sábado, 14 de julio de 2007

SúperRockstar



“ANTES DE SABER TOCAR DE MEMORIA HAY QUE SABER IMPROVISAR, ASÍ SI EN UN RECITAL TE OLVIDAS DE UNA PARTE DEL PUNTEO TE PUEDES ZAFAR CON UNA IMPROVISACIÓN.”

- Giuliano Cachiotta




La capilla de la escuela estaba al reventar. Víspera de navidad. Los padres de familia sacaron del guardarropa los empolvados abrigos de mink, pashminas y trajes sastre. De no ser por el monte que rodeaba los alrededores y el ausentismo de la nieve, producto de los casi cuarenta grados centígrados de temperatura que reinaban en el exterior, fácil era caer en el error de creer estar en la mismísima Catedral de San Patricio.


Mi madre, que era -o más bien es- parte del patronato de la escuela, tenía el privilegio de ocupar asiento en la primera fila, acompañando al resto de los importantísimos personajes del mundo empresarial, político y religioso de la ciudad de Mérida. Con ojos soñadores, finalmente vería rendir los frutos artísticos de su pequeño retoño, en el cual había invertido tanto tiempo y dinero.


En las vacaciones del verano del ‘93, en compañía de mi madre, visité la ciudad de Campeche, y caminando por sus estrechas calles del centro y con el rollo en la cabeza de querer ser roquero a toda costa, decidí dar de una vez por todas el gran paso para llevar al terreno real aquel sueño que dio inicio cuando mi hermano mayor pulsó el botón play de la radiograbadora: AC/DC hizo su aparición con “How made how”, erizando hasta el último vello de mi lampiño ser con sonidos jamás antes escuchados por mis tímpanos. Mick Jagger –que desde luego en esa época era tan desconocido para mí como un orgasmo entre las piernas de una mujer- definió con sabiduría lo que sentí en esos momentos: "Furia y energía: de eso se trata el rock & roll".


El inicio de mi metamorfosis tuvo su primera parada en una lúgubre tienda de ropa. Mi madre, de ideas hasta cierto punto liberales, no tuvo inconveniente en comprarme una playera negra en cuyo estampado aparecía escrita con letras mayúsculas y en inglés la palabra “beso” (KISS), nada de malo hay en que tu pequeñín se pastoree por las calles predicando amor, siempre y cuando ignores la leyenda urbana del significado de aquellas iniciales (Knights In Satan’s Service, o lo que es lo mismo en la castilla, “Caballeros al Servicio de Satanás”). Mi señora madre se hizo de un par de bonitas blusas blancas con estampados de murallas y baluartes.


La segunda parada fue en una tienda de bisutería. De inmediato adquirí una gigantesca pulsera metálica con la palabra Poison grabada en ella, misma que había llamado poderosamente mi atención desde esquina y media antes de llegar al local. Mi madre compró un buen cargamento de moños, valerinas y donitas multicolores para mi hermanita. Finalmente, la tercera y última parada fue en una tienda de instrumentos musicales. Ignorando el consejo de mi madre, de que debía comprar una flauta porque en la clase de educación artística del curso escolar venidero la Secretaría de Educación Pública había asignado aquel fálico instrumento.


-Quiero esta guitarra. –exigí a mamá, tirando por la borda todas sus suplicas, al sostener endiosado el instrumento más sexy del mundo, al cual seleccioné por la facilidad con la que se amoldaba a mis manos, pero sobre todas las cosas, por el corte que tenía en unas de sus esquinas al puro estilo metalero de las guitarras eléctricas de las súper estrellas del rock.


-Querrás decir requinto, hijo.


-Lo que sea, me la llevo.


Ignorando el apunte del vendedor de la tienda, abandoné el recinto con una enorme sonrisa sin entender que rayos era eso de un requinto y los problemas que podría ocasionarme no tener, a diferencia del resto de mis compañeros, una guitarra para la clase de guitarra que impusimos meses después, argumentando que el estudiar en una escuela católica nos impedía chupar instrumentos parecidos al falo agujereado de un actor porno.


El arzobispo y todo su séquito de guardaespaldas del clero, incluido nuestro flamante director general, aplaudían gozosos al escuchar todo tipo de villancicos navideños, desde Rodolfo el Reno hasta El Niño del tambor. En medio de estruendosos aplausos llegó nuestro turno: el grupo más esperado de la noche, los encargados de cerrar la gala navideña, todo debido a que éramos los únicos alumnos del cuerpo estudiantil que nos valdríamos de algo además de nuestras angelicales vocecillas a la Farinelli. Bien lo dijo García Lorca: “La guitarra es un toro de seis cuerdas”; por desgracia, mis conocimientos tanto en tauromaquia como en música eran nulos. Durante cuatro meses, en vez de memorizar el circulo de sol, preferí pasarla en el fondo del aula acompañado de la grabadora de CDs de un amigo, dedicando cuan largas eran las horas en aquellos tiempos adolescentes al aprendizaje de la música de nuevas bandas que revolucionaron la escena musical: The Smashing Pumpkins, Nirvana, Pearl Jam, y todas las demás agrupaciones que empezaron a desplazar a mis viejos ídolos del rock de los ochentas. Las clases de artística sirvieron para ponerme al día en cuanto a gustos y géneros musicales.


Con el altar y el Sagrario a nuestras espaldas, el maestro, que parecía estar más nervioso que nosotros, dijo:


-Y uno, y dos, y uno, dos, tres...


Todos hicieron sonar sus seis cuerdas. En realidad sólo lo hicieron los diez alumnos que fueron colocados estratégicamente en la primera fila para ocultar a los otros treinta que teníamos la misma gracia para cargar la guitarra que un padre a su primogénito recién nacido. Los mismísimos ángeles y arcángeles parecieron posarse sobre nuestras cabezas. Todos los presentes con diáfanas sonrisas llevaban el monótono ritmo con los pies del famoso Jingle Bells que tocábamos –había que justificar lo bilingüe de nuestra escuela. Todo era perfecto, hasta que dos de mis mejores amigos, amantes del grunge, desde la tercera fila decidieron que era un buen momento para imprimirle a la canción navideña el sampleo de Smells Like Teen Spirit de Nirvana. Llevados por la música, los coros súbitamente se convirtieron de “Jingle Bells, Jingle Bells...” en “Hello, hello, hello, hello...”. Los chicos de RBD hubiesen envidiado mi playback en la guitarra. Envalentonado, di unos cuantos pasos al frente desplazando a mis compañeros de la segunda y primera fila para dejarme ver tocando mi flamante requinto decorado con la pulsera metálica de Poison, que pegué debajo de las cuerdas debido a las múltiples cortadas que me hice por llevar aquella arma punzo cortante en la muñeca.


Si Jimi Hendrix dijo un día que quería hacer música tan perfecta que pudiera penetrar el cuerpo y curar enfermedades, ¿por qué no habría de hacerlo yo? Quizás mis aspiraciones no llegaban a tanto, sino sólo a querer enorgullecer a mi madre, que viera que su pequeño hijo era un virtuoso de la guitarra, capaz de salir en hombros con una docena de orejas y seis rabos.


Terminada nuestra brillante interpretación, incluso los sacerdotes tuvieron que fingir alegría para levantarse a aplaudir, todo gracias al desborde de chiflidos y gritos de emoción por parte de los padres y alumnos que abarrotaban las localidades de la capilla.


Con ojos llorosos, mi madre se fundió en un abrazo conmigo diciendo que nunca imaginó que yo llegase a tocar de esa manera. Sin embargo, cualquiera con los conocimientos básicos en guitarra o música podía percatarse de que las pisadas que utilicé, de haber sido interpretadas, no hubieran generado más que un ruido infernal, por eso, haciendo gala de sentido común, rendí tributo a la genial frase de Marty Friedman: “Si vas a tocar algo procura que sea mejor que el silencio”.


Bien dicen que el éxito convierte a tu público en una bestia insaciable: durante toda la secundaria mi madre insistió en que le interpretara de nuevo la canción de aquella navidad, de lo que por fortuna escapé recordándole las sabias palabras de Kirk Hammett: “Tocar en compañía de alguien ayuda a tu ejecución mucho más que simplemente tocar tú solo en tu habitación”.

2 comentarios:

Giuliano Cachiotta dijo...

Hace falta que deje un comentario.
Me gustó mucho lo que escribiste, ya que utilizaste una frase mía de cuando yo tenía solo 12 años. Y mientras iba leyendo, los recuerdos de mi infancia iban llegando a mi cabeza.
Mi hermano mayor logró que me guste el rock, con un cassette de Rata Blanca.
Las remeras negras, las muñequeras, tocar para mi mamá, muchas coincidencias.
Pero en mi caso, con mi primer banda no hicimos "Jingle Bells", sino que adaptamos una canción infantil (Mamut Chiquito) y la hicimos heavy a nuestro estilo. La emoción era ver a niños tan pequeños como lo eramos entonces, tocando una canción infantil, pero con las guitarras eléctricas, y mi aguda vocecilla a la Farinelli cantando un heavy metal.

Un saludo muy grande
Giuliano Cachiotta

Rodrigo Solís dijo...

Gracias por tu comentario, Giuliano. Coño, en este blog pura superestrella comenta.