lunes, 16 de junio de 2008

Llamadas de larga distancia



“LAS MADRES PERDONAN SIEMPRE: HAN VENIDO
AL MUNDO PARA ESO.”

- Alejandro Dumas


Cuando mi teléfono celular suena y veo en la pantalla que es mamá quien llama, no puedo evitar ponerme tenso. Tengo pocos segundos para decidir si contesto o no antes de que se corte la llamada. “¿Por qué nunca contestas cuando te llamo?”, me reprocha mamá con voz entremezclada con tristeza y alegría cuando finalmente contesto a su tercera llamada del día. Le explico que mi nuevo celular es una baratija, que cuando me llaman en vez de tocar un vertiginoso reggaetón como todos los teléfonos celulares del mundo que se dan a respetar, el mío vibra ligeramente y luego de medio minuto se digna a emitir una musiquilla (aun no logro descifrar el género al que pertenece) casi imperceptible para el oído humano.

Mamá de inmediato pregunta por el celular tan bonito que me regaló para mi cumpleaños. Le respondo que lo perdí. “¿Dónde?”, pregunta ella. Me arrepiento de haber contestado su llamada. Evado la pregunta preguntándole cómo va mi hermana en la universidad, porque de confesarle cómo y dónde perdí el celular que me regaló hace cinco años (un milagro de la tecnología moderna que funcionase hasta antes de perderlo) conllevaría a un interrogatorio con un desenlace turbio y vergonzoso que prefiero evitarle. “Guapísima, tu hermanita bajó tres kilos”, dice mamá orgullosa como si ella hubiese bajado los tres kilos. Luego me reclama que por qué publiqué en el periódico ese escrito tan feo acerca de las modelos. “¿Cuál, en el que le aconsejo a las adolescentes invertir su tiempo en los libros en vez de glorificar su cuerpo?”, le pregunto. “Sí”, responde mamá y me confiesa que tuvo que esconder el periódico para que mi hermana no leyera esas cosas horripilantes que escribí. Le digo a mamá que no debería tomarse esas molestias, que mi hermana, a diferencia de algunos de sus compañeros de escuela, es lo suficientemente inteligente para llenar las horas de su día en actividades más productivas que leer mi columna en el periódico y/o entrar a mi página de Internet a leer todos esos escritos indignos para los ojos de una estudiante de ciencias de la comunicación. También le agradecí su diligente esfuerzo por impedir a toda costa (en la medida de sus posibilidades) que su querido hermano la mal aconsejara con sus ideas disipadas, al punto de casi convencerla de que querer ser la futura reina de belleza de México es la meta más superficial y vacía a la que puede aspirar una mujer.

“Rodrigo, ahora sí me has metido en un buen lío”, me dice mamá cambiando diametralmente de tema con una frialdad que logra helarme la sangre. Su voz es tan seria que se le quiebra al hablar. Me contagia su seriedad y el corazón se me estruja y hago un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma, o al menos para aparentarla. “¿Ahora qué hice?”, le pregunto con resignación, porque cada vez es más rutinaria esta pregunta. Mamá me explica que sus amigas (muy consternadas) le han contado que en Internet anda circulando un escrito mío donde pongo cosas terribles de un sacerdote muy amigo suyo. “No sé de qué escrito me hablas”, le digo. “Uno que dice cosas muy feas”, dice mamá. Le explico que todos mis escritos son muy feos, al menos para el recatado y católico paladar de sus amigas. Ella de inmediato se molesta porque no le gusta que hable mal de sus amigas, y me pide por favor que borre ese mail de Internet porque puedo meterla en muchos problemas. Respiro profundo e intento explicarle que es imposible borrar algo que se haya subido a Internet. “¿Qué es eso de subir?”, pregunta mamá totalmente confundida. Recuerdo que mamá en su vida ha tocado una computadora, así que la salida más coherente es decirle que la próxima vez que una de sus amigas o el obispo o el sacerdote que tanto la frecuenta le hable de uno de mis escritos, por favor les diga que su segundo hijo falleció hace algunos años. Que murió en la carretera el día que abandonó su casa para irse a vivir a otra ciudad, y que quien escribe esos pecaminosos y traviesos escritos es un escritor con el mismo nombre y apellido que el de su fallecido hijo. Coincidencias de la vida.

“No mi vida, no digas esas cosas horribles”, me dice mamá con ternura. Luego, como por arte de magia su voz se vuelve dulce y alegre y me pide que le cuente los detalles de la vida que llevo en esa ciudad tan bonita donde vivo y donde ella vivió en su infancia. Le platico que mi vida es muy aburrida porque todo el día me la paso escribiendo. Ella me felicita y me dice que mis esfuerzos pronto rendirán sus frutos cuando los jueces me den alguno de los premios que cada año se ganan mis famosos amigos escritores. Le digo que tengo que colgar porque le va a salir en un ojo de la cara la llamada. Ella me dice que no me preocupe, que sus ojos se quedan en su sitio, pues gracias al maravilloso plan telefónico que contrató le salen gratis las llamadas a mi número. Ambos nos quedamos en silencio. Los segundos se vuelven interminables. “Te quiero mucho, bebé”, rompe el silencio mamá. “Yo también”, le digo. “Adiós”, dice ella. “Adiós”, digo yo y cuelgo.

6 comentarios:

wilberth herrera dijo...

Muy bueno tu escrito, mi rodro. Excelente dialéctica la del teléfono, en donde pasas de la gloria(vuando te marca la niña aquella a la que le haz clavado la mirada y u no que otro puñal oral al infierno, y todo con el mismo aparatito.
Muy buena la parte de decir que estás muerto. Está muy buena la idea, y que diga que es el Rodrigo cantante. Ese con quien te confunden.
Un saludo

Anónimo dijo...

ahhh las mamás

http://mx.youtube.com/watch?v=XmecyCCdknk

Addy dijo...

Me gustaban tus escritos.

Espero deseo te encuentres bien de salud y en todos los sentidos habidos y por haber.

Esperando leerte pronto, me despido

Infomelilla (España) dijo...

Publicado en:

http://www.infomelilla.com/noticias/index.php?accion=1&id=8792

Analítica (Venezuela) dijo...

Publicado en:

http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/5623249.asp

MILENIO NOVEDADES (Yucatán) dijo...

Publicado en:

MILENIO NOVEDADES 15 JUN 08