. “Sí, tú”, dijo el maestro disfrutando la escena y cuando vio que intentaba ponerme de pie para ir a la pizarra, con un gesto despótico de la mano me dijo que me sentara. Señaló otro problema que estaba escrito en la pizarra y me pidió que le diera la respuesta desde mi asiento. Entorné los ojos como si mi cerebro estuviera trabajando en un complejo acertijo, pero la realidad era que mi mente estaba en blanco. Solo un milagro podía salvarme luego de que el maestro me dijera con voz burlona que la ecuación era tan simple que hasta un niño podría resolverla. “Treinta mil quinientos”, susurró una voz milagrosa a mis espaldas. “Treinta mil quinientos”, atiné a decir en voz alta. El profesor estalló en risa y luego de decir que estaba frito (y que la respuesta era cinco) escribió algo en la hoja de su carpeta. “Peor es nada”, me susurró a las espaldas un amigo y tuve ganas de estrangularlo.

Al final del semestre la mayoría del salón había reprobado. Así que cuando el maestro dijo que nos haría un examen final como muestra de su magnanimidad para que algunos pocos se salvaran, muchos nos ilusionamos aunque en el fondo sabíamos que solo era postergar lo inevitable: todos reprobaríamos pues nadie entendía nada de la materia.

“Maestro, tengo un problema”, le dije al maestro que se sorprendió al verme de pie delante de su escritorio. A lo largo de mi vida escolar crecí rodeado de buenas y malas compañías, y de estas últimas aprendí algo: mientras menos hables mejor. Mis palabras fueron firmes. “Mi abuelo esta moribundo y yo he estado a su cuidado”, mentí y en el fondo de mi ser le pedí disculpas a mi moribundo abuelo para que cuando muriese no me jalara los pies en las noches, ya que nunca cuidaba demasiado de él. El maestro me observó con ojos imperturbables. Mi examen estaba en blanco y solo un niño ingenuo podría creer que una excusa como la del abuelito moribundo podría salvarte el pellejo, así que se lo solté directo: “sabe, mi tío, el hijo de mi moribundo abuelo (al que yo cuido), es el director de recursos humanos del corporativo al que su hijo quiere entrar a trabajar, si me diera una tarjeta o su teléfono… yo podría ayudarle”.

No les voy a mentir. Esas fueron mis palabras textuales y no me avergüenzo de ellas. El mundo es un lugar sucio y a la suciedad la combates con suciedad, sobre todo cuando se da la combinación entre dos personas que saben que no tienen nada que perder (a esas alturas comprendí que no tenía nada que perder) y mucho por ganar. El maestro me pidió mi apellido y al buscarlo en la hoja de su carpeta se sorprendió al descubrir que a un costado de mi nombre aparecía un travieso asterisco. “¿Qué será ese asterisco?”, susurró el maestro rascándose la cabeza. “Una tarea que le entregué tarde”, dije sin vacilar. El maestro dudó un segundo y luego sacó una tarjeta de su cartera y me la entregó. “Te agradecería mucho si me hicieras ese favor”, dijo. “Délo por hecho”, dije estrechando su regordeta y sucia mano.

Esa misma tarde el maestro tenía que entregar calificaciones a la dirección, así fue que ante la mirada atónita de mis compañeros (ni Einstein hubiera terminado tan rápido el examen) abandoné el salón con la conciencia tranquila y con la certeza de que nadie, ni el más corrupto y vil de los maestros, me impediría graduarme de esa espantosa pero brutalmente educativa universidad donde me matriculé para intentar ser alguien en la vida.

lunes, 21 de abril de 2008

Construyendo en mi vida


“CUANDO TERMINAS LA CARRERA Y EMPIEZAS A TRABAJAR, COMIENZAS A CREER EN DIOS, SI NO, NO TE EXPLICAS POR QUÉ LAS CASAS NO SE CAEN.”
- Un profesor de Ingeniería a sus alumnos

Nunca en mi vida padecí tanto una construcción. Es decir, nunca como ahora llegué a sufrir tanto en carne propia la construcción (desde la primera a la última piedra) de algo. Y eso que desde que nací estuve condenado a vivir ligado a las construcciones. Mi papá era ingeniero y mi abuelo también. Mi papá trabajaba tanto que casi nunca le veía en casa. Y cuando le veía casi siempre estaba hablando de alguna construcción. “Cómo que se jodió el volquete”, decía por teléfono y se marchaba de nuevo a la fábrica.
Pero aquello no era nada comparado con mi vida escolar. En la escuela literalmente viví rodeado de volquetes, tractores, trascabos y dinamita. “Ignoren el ruido niños”, gritaba Miss Margarita rompiéndose las cuerdas vocales para hacerse escuchar sobre la maquinaria pesada que trabajaba a dos metros de las ventanas de los salones. “Hoy vamos a aprender la tabla del siete, niños”, decía la Miss. “Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres…” ¡Kabluuuuum! Reventaba una bomba matando de un infarto a algunos alumnos y levantando una nube de tierra a no mucha distancia de nuestros pupitres. Así fue la primaria donde estudié. La escuela privada y más exclusiva de la ciudad que nunca dejó de construir a sus alrededores los supuestos edificios que un día no muy lejano nos darían cobijo en sus pomposas estructuras de mármol y granito. Desde luego ese día jamás llegó. O mejor dicho, nunca llegué a disfrutar de tales edificios de mármol y granito porque un buen día mis padres, junto con otros padres de familia, al notar y hacerle ver al director que lo único que crecía en la construcción era la maqueta de papel maché de la escuela, fuimos inmediatamente expulsados de la cristianísima institución. Así fue que el grupo de padres de familia insurrecto decidió fundar su propio colegio privado, católico y exclusivo, lo que originó que mi secundaria y preparatoria fuera como ir todos los días a Kabul o Bagdad o Kosovo. “Muy bien muchachos, caja se abona cuando…” decía la maestra de contabilidad antes de ser interrumpida por estruendosos taladros que sonaban como metralletas o por un poderoso bombazo que hacía derribar decenas de árboles ante nuestros pasmados ojos. Básicamente a eso atribuyo mis problemas para memorizar la tabla de siete y todo lo relacionado con la contabilidad y las matemáticas.
Y eso no fue todo, en casa también se empezó a construir. Mi hermanita creció y mi papá le construyó una habitación; y con los albañiles metidos en casa mi mamá sugirió darle unos retoques a su santo hogar. Se levantó un muro como el de Berlín en mitad de la cancha de tenis que compartíamos con los vecinos (cancha donde jamás se realizó un partido de tenis, pero sí incontables partidos de fútbol); se rellenó de escombro la piscina donde jamás nadie se metió a bañar y se excavó otro hueco en forma de piscina en otro sitio de la casa donde tampoco jamás alguien logró meterse a bañar porque la piscina nunca pudo terminarse de construir, al igual que algunas de las remodelaciones de la casa gracias a una crisis económica que azotó al país, la cual dejó a la casa con una apariencia de estar en construcción perpetua.
Cansado de las constricciones, al graduarme de la preparatoria me aseguré de enrolarme en una universidad viejísima y feísima (para desconsuelo de mi mamá que quería verme bajo la tutela de los maristas), que sin embargo tenía la ventaja de ser pública y por ende tenía asegurado el jamás ver un tractor durante el transcurso de toda mi carrera. O eso creía. “Muchachos, buenas noticias”, dijo el director haciendo que mi sexto sentido (que es el de la construcción) activara sus alarmas. “El gobierno ha hecho un esfuerzo inédito en la historia del Estado y van a construir un campus a las afueras de la ciudad, y adivinen qué carrera se va a marchar para allá”.
Graduado y en la búsqueda de escapar de una vez por todas de las malditas construcciones decidí salir huyendo de mi natal terruño, que de ser una de las ciudades más tranquilas y hermosas del país fue convertida en una plancha de concreto repleta de Oxxos y centros comerciales. Mi nuevo hogar se convirtió una bonita ciudad con vista al mar, donde todo es tan tranquilo que ni siquiera el mar se digna a moverse. “He llegado al Paraíso”, me dije. Hasta que un buen día apareció una construcción por la cual obligatoriamente tengo que pasar todos los días, mínimo cuatro veces al día. Durante meses transité entre baches, maquinaria pesada y señalamientos que me indicaban que tenía que desviarme de la ruta más simple para llegar a casa para tomar callejuelas con baches y topes todavía más peligrosos. Y así fue día tras día. Mes tras mes. Una construcción que me pareció interminable pero que prometía ser una joya arquitectónica, ya fuera porque invirtieron en ella más de 13 millones de pesos o porque el monumento en construcción conmemoraría los 150 años de emancipación del Estado. Total que el calvario llegó a su fin hace un par de semanas. De buenas a primeras desaparecieron los baches, la maquinaria y los señalamientos de tránsito, y en su lugar aparecieron funcionarios públicos y cámaras de televisión para inaugurar el monumento que desde su primera piedra lució igual, es decir, una estructura sin forma alguna, o mejor dicho, una especie de engrapadora gigante recubierta de papel cascarón y papel lustre. Una maqueta como las que fabricaba de niño, solo que construida a escala enorme.


Al verla cada mañana, tarde y noche he llegado a la conclusión de que es el monumento perfecto para recordarme que viviré toda mi vida rodeado de construcciones que nunca serán terminadas, ya sea por crisis económicas, por curas bandidos y/o por políticos amantes del mal gusto y de la desvergüenza.

martes, 18 de marzo de 2008

Dumbo, el preventivo más efectivo

No sé ustedes, pero en mi infancia lo que nuestros papás hacían para aplacar nuestra efervescencia causada por la dosis grosera de caramelos que habíamos ingerido después de romper la piñata en la mayoría de las fiestas infantiles, era proyectar en la pared o en una lona blanca alguna caricatura de Disney. Por lo general era la película Dumbo, para desgracia de uno de mis mejores amigos de la infancia (que era el niño más cobarde del mundo), que temblaba como un enfermo de Parkinson cuando en la pared de la sala de fiestas aparecía el paquidermo orejón. “No. Dumbo no, por favor”, decía llevándose las manos a los ojos para no ver la proyección.

Ahora que comienzan las fiestas católicas donde todos los chicos buenos y chicas buenas alaban a su salvador Jesús, rindiéndole tributo embriagándose y drogándose cuan largas son las dos semanas que tienen de vacaciones, sospecho que ellos en vez de ver a Dumbo vieron a los Power Rangers en sus fiestecistas infantiles. Y lo digo porque los chicos de hoy día empinan el codo con singular alegría desde los 13 años, y con esto no exento a los adolescentes de mi generación de ser unos ebrios despreciables e imprudentes que luego de las fiestas en la playa se subían a sus automóviles dando tumbos para regresar a casa manejando como unos malditos corredores de Fórmula Uno. Lo que pasa es que antes los borrachos imprudentes eran la minoría, y no era porque faltara el alcohol en las fiestas, sino porque antes de animarnos a estrenarnos en los brazos de Baco, una cancioncilla retumbaba en nuestro inconciente haciéndonos huir de la cerveza.

Vienen y van y empiezan a desfilar
vienen ya miles de saltos dan
¿serán quizá parientes de Satanás?
Ya están aquí en toda la cama,
van al revés como acróbatas
terror me dan, me quieren enloquecer
¿Qué voy a hacer?
¿Qué puedo hacer?
¡Ya no me vuelvo embriagar!

Al que abusa del licor se le aparece una visión
son elefantes en color que espantan y dan terror
yo que al diablo desafíe y que la cola le arranque
los paquidermos tricolor han hecho que pierda mi gran valor
¡Ay, que horror!

Déjenme en paz, no puedo más, ya se van
ya se van, las ánimas del terror,
las ánimas, las ánimas, las ánimas.


“No gracias, no tomo”, decíamos en nuestra adolescencia temblando de miedo. Claro que nadie dijo que el efecto de Dumbo durara toda la vida; uno crece y finalmente es seducido por la rubia Superior.

Sin embargo, creo que Dumbo es una película que todos los niños deberían ver, en especial algunos como nuestro querido Luis Omar Saidén, al igual que todos los adolescentes que estos días se unirán a una larga lista de asesinos al volante gracias al abuso del alcohol.

lunes, 25 de febrero de 2008

No éramos tan maricones

“ME GUSTARÍA SER VALIENTE. MI DENTISTA ASEGURA QUE NO LO SOY.”
- Jorge Luis Borges

Una de las mayores gratificaciones que puede obtener un articulista, que es más o menos una especie naufrago que arroja mensajes dentro de una botella esperando el milagro de que un desconocido la encuentre, es cuando obtiene respuesta de algún lector. En mi caso recibo en su mayoría cartas iracundas y virulentas de personajes muy pintorescos que me conminan a dejar de escribir e invertir mejor mi tiempo en actividades más productivas, aunque también hay días en los que llegan cartas de lectores generosos que se toman la molestia de enviar uno que otro piropo para subirte el autoestima y el ego hasta la estratósfera. En fin, hay de todo. Y esto viene a cuento porque hace un par de meses publiqué un escrito en el que decía que quizás la última generación de hombres de verdad fue la generación de mi hermano mayor, quienes luego de hacer tal o cual travesura (robo de exámenes, vandalismo escolar, etcétera) aceptaban con todo garbo y hombría las consecuencias de sus actos; nada de lagrimitas, pucheros u otras indignidades para que mami o papi les salvaran el pellejo como ocurría en mi escuela, que era católica, privada y muy exclusiva, y donde antes de cometer alguna travesura de grandes vuelos teníamos la confianza y tranquilidad de contar con póliza de seguro, traducción: la colegiatura estratosférica que pagaban nuestros padres o la posibilidad de hacer alguna donación, como una nueva cancha de fútbol o material para construir un nuevo salón o la nueva sala del director de la escuela, etcétera.
Pues bien, ayer recibí un mail que finalizaba al pie de página con lo siguiente: “Rodrigo, perdóname pero no éramos tan maricones”. El mail relataba una historia que ya había olvidado y lo firmaba un sujeto del cual no tenía noticias desde hace casi 20 años.
“¿Quién fue?”, dijo el prefecto. Silencio. Los exámenes de inglés habían desparecido. O mejor dicho, la maestra de inglés los dejó olvidados en nuestro salón y luego desaparecieron. “Espero al responsable en mi oficina antes del primer descanso”. Nadie acudió. El prefecto utilizó el primer descanso para interrogarnos. “¿Quién fue?”, insistió el prefecto. Silencio. El prefecto era un sacerdote de dos metros de altura mal encarado que le metía miedo hasta al más valiente. “No nos vamos de aquí hasta que aparezca el culpable”. Silencio. El prefecto siempre obtenía la confesión del culpable o de algún soplón. Sus métodos eran muy variados, y el más efectivo era en el que nos hacía escribir de forma anónima en una papelito el nombre del culpable. Fuimos educados para ser unos Judas. “Veo que no están dispuestos a colaborar”. Todas las hojas fueron entregadas en blanco. “Les prometo que el culpable será expulsado”, dijo el prefecto. “Se los prometo”. Y por primera vez supimos que el prefecto hablaba en serio. “Todos afuera”. Nos paró dos horas al sol. “¿Quién fue?”, preguntó intentando no pegar un grito. Silencio. “Muy bien, si así lo quieren”, dijo furioso. Dimos 50 vueltas a la cancha de básquetbol en cuclillas. Los soplones de cabecera y los revoltosos del salón fueron interrogados. 5 minutos para la salida y el prefecto seguía sin atrapar al culpable. “Vaya, vaya, veo que no están dispuestos a hablar”, dijo el prefecto. Y para sorpresa de todos se marchó sin resolver por primer vez un caso. La maestra que no abrió el pico durante todo el interrogatorio y la tortura no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro.
Después de todo no éramos tan maricones. Eso, o por vez primera éramos todos inocentes.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Sólo un sueño



“LA HUELLA DE UN SUEÑO NO ES MENOS REAL QUE LA DE UNA PISADA.”
- George Duby

Lo que a continuación les voy a relatar ocurrió en un sueño que tuve hace no mucho tiempo, así que no vayan a creer que pasó en la vida real, queridos lectores y editorialistas. En mi sueño, una prestigiosa universidad llamada “X” de una ciudad llamada “Y” me invitó a dar una conferencia “motivacional” para sus alumnos de la carrera de mercadotecnia. En el sueño me encontraba delante de un auditorio lleno de estudiantes, que como era de esperarse en universitarios, la mayoría desconectó su cerebro por una hora y los otros pocos que permanecieron despiertos invirtieron su tiempo en clavar los ojos en el capuchino calientito que tenía en una de mis manos, preguntándose de qué privilegios gozaba yo para ser el único dentro de la sala que tomaba un capuchino calientito.
Durante una hora entera hablé y hablé, y terminado mi monólogo me dispuse a escapar del auditorio, sin embargo, la organizadora del evento de Jóvenes Emprendedores (porque en mi sueño fui invitado a un evento de Jóvenes Emprendedores muy a pesar de no ser joven ni emprendedor, y mucho menos creyente en los discursos motivacionales) me pidió de favor que me quedara a escuchar la siguiente conferencia. Lo natural en mí hubiera sido recurrir a la excusa de rigor, que es la de inventar una importantísima junta de trabajo con unos editorialistas extranjeros, viendo el reloj y poniendo cara de urgencia como si fuera a llegar tarde. No lo hice. Lo que hice fue irme a sentar al fondo del auditorio y escuchar al próximo expositor, que según me habían dicho era un gurú de la mercadotecnia. El gurú de la mercadotecnia en cuestión resultó ser el gerente de marca de una empresa muy prestigiosa y transnacional de refrescos embotellados. El gurú presentó una muy bonita conferencia, pues a diferencia de un servidor, él sí se tomó la molestia de preparar una presentación digna de alguien que pueda llamarse un conferenciante: gráficas, estadísticas, fotografías e incluso videos. Y cuando digo videos me refiero a los incontables anuncios comerciales de la bebida embotellada que pasan a todas horas en la televisión. El gurú cautivó a los alumnos de mercadotecnia diciéndoles que la empresa para la que él trabaja es la mejor del mundo, hoy más que nunca, gracias a la nueva marca de refresco embotellado que fue a promocionar, perdón, a presentar como el modelo máximo de una eficaz mercadotecnia, pues la nueva bebida gasificada había roto todos los récords de ventas como nos lo hizo constatar con las gráficas y estadísticas que ni uno de los presentes en la sala entendía pero que no por ello dejamos de asentir afirmativamente tras cada lámina que nos presentaba, donde decía que en Australia y el Congo el refresco había vendido mil chiliones de cajas. El gurú nos dijo que en México el éxito de la bebida fue incluso mayor, todo gracias a un buen marketing. Traducción: A) Tapizaron toda las ciudades del país e invadieron hasta el último medio de comunicación con anuncios de la marca del nuevo producto. B) Segmentaron a su mercado: jóvenes exclusivamente de entre 16 y 19 años, extrovertidos, irreverentes, seguros de sí mismos, anarquistas, globalifóbicos y metrosexuales, es decir, el 99% de los jóvenes. C) A la bebida embotellada y gasificada exitosa de toda la vida le agregaron un ingrediente secreto que mágicamente lo convirtió en un nuevo producto saludable y dietético sin perder el delicioso sabor del refresco de siempre.
Cuando la conferencia del gurú de la mercadotecnia terminó, llegó la ronda de preguntas y respuestas del público, y como nadie se animó a preguntar nada (seguramente porque todos estaban en shock con tan magistral conferencia), me animé a preguntarle al gurú cuál era el ingrediente secreto que hacía diferente al fantástico nuevo refresco dietético y saludable embotellado del antiguo refresco embotellado de toda la vida. “Se llama ingrediente Z”, respondió amable el gurú. “Y este ingrediente Z, ¿causa adicción o algún efecto secundario en el consumidor?”, pregunté curioso. “Para nada, el ingrediente Z es tan natural y saludable que al cliente no puede más que causarle bienestar a su salud”, respondió amabilísimo el gurú. “¿Eso quiere decir que si yo consumo la nueva bebida dietética y saludable voy a ser más saludable de lo que soy actualmente?”, pregunté emocionado. “Desde luego”, respondió el gurú. “¿Y no importa que yo no califique en el rango de edad que establecieron y que tampoco sea extrovertido, irreverente, seguro de mi mismo, anarquista, globalifóbico y metrosexual?”, pregunté de nuevo. “Para nada, no importa”, respondió el gurú. “¿Y esta nueva bebida es más saludable que el agua?”, pregunté. “Afirmativo”, respondió el gurú. “¿Eso quiere decir que puedo suplir el agua por la nueva bebida saludable en mi vida cotidiana?”, pregunté. “Claro, faltaba más”, respondió sonriente el gurú y dio por terminada la ronda de preguntas y respuestas.
Al salir a la calle después de la conferencia descubrí que casi en ningún restaurante y estanquillo vendían agua, y que todos los ciudadanos eran unos gordos diabéticos, y pronto caí en cuenta que mi sueño en realidad era una pesadilla, que por fortuna llegó a su fin al despertarme. Lo primero que hice fue salir a la calle para descubrir aliviado que en México todos sus habitantes son jóvenes saludables y metrosexuales con la estampa de David Beckham.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Preludio de un viaje de trabajo

“CUANDO SE VIAJA EN AVIÓN SOLAMENTE EXISTEN DOS CLASES DE EMOCIONES: EL ABURRIMIENTO Y EL TERROR.”
- Orson Welles

La semana pasada me invitaron al DF a presentar la revista Tierra Adentro. “Gracias, pero no gracias”, pensé, porque una de mis mayores pesadillas es estar delante de un micrófono hablando a un salón lleno de gente, sin embargo no dije que no. Horas más tarde estaba siendo despojado de mis tijeritas para cortar uñas en la sala de espera del aeropuerto. “Lo siento señor, no puede abordar con armas punzocortantes”, me dijo una señorita de espeso bigote, parecido al de Sam Bigotes, que al parecer era la encargada de despojar de sus mortíferas armas a los terroristas. “Son sólo unas tijeritas para cortar uñas”, le expliqué con la firme determinación de no presentarme a la presentación de la revista con unas garras de gato. “Lo siento, no puede pasar con las tijeritas, son consideradas un arma”, respondió la señorita con el rostro y el mostacho imperturbables. “Oiga, mis tijeritas para cortar uñas no son un arma, mírelas, son tan viejas que ya ni filo tienen”, le dije. “Entonces cómprese unas nuevas y deje estas aquí porque como ya le expliqué las tijeritas como las suyas son consideradas un arma mortal”, me dijo la señorita del bigote. “Muy bien señorita...”, le dije dispuesto a dar batalla, “dígame dónde venden tijeritas para cortar uñas como éstas y con gusto se las dejo”, agregué blandiendo por todo lo alto mis tijeritas para cortar uñas. Silencio. Una densa atmósfera de incomodad envolvió el ambiente (ni mis tijeritas para cortar uñas hubieran podido cortar la tensión). “Si quiere abordar el avión tiene que dejar sus tijeritas, señor. Así que decídase por favor que está entorpeciendo la fila”, dijo la señorita intentando no perder la paciencia. Sin embargo, la bigotona antiterrorista mentía, aunque sólo en lo de estar entorpeciendo el paso, porque al voltear observé que era la única persona formada en la presunta fila. “Puedes documentar tus tijeritas con tu equipaje”, intervino una señorita de mirada confianzuda y cómplice que hasta ese momento había estado en silencio entretenida mirando la maquina de rayos X. “No llevo equipaje, mañana estoy de regreso en Campeche”, le dije a la señorita de rayos X con mi mejor cara de sufrimiento para que se compadeciera de mí. “¡Perfecto!, entonces déjale encargadas tus tijeritas a la vendedora de boletos, es bien buena onda, cuando regreses segurito ella te las devuelve”, dijo la señorita de los rayos X. Silencio. Observé a la señorita que vendía los boletos de avión y de sólo imaginarme la escena pidiéndole de favor que salvaguardara mis tijeritas para cortar uñas hasta mi regreso en el mostrador porque la bigotona antiterrorista pensaba que degollaría con ellas al piloto para después inmolarme sobre las Torres de Cristal me hizo sentir ridículo. Además, quién me garantizaba que a mi retorno la señorita que vendía los boletos de avión me regresaría mis tijeritas para cortar uñas, o peor aún, tal vez pudiera pasar que al regresar al día siguiente al aeropuerto otra señorita estuviera detrás del mostrador y cómo explicarle que las tijeritas para cortar uñas que están ocultas en el mostrador son de mi propiedad ya que las dejé encargadas a su compañera gracias a que la bigotona sospechaba que yo era un loco asesino. “Andele, joven, es de confianza la chica del mostrador. Además si no sé apura va a perder el avión”, dijo la chica de los rayos X al ver mi mirada llena de dudas. “No gracias, tenga”, dije abriendo mi maleta de mano y entregándole las tijeras a la señorita de los rayos X, y al hacerlo casi me gana el impulso de abalanzarme sobre la bigotuda para rasurarle el asqueroso mostacho peludo de un tajo con mis (bien afiladas) tijeritas.
No lo hice. Minutos más tarde estaba a bordo del avión a miles de metros de altura escuchando a la azafata decir cómo debíamos ponernos las mascarillas de oxigeno en caso de ser necesario. Las palmas de mis manos empezaron a sudar. Decidí no mirar a la azafata. Por desgracia no habían tapones para los oídos y tuve que seguir escuchando el audio del avión que decía con una voz masculina y sensual de anuncio de Bacardí: “en caso de una descompresión todos vamos a.... (“morir”, pensé e imaginé cómo mi cabeza se inflaba como un globo y luego como reventaba en mil pedazos de una manera terrible y asquerosa) guardar la calma y ponernos las mascarillas”.
Nunca me había puesto tan nervioso en un avión, quizás porque nunca había viajado en un ADO con alas. Al observar desde las alturas la ciudad de Campeche comprendí por qué el avión era tan pequeño (Google Earth no me había mentido meses atrás cuando desde las alturas de su modernísimo satélite me mostró un inmenso mar con una interminable costa poblada de cientos de pequeños cerros selváticos donde apenas se alcanzaba a percibir una diminuta extensión de asfalto y techos de casas) e incluso tuve que cuestionarme cómo era posible que salieran vuelos de Campeche hacia el DF o hacia a cualquier otro punto del país. Sin embargo, al instante entendí el porqué. La mayoría de los asientos del avión estaban ocupados por funcionarios públicos. Por desgracia mi compañero de asiento era una señora, y no lo digo porque me apeteciera estar sentado a lado de un político o de los dos hombres de mediana edad aspirantes a políticos que no cerraron el pico todo el trayecto dándose (en voz altísima) mutuos consejos de lo que aprendieron en el Tec de Monterrey acerca de cómo ser unos ganadores, sino porque la señora a un costado mío se encargó de incrementar la transpiración de mis manos gracias a que se persignaba nerviosamente con un rosario gigantesco y metálico que llevaba enroscado en el cuello cada que el avión se agitaba al pasar por las nubes, es decir, cada cinco segundos durante todo el viaje: Turbulencia. Señora persignándose. “Wey, el truco es ser aferrado, creer en uno mismo...”. Político durmiendo como un angelito. Turbulencia. Señora persignándose. “En el Tec nada que ver con lo que te enseñan aquí, porque en el Tec...”. Político durmiendo como un angelito. Turbulencia. Señora persignándose. “Si quieres tener éxito en la vida tienes que...”. Político durmiendo como un angelito.
A la mitad del viaje empecé a recapitular lo que tenía que hacer: noquear de un codazo en la nariz a la señora, robarle el crucifijo gigantesco y metálico, clavar la cruz del crucifijo gigantesco y metálico en la yugular de uno de los dos hombres de mediana edad graduados del Tec de Monterrey, ahorcar con las cuentas del crucifijo gigantesco y metálico al otro hombre de mediana edad graduado del Tec de Monterrey, caminar por el pasillo y quitarle a todos los políticos dormidos sus plumas de oro de los bolsillos de sus camisas, entrar a la cabina y clavar las plumas de oro en la espalda, nuca, y oído de la azafata, del copiloto y del piloto (en ese riguroso orden), tomar los controles y estrellar el avión en la Gran Cámara de Diputados y Senadores.
No lo hice. Horas después estaba aterrado frente a un micrófono presentando la revista Tierra Adentro en un auditorio semivacío (nota: jamás organizar un evento el mismo día y a la misma hora que los MTV Latinos); en la revista aparecía un escrito mío dedicado a Campeche: “Crónica de una aldea amurallada” que por desgracia los editores decidieron publicar bajo el siguiente título: “Crónica de una muerte amurallada: CLAVES PARA NUNCA VISITAR CAMPECHE”, lo cual sospecho me augurará el nunca más poder volver a pisar mi querida ciudad amurallada sin que un campechano intente asesinarme.

jueves, 26 de julio de 2007

El autógrafo millonario



“LOS JUEGOS INFANTILES NO SON TALES JUEGOS, SINO SUS MAS SERIAS ACTIVIDADES.”
- Michel de Montaigne

Michael Jackson no siempre fue una criatura albina y alienígena de sexo y raza indescifrables que disfruta de toquetear niños y preñar mediante ósmosis a terrícolas de tez alba para asegurar un linaje de herederos blancos como la nieve. En otros tiempos, Michael era un flacucho y simpático negrito adolescente dueño de un talento para la música y para el baile fuera de esta galaxia, cuyo guardarropa, pese a ser la estrella más famosa del mundo gracias a su disco Thriller, parecía estar limitado a una chamarra roja, un par de pantalones dos tallas más chicas a la suya, unos calcetines blancos y unos zapatos negros de charol. ¡Cómo olvidar el videoclip de la canción Thriller! Michael logró lo que ni un otro artista había logrado antes: enseñarnos nuestros primeros erráticos pasos de baile al mismo tiempo que protagonizaba nuestras más escalofriantes pesadillas. Era imposible no pasar de un estado de excitación, al verlo cantar y bailar por unas siniestras callejuelas al lado de su novia (pues en ese entonces le gustaban las mujeres, y lo que es aun más extraño, las mujeres negras), a uno de terror absoluto cuando de repente se veían rodeados por unos horrorosos muertos vivientes. Es en ese momento del video cuando para nuestra sorpresa, en una escena profética que en ese entonces no vimos venir, Michael se convierte en un pálido zombi que intenta junto a sus secuaces de ultratumba comerle los sesos a su novia al ritmo de pegajosos pasos de baile. Al final la joven vive: todo había sido una pesadilla, así que confiada cae a los brazos del cantante que amorosamente la abraza. Lo que no sospecha ella (ni nosotros), es que Michael en realidad era una especie de gato montés-hombre lobo, pues sus ojos humanos se transformaban en unas redondas y fosforescentes canicas, dejando a nuestra imaginación cómo se merendaría a la chica.
Después de aquello, el mundo moderno se dividió en dos grandes eras: Antes de Michael Jackson y Después de Michael Jackson; división que marcó de forma definitiva la aparición del Paso Lunar, confirmación de que el nuevo Mesías había llegado a la Tierra. Ese era el verdadero Michael Jackson, el flautista de Hamelin que durante más de una década se valió de sus espectaculares movimientos para hacerse de los seguidores más chiflados y pintorescos, que lo imitaban e idolatraban como a un dios terrenal. Al menos así se vivió en mi niñez. En especial con un niño que cursaba un grado atrás que yo, del cual no recuerdo su verdadero nombre porque se hacía llamar Michael Jackson. Es curioso: en cualquier otra primaria del mundo, por menos que eso te hacías acreedor a una generosa dotación de lapos, calzones chinos, tacazos y puñetazos en el bajo vientre por el resto de tu primaria. Sin embargo, este no era el caso de este singular personaje. Él era en realidad Michael Jackson, o al menos eso creía, y lo creía con tal fervor (muy a pesar de que era un gordito moreno de nueve años de edad), que los abusadores de la escuela, en vez de golpearlo, quedaban hipnotizados ante sus endiablados pasos de baile que realizaba en los pasillos de la escuela a la hora de los recreos. “¡Paw!“, “¡Hi-hú!”, gritaba cada que algún malhechor daba un paso para aproximársele. “Tacatacatacán-tacatacán-tacatacan-tacán” tarareaba deslizándose de espaldas con sus zapatos bien boleados. “¡Paw!”, “¡Hi-hú!”, volvía a gritar en medio de enloquecidos giros de 360 grados. “¡Paw!”, sentenciaba manteniendo a raya a los truhanes para luego marcharse a su salón de clase como si aquello fuera con el comportamiento normal de cualquier niño que estudiara con los Legionarios de Cristo. Incluso fuentes confiables, es decir, los hermanitos de mis amigos (los abusadores de la escuela), nos confesaron que Michael Jackson jamás abandonaba su papel de Michael Jackson, ni siquiera en los exámenes orales, respondiendo a las preguntas de la maestra siempre con un “¡Paw!” o un “¡Hi-hú!”, levantando el brazo derecho por los aires y sujetando su entrepierna con la izquierda. Sin embargo, el repertorio de Michael Jackson no era exclusivo de la escuela. Por aquellos años el verdadero Michael Jackson (o tal vez debiera decir, el otro Michael Jackson) sacó al mercado un juego de video llamado Moonwalker, en el cual debías salvar al mundo aniquilando a mafiosos y a extraterrestres con pasos de bailes y patadas voladoras, juego de video que desde luego fue monopolizado por Michael Jackson, a quien todos los fines de semana se le podía ver en las maquinitas de Plaza Fiesta rodeado de sus fieles súbditos (desde adultos hasta niños) que le observaban terminar una y otra vez el juego con una sola ficha. “¡Paw!”, “¡Hi-hú!” gritaba al mismo tiempo que el Michael Jackson del juego de video cada que derrotaba a un maloso.
Ahora que Michael Jackson parece haber sido tragado por la tierra, no puedo dejar de recordar con cierta nostalgia una tarde lluviosa como la de hoy, sólo que de hace casi dos décadas. El colegio estaba desierto. Mi mamá había olvidado ir por mí, así que para entretenerme llevaba casi una hora contemplando el torrencial aguacero que inundaba las canchas de básquetbol. En eso, tras unos ensordecedores truenos que iluminaron el cielo gris, escuché el eco de unas pisadas por los corredores. Era él. Era Michael Jackson. Con mirada altiva se me quedó mirando desde el otro extremo del pasillo, se sujetó el ala ancha de un sombrero inexistente y se aproximó hasta donde estaba sentando bailando con toda la inspiración que cabía en su regordeta humanidad. Segundos antes de que el claxon del auto de mamá sonara, Michael llegó a centímetros de mi y sacó de uno de sus bolsillos un papel arrugado, me lo entregó y me dijo antes de perderse en la oscuridad de los pasillos: “guárdalo, en algunos años valdrá miles de dólares”.
Créanme, aún sigo esperando la reaparición de Michael Jackson para cortarme las venas por haber tirado aquel mismo día el autógrafo a la basura.