miércoles, 30 de abril de 2008

The Savages, los dramas también son cómicos




The Savages, además de haber sido una de las películas más aclamadas del año pasado, fue, por esas cosas que tiene el Internet, la película más complicada de conseguir en el gratuito ciberespacio. Tanto así que hasta apenas la semana pasada la pude ver. Y, ¿saben una cosa? Valió la pena la espera. Tal vez a muchos esta comedia dramática les resultará muy deprimente (no debería, pero ya ven con qué facilidad se deprime la gente), sin embargo en lo que mí respecta es una película fascinante. The Savages es una cinta sutilmente divertida, reflexiva y magníficamente escrita. En lo personal, les repito, me pareció una película inolvidable, y quizás sea porque combina tantos ingredientes que me gustan y con los cuales, admito, me identifico.


1) Protagonistas: Wendy Savage (Laura Linney) y Jon Savage (Philip Seymour Hoffman). Ambos además de ser de mis actores favoritos (en especial Philip "Hoffman Seymour", como le decía, siempre confundiendo sus apellidos antes de que se volviera brutalmente famoso), interpretan a un par de escritores que durante años han intentado que les otorguen la beca Guggenheim, siempre sin éxito. Sobra decir que no podría identificarme más con ellos, y lo digo por lo de los rechazos a la hora de solicitar becas.






2) Trama: Wendy y Jon reciben la noticia de que la novia de su padre ha fallecido, así que para su mala fortuna de ahora en adelante tendrán que hacerse cargo del viejo. De inmediato surgen dos enormes problemas: el primero es que los tres integrantes de la familia Savage viven en ciudades diferentes; el segundo (y más complejo) es que el padre esta cada día más deschavetado. Los hermanos Savage llegan a la conclusión de que no pueden hacerse cargo de su papá. Por un lado Jon es doctor en filosofía y entre sus clases en la universidad, el libro que está terminando de escribir, y tomar la decisión de si debe casarse con su novia rusa para que no la deporten del país, no le queda tiempo para hacerse cargo de un anciano senil; el mismo caso es el de su hermana, la cual entre su desempleo, el terminar una obra de teatro que lleva años escribiendo, y tomar la decisión de si debe ser una mujer de la mediana edad soltera o conformarse con ser la amante de un hombre de la mediana edad que le mete el cuerno a su esposa, poco tiempo libre le queda. Siendo así de terrible el mundo, los hermanos deciden que la solución más factible es internar a su papá en un asilo de ancianos.



Lo sé, a simple vista pareciera que los hermanos Savage (como bien lo dice su apellido) son unos salvajes, y no sólo eso, sino también unos desalmados. Sin embargo, los ancianos no sólo por ser uno ancianitos se merecen los mimos y cuidados de los hijos, y para saber por qué digo esto tendrás que ver la película, que como dije al inicio de este escrito, es reflexiva, o mejor dicho, tremendamente reflexiva. Cuan largo fue el filme no pude dejar de recordar el tiempo cuando mis dos abuelos se deschavetaron y mi mamá tomó la valerosa decisión de llevarlos a vivir a su casa. Decisión que como era de esperarse desencadenó un sinfín de dramas, que nada más es posible afrontar encontrándoles el lado amable o gracioso.

Para evitar contarles algo más de The Savages, los dejo con tres breves historias familiares:

La primera historia le ocurrió a mi mamá. Mi abuela, que sus últimos meses de vida los pasó postrada en una silla de ruedas, en un atisbo de lucidez su mirada muerta cobró vida: “Hijita linda, acércate un poquito”, le dijo con voz cándida a mi mamá moviendo el dedo índice en señal de que se aproximara. “¿Qué quieres, mami?”, preguntó mi mamá. “Ven, acércate un poquito más, bonita”, dijo mi abuela sin dejar de mover el dedo índice. Y mi mamá se acercó y se acercó hasta quedar a un palmo de distancia del rostro de su madre, y mi abuela dibujando una sonrisa en los labios de tener a su hija justo donde la quería tener, le reventó (en cámara lenta) una cacheta en la cara. “Has sido muy mala”, le dijo mi abuela. Mi mamá sonrió y le estampó un beso enorme en la frente. “Claro mami, yo también te quiero”, le dijo.

La segunda historia le ocurrió a uno de mis mejores amigos. Aquel año me estaba tomando un año sabático porque no sabía qué quería hacer con mi vida. Tan confundido andaba que aquel día, junto con unos amigos, estaba tomando en el patio una clase de tae kwon do. En eso, en mitad de la clase hace acto de presencia mi abuelo, semidesnudo: “Tú, rasúrame”, le dijo al primer taekuondoín que tuvo enfrente. “¿Y-y-y-yo?”, tartamudeo mi amigo al ver la situación tan delicada en la que se encontraba. Mi hermano y yo, en vez de salvar a mi amigo que siempre se había proclamado como uno más de la familia Solís, le dimos la oportunidad para probarse. El pobre infeliz tomó el rastrillo entre sus manos y se puso a temblar tanto mientras le pasaba la hoja de afeitar por el cuello a mi abuelo que casi lo degüella. Finalmente salimos al quite y nos llevamos a nuestro abuelo a su cuarto. De camino por el pasillo mi hermano y yo no dijimos palabra alguna pero supimos que nuestro amigo hablaba en serio en eso de ser parte de la familia.

La tercera historia me ocurrió a mí. Elegí esta historia como bien pude elegir otra cualquiera, como cuando mi abuelo gritaba en mitad de las noches como un desquiciado mental porque sus familiares (todos muertos) se lo querían llevar, o cuando ayudándole a orinar mi abuelo decidió que era un buen momento para sacar su pene de la boquilla de un recipiente donde orinaba para descargar un chorro potentísimo y caliente sobre mi brazo, o cuando… en fin, hay muchas. Pero una que guardo gratamente en la memoria es cuando mi abuelo (que por cierto me despreciaba profundamente incluso antes de volverse loco), me dijo: “Flaco, ven acá”. “¿Qué pasó, Abu?”, le pregunté. Y el anciano horrendo se me quedó viendo con mirada penetrante y me dijo: “Chinga tu puta madre”. “Jesús, María y José. ¿Por qué le dices esas cosas a tu nietecito?”, le preguntó horrorizada Nelia, la muchacha de la casa. “¿Qué? Lo estoy agasajando”, respondió con una esplendida sonrisa en los labios mi abuelo. Lo miré, y creo que fue la tercera vez que lo vi sonreír en su vida. Las otras dos fueron cuando yo era un niño y nos metíamos juntos por las tardes al tempestuoso mar de Progreso, y sobre sus hombros saltaba dando cabriolas como un renacuajo.

Les digo, los dramas también son cómicos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

ahh..los abuelitos son lo mas lindoo...lokitos..lo que gritan desquisiados.. dementes...los q orinan fuera de la taza!!! hay que aprender mucho de ellos y quererlos x q son nuestros bbs...linda historia Rodrigo...

Titti dijo...

Regresé a tu blog buscando éste post..

Hace poco alguien llegó a mi casa con ésta película y dije "yeeeeii, en la pildorita la recomendaron, quiero verla!"....

No me gustó; yo también me identifiqué un tanto con ella pq una de mis abuelas vivió en un casa de viejos donde tenían jardines y gatos.. pero se me hizo demasiado lenta. Lo único que me gustó -mucho- fue la fotografía.

La Jornada (Nicaragua) dijo...

Publicado en:

http://www.lajornadanet.com/diario/opinion/2008/mayo/130508-1.html

Infomelilla (España) dijo...

Publicado en:

http://www.infomelilla.com/noticias/index.php?accion=3&id=8249

Peru.com dijo...

Publicado en:

http://pildoritadelafelicidad.blogs.peru.com/2008/05/12/los-dramas-tambien-son-comicos/

MILENIO NOVEDADES (Yucatán) dijo...

Publicado en:

MILENIO NOVEDADES 11 MAY 08